AMLO y el nuevo arte de lo político





Por Israel Covarrubias 


El triunfo de Andrés Manuel López Obrador (AMLO) ha provocado una serie de reacciones de diversa índole que obliga ir más allá de la cuestión entre partidarios contra adversarios. Es evidente el regocijo que manifiestan múltiples sectores de nuestra sociedad en estos días, aunque muchos nunca se declararon abierta o secretamente partidarios de él. Pero es un hecho que su victoria también ocasionó un cierto malestar en diversos sectores sociales a través de una combinación de rechazo y sorpresa. Quizá empujada por la contundencia de la votación y sobre todo por la diversidad cultural y económica de los votantes que lo encumbraron. En esta tesitura están algunas élites intelectuales, comunicadores, empresarios, sectores sociales acomodados, incluso sectores populares.
¿Qué podría decirse sobre este carácter atrabiliario producido por la nueva alternancia política? Parece que el rechazo de “terciopelo” es causado por dos cuestiones principales. Primero, AMLO quebró el rasgo paradigmático de su incapacidad de triunfo después de una larga campaña en la cual invirtió doce años. Con ello, corona su empeño de ser presidente y lo hace con un variopinto bloque de viejas y nuevas figuras políticas. La lección es que la decisión y no los principios cuentan más en la lucha por el poder. Segundo, una mayoría de ciudadanos votó por él y por su partido, el Movimiento de Regeneración Nacional (Morena), sin sopesar en las otras opciones, en particular las alianzas del PRI o del PAN. Otra lección: los electores no compraron los cuentos sobre la catástrofe que vendría con el ascenso del gobierno de AMLO. Es reveladora la cuestión que abre esta doble dinámica para la democracia mexicana.
Por un lado, la figura de López Obrador nunca ha sido del agrado de los sectores intelectuales con influencia social y política, aunque justo la coyuntura electoral confirma su casi total irrelevancia en las preferencias políticas de los mexicanos. Piénsese, por ejemplo, las críticas de la dinastía Krauze, Guillermo Sheridan, Gabriel Zaid, o las de Héctor Aguilar Camín, Leo Zuckermann, Luis Carlos Ugalde y la de tantos otros que se subieron al barco de la imposibilidad de que AMLO llegara a la presidencia. ¡Roger Bartra hasta sentenció que su victoria sería posible porque quienes votarían por él estaban aburridos de la democracia! Una vez que se confirma su victoria, muchos comenzaron a moderar su discurso, justificado, dicen, porque son demócratas liberales no porque el nuevo presidente les resulte empático. López Obrador es un personaje que no termina de agradar a las élites porque no es, para usar las palabras de Pierre Bourdieu, un heredero. Es decir, no tiene un pasado estructurado en las altas esferas del poder mexicano priista, aunque salga y actúe en muchos sentidos como priista; mucho menos en las élites regionales, y además es ajeno a las élites culturales tradicionales mexicanas. En este sentido, el artículo de Jesús Silva Herzog publicado en El País en los días previos a la elección me parece esclarecedor: López Obrador “refleja una sincera pasión antielitista”. Es alguien que inventó su genealogía, casi un self made man, aunque en su largo peregrinar logró colocarse en el vértice del PRD, luego ganó la jefatura de la Ciudad de México, y finalmente fundó MORENA, una forma partidista bifronte, al ser un partido personal que tiene un sólido trabajo de enraizamiento a lo largo del territorio nacional. Su lucha desde la “soledad del guerrero” como outsider declarado del sistema fue diluyéndose y lo obligó a acomodar sus contradicciones conforme consolidaba una forma de la política que cubriera el conjunto del espectro nacional haciendo política a ras de suelo: ha dado por lo menos dos vueltas a todos los municipios del país, con un discurso que estructura una mezcla de vocación paulina y desacralización de los rituales paganos tan característicos de nuestra clase política en el modelo de comunicación que hoy se encuentra en predicamento. Pensemos en la indignación que ha provocado el anuncio de la reducción de los sueldos en la estructura más alta de la administración pública federal. El resultado es la construcción de una rara avis que pretende “santificar” la política con la potencialidad de dignificación de su actividad. Esta es la gran expectativa que ha generado. Por ello, la semántica del populismo y sus peligros dejo de ser un significante que sus opositores usaran en su contra en esta ocasión.
En su camino de redefinición constante, acaso se fue emparentando con ciertos sectores tradicionales de la izquierda, tanto académica como militante que abreva del 68 en adelante, pero también de la derecha más rancia (PES), de sectores a su vez excluidos de los otros partidos, y de sectores sociales tradicionales y nuevos. Sin embargo, lo importante es el hecho de quebrar la ley de la filiación para colocar en primer plano aquel viejo principio olvidado de la democracia moderna, y frente al cual siempre es necesaria una sincera actitud republicana: en la democracia juegan los con y los sin en la misma cancha; esto es, participan los herederos y aquellos sin herencia, o como se decía en el siglo XIX, clases propietarias y clases peligrosas son parte del mismo espacio político, aunque unos quieran conservar el status quo y otros derribarlo.
Sugerir que López Obrador es un pasado es negar la carga de innovación que su triunfo abre para la democracia mexicana, sobre todo cuando esa afirmación facilona expresa un profundo desconocimiento social del país. Se dice que será una regresión, un gobierno como el de Echeverría o López Portillo. Esta falsa familiaridad pretende disimular la pérdida del locus fundamental de la política mexicana, cuando la expresión del resultado en las urnas es la exigencia de respuesta a los desafíos que provoca el arte de lo político en contextos de rápido cambio social.
Con mucha probabilidad el voto masivo a su favor reclama espacios de comunicación y un cambio de dirección con relación a la distribución actual del poder, que como se sabe estuvo colonizado por el PRI y el PAN, y en mucho menor medida por el PRD, cuando a comienzos de este sexenio fundaron el fallido Pacto por México. En efecto, una de las causas que explican el colapso electoral de los tres partidos es precisamente ese pacto de operatividad política por la necesidad de las reformas y la situación delicada que vive el país, aunque también significó un pacto de impunidad y de exclusión de los actores que no signaron el acuerdo. Hay que agregar la miopía de los jóvenes y viejos tecnócratas en el poder, que nunca dejaron su demoniaca obsesión por las soluciones aritméticas. El caso más sonado es la del operador de José Antonio Meade, Aurelio Nuño (y con él, Enrique Peña Nieto) que no comprendía el mundo social hacia el cual el candidato dirigía sus dardos, un mundo que fue diseñado “a la carta” de la arrogancia de su estrategia de campaña. Por su parte, Ricardo Anaya fue una llamarada que sedujo a muchos sectores letrados. Al final, es el perdedor absoluto de la contienda: no ganó la presidencia, difícilmente podrá encabezar la oposición hoy más que nunca necesaria al gobierno de AMLO, deja un partido resentido y dividido, y su futuro político es incierto. Más aún si atendemos que su estilo de hacer política “democrática” es el de un personaje que “se chingó a todo el mundo para llegar a la candidatura”, según las palabras de su estratega de campaña, Jorge Castañeda, concedidas en un elegante español propio de la élite cultural mexicana a The New York Times.
Si una pregunta flotaba en el aire a lo largo del proceso electoral, formulada de diversas maneras, fue la que cuestionaba sobre qué es lo que necesitan los mexicanos más allá de resolver los problemas diarios de precariedad económica, inseguridad, enfermedad y educación. La política es algo más que la reacción a estos problemas, por lo que quizá la respuesta sea más simple: la posibilidad de volver efectiva la toma de la palabra para el establecimiento de una base a través de la cual sea posible el desarrollo de una política de la palabra. Así, por ejemplo, el nuevo activismo en redes sociales es una señal de este fenómeno y tal vez una de las principales lecciones que deja es que se necesita una relación más fluida entre el “arriba” y el “abajo” del espacio político de la democracia.
Sin embargo, reclamar una mayor comunicabilidad es justo lo que hoy no está sucediendo luego de la elección del primero de julio pasado. Como sucede con los grandes acontecimientos de nuestra historia reciente (véase el terremoto del 19 de septiembre del año pasado), inmediatamente después de que Lorenzo Córdova, actual presidente del INE, confirmó las tendencias electorales, apareció un ejército de expertos en el arte de lo político frente a un régimen que aún no comienza: “hay que planear, no precipitarse”, “me parece inviable la propuesta de descentralización del gobierno federal”, “será un retroceso si deroga la reforma educativa”, etcétera. Una retahíla de sugerencias no solicitadas próximas a las del padre frente al hijo que a las del consejero del príncipe.
La lección comienza a ser clara para todos. Para que exista el perseguido, también necesitamos a un perseguidor. Sin embargo, la fustigación colma el vacío del extrañamiento de esta victoria masiva: el perseguidor se ha quedado sin perseguido, pues éste último deja la radical extrañeza de sus pasos y deviene centro, con lo cual sus perseguidores querellan con un fantasma que es un opaco espejo.
Si se quiere debatir en serio, política y académicamente, para contribuir a partir del lugar que cada uno ocupa en la sociedad y en los espacios donde se produce la opinión pública, tenemos que comenzar por reconocer los límites interpretativos en esta nueva hora de la democracia mexicana frente a la gran paradoja que emerge y que podríamos formular con una sentencia del pensador francés Raymond Aron: “La buena democracia es aquella donde el poder político no está por completo en manos de los privilegiados, pero tampoco en manos de los enemigos jurados de éstos”.


(Texto publicado en el núm. 102 de Metapolítica, julio-septiembre de 2018, pp. 22-23)

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