Sobre la indignación

Sobre la indignación
Mario Perniola

Una palabra que recorre con mucha frecuencia los discursos ético-políticos es la dignidad. Esta se ha vuelto uno de los términos clave de la bioética, así como el motor en el cual se han reconocido las revueltas políticas que han explotado en muchos Estados árabes, provocando en algunos casos la caída de los gobiernos. Los estudiantes que han ocupado las plazas de algunas ciudades españolas se han definido como los indignados. De este modo, ha nacido un Global Indignant Movement, que se ha manifestado en muchos países. La palabra dignidad ha eclipsado otros términos más técnicos del lenguaje político, como comunidad y derechos del hombre. En efecto, la primera ha caído en el ridículo desde el momento en que se comenzó a hablar de una “comunidad internacional” (expresión impropia ya que la comunidad en ámbito de ciencia política indica un vínculo asociativo de naturaleza afectiva similar al de la familia, como saben los lectores de Ferdinand Tönnies, quien ha sido su teórico). Con relación a los “derechos humanos” que constituyen una de las bisagras de la civilización occidental, el uso faccioso y oportunista que se ha hecho de ellos, los ha vaciado de toda credibilidad.
Incluso la palabra dignidad no está ausente de equívocos, malos entendidos y usos impropios. Como sucede con frecuencia, es necesario remontarse a los orígenes, si se quiere realmente tener un concepto coherente. A pesar de que la noción es atribuible a los antiguos filósofos estoicos, es difícil encontrar en griego una palabra que corresponda exactamente a la dignitas romana (la que a su vez es ambigua, ya que por un lado es una característica de quien ocupa un puesto público, y por el otro machaca la idea estoica según la cual todos los hombres, más allá de las fronteras políticas y de las divisiones étnicas, están unidos por una natural inclinación benevolente hacia sus iguales basada sobre el hecho de compartir el lógos, la razón). De las tantas virtudes individuadas por los estoicos las palabras que más se aproximan son la decencia (kosmiótēs), el autodominio (egkráteia), pero ninguna de estas corresponde exactamente a dignidad.
El hecho es que para los estoicos la perfección moral, personificada por la figura del sabio, implica un total dominio de las pasiones, que se obtiene a través de la virtud de la coherencia (omologhía). Los estoicos introdujeron en la filosofía la noción de deber definiéndolo como el principio de coherencia en la vida de tal modo que podría ser justificado racionalmente. Este principio tiene su recompensa en sí mismo y precisamente por ello permite al ser humano de estar firme y estable en la experiencia del presente. sin embargo, esta firmeza no es inmóvil, sino que se sostiene sobre un tónos, una tensión que mantiene los opuestos en equilibrio entre ellos mediante un continuo ejercicio sobre sí mismo.
Ahora bien, la pregunta crucial es: ¿podemos permitirnos el estar indignados, si no tenemos ninguna de las cuatro virtudes fundamentales (sapiencia, templanza, coraje y justicia)?, ¿podemos indignarnos si nosotros mismos no tenemos dignidad?, ¿si no somos mínimamente coherentes con nosotros mismos, sino inmersos en el mundo de la comunicación, en el cual todo se pone de cabeza?
Los rasgos fundamentales de la comunicación son descritos agudamente por los estoicos bajo el término de estupidez. El estúpido no es un tonto, un idiota, un obtuso sino un ser humano que, víctima de un continuo desorden, cambia de opinión de un momento a otro; incapaz de detenerse, corre al precipicio con un ímpetu irrefrenable hacia el primer objetivo que encuentra y se arrepiente con facilidad de todo eso que ha hecho; incapaz de escuchar, habla y actúa en modo inútil; inepto para elaborar valoraciones estables y para llevar a cabo elecciones irreversibles, salta de un lado a otro, pretendiendo tener y agarrar todo. La estupidez no nace de una ausencia, sino por una desviación, por una distorsión, por una perversión de la facultad racional.
Para estar indignado, al menos es necesario tener coraje, es decir, paciencia, perseverancia, magnanimidad y magnificencia (dixit Tomás de Aquino). Quizá nosotros como occidentales somos muy débiles para permitirnos estar indignados. Por ello, o se regresa a los orígenes, es decir, a la enseñanza de la antigüedad clásica y cristiana (lo que para nosotros equivale a Confucio para los chinos) o no habrá salida. La dignidad no es un dato, no es una cosa que se posee por el simple hecho de pertenecer a la especie humana, sino un ejercicio de autocontrol y perfeccionamiento de sí mismos conjuntamente con un esfuerzo continuo de ayudar a los otros. Es necesario merecer el hecho de ser humano. Ninguno puede sostener que ha logrado completamente esta tarea.

Texto publicado en Metapolítica, vol. 17, núm. 80, enero-marzo de 2013, pp. 76-77.

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