Mario Perniola, in memoriam

Una filosofía del intermedio. Mario Perniola, in memoriam
Por Giuseppe Patella

Quien sabe cuándo empezó a pensar en el epitafio a escribir sobre su tumba en Nemi (Roma) —NEQUE HIC VIVUS, NEQUE ILLIC MORTUUS (“Ni aquí vivo, ni allá muerto”)— que calca el dejado por el arquitecto romano Giovan Battista Gisleni en su monumento fúnebre de 1670, que se encuentra en la iglesia de Santa Maria del Popolo en Roma. Porque si hay una cifra que marca profundamente la actividad intelectual de Mario Perniola, quien nos dejó el 9 de enero de este año, es justamente la que resume ese lema, que dice de su estar siempre en otro lado, siempre un paso atrás (o a un lado), inatrapable e imprevisible, de difícil colocación, fuera de las corrientes principales y de las modas que han atravesado con el paso del tiempo las estaciones de la filosofía italiana.
Un antiacadémico entre los académicos, un pensador-escritor entre los filósofos de profesión, un anticonformista entre los intelectuales. No es casual que sus maestros hayan sido, por un lado, Luigi Pareyson en Turín, es decir, lo más académico que podamos imaginar (maestro de muchos otros pensadores como Eco, Vattimo, Givone…) y, por el otro, Guy Debord en Francia, fundador de la Internacional Situacionista y pensador incomodo como ninguno. Y la intención de contaminar el uno con el otro, de hacerlos de alguna forma interactuar ha sido quizá el rasgo característico de su pensamiento, preocupado como estaba por aportar elementos de cambio y una nueva conceptualización dentro del asfixiante mundo académico en el cual se movía y, por otro lado, por transmitir seriedad y rigor al interior del debate político y cultural contemporáneo, con frecuencia vacuo e inconcluso.
Es exactamente lo que hizo con la disciplina filosófica de la estética que enseñó en la universidad por más de treinta años, primero muy joven en Salerno y luego en Roma Tor Vergata, donde tuve personalmente la ventura de tenerlo como maestro y donde aprendí a apreciarlo como pensador sui generis, animado tenazmente desde un principio por la voluntad de transformar la disciplina desde su interior liberándola del aire polvoriento y viciado que la envolvía, abriéndola cada vez más al estudio de los fenómenos emergentes de la sensibilidad contemporánea con aproximaciones metodológicas más ágiles y flexibles que las tradicionales, tratando de leer su trama a través de sus típicas dotes de curiosidad intelectual y de agudeza interpretativa que le permitían descifrar (y con frecuencia anticipar) las dinámicas de los procesos culturales en curso.
De hecho, Perniola siempre entendió la estética no como una disciplina filosófica sectorial que se ocupa tradicionalmente de los campos de las artes y de la belleza, sino como una dúctil ciencia de los confines, un amplio espacio de encuentro y desencuentro de prácticas, dispositivos, saberes que se miden con toda la vastedad de los fenómenos complejos y diferenciados comprendidos en la esfera del sentir, y que operan también en el mundo de la comunicación y de los medios de masas, en la sociedad y en la política, en la religión y en las artes, que justamente por su complejidad deben confrontarse con un abordaje abierto, inclusivo y con una dotación metodológica en la medida de lo posible flexible y en grado de aproximarse realmente a nuestro tiempo.
Con esta perspectiva nacieron las varias revistas que con el tiempo fundó, desde Agaragar (1971-1973), todavía cercana la experiencia Situacionista, pasando por la ágil Estetica news (1988-1995), hasta la más estructurada Clinamen (1988-1992) y, desde el 2000, Ágalma, cuyo subtítulo, no por casualidad, dice, “Revista de estudios culturales y de estética”, para contener precisamente el sentido de un trabajo asiduo de atravesamiento y cruce disciplinario en el cual la estética se mide de manera ágil y desprejuiciada con los desafíos que provienen de las formas de la cultura, de la sociedad y del vasto horizonte del sentir contemporáneo. Una revista en la cual los objetos de investigación devienen poco a poco ya no sólo los fenómenos artísticos y estéticos, sino las mercancías y las redes, los poderes simbólicos, los valores económico sociales, los objetos de deseo, los modos y las modas, los rituales, la sexualidad, las manías, las perversiones y las formas más cambiantes de la sensibilidad. Los estudios culturales, además, recogen notablemente el conjunto de las disciplinas que tratan de comprender la complejidad del término cultura y los usos políticos con él relacionados, indagando sobre la multiplicidad de las formas de nuestro vivir a partir del encuentro y de la mezcla de códigos pertenecientes a diversos ámbitos, y la estética como disciplina constitutivamente impura e inclusiva parece ser la más adaptada para asumir los desafíos de nuestros tiempos articulados y complejos.
No obstante, sin recorrer el amplio trazado de la producción intelectual de Perniola (un trabajo que tarde o temprano deberá ser abordado con la seriedad y la distancia necesarias), que solía moverse no sólo entre Pareyson y Debord, como señalamos, sino entre la filosofía alemana y el surrealismo, Heidegger y Bataille, los estoicos antiguos y Baudrillard, la teoría de los media y la cultura afrobrasileña, Nietzsche y Michelstaedter, el posestructuralismo y las estéticas orientales, Ignacio de Loyola y Klossowski —sólo por citar algunos autores y temas sobre los cuales escribió cosas fundamentales— quisiera intentar especificar lo que me parece ser el rasgo característico de su reflexión, por lo demás ya evidente en este conjunto de autores citados, es decir, en su extraordinaria capacidad de ingenio (barroca) de aproximar cosas lejanas y distantes y de separar cosas próximas y cercanas, dando vida a formaciones conceptuales sutiles y penetrantes, refinadas y poderosas, con la capacidad de leer mejor el presente y aprehender así el aire de los tiempos.
En este sentido, su filosofía pudiera ser definida del between, del intermedio, porque se propone pensar el “entre” que representa justamente la mediación que separa pero también la distancia que une, esa tierra del medio que indica al mismo tiempo tanto un estado de separación como un movimiento de acercamiento. Una filosofía del tránsito, para recordar específicamente uno de los conceptos elaborados en su libro pionero de 1985 (Transiti. Come si va dallo stesso allo stesso), en el cual la relación entre el adentro y el afuera, el aquí y el allá, el estar y el andar no es pensado en términos de oposición radical ni al modo de una solución dialéctica, sino en la forma de intermedio que mantiene juntos los términos a través del emerger de su distancia.
Desde este punto de vista el objetivo del filósofo deviene exactamente el de articular ideas, conceptos, perspectivas y practicas diversas y de hacerlas interactuar aun en su distancia para penetrar al fondo en nuestro tiempo. Y aquí la tonalidad de fondo que siempre operó en el pensamiento de Perniola me parece que puede trazarse en el doble rechazo de toda posición de tipo apocalíptica, visionaria, pero que evita al mismo tiempo de manera absoluta hacer concesiones a la sociedad del espectáculo y de la comunicación generalizada en la cual vivimos (véanse en este sentido Contro la comunicazione, de 2004 y Miracoli e traumi della comunicazione de 2009). Su actitud en relación con nuestro tiempo puede en efecto ser descrito como una suerte de confiado desencanto, de distanciamiento participante, de escéptica admiración, que no le impidió nunca sin embargo el estar en “contacto directo” (para recordar el título homónimo de un destacado trabajo suyo de 1986, Presa diretta) con el presente y sus transformaciones, sin dejarse, no obstante, espantar ni mucho menos deslumbrar. Todo esto también con la escolta de la enseñanza de Walter Benjamin (al cual debe además el título de su afortunado trabajo sobre El sex appeal de lo inorgánico de 1994), donde aun diciéndose exento de ilusiones en relación con su época se pronunciaba siempre sin reservas en favor de la misma. A pesar de todo y, es más, con mayor razón.
En el panorama filosófico contemporáneo la reflexión estética de Mario Perniola ha representado desde mi punto de vista un resultado entre los más originales y provocadores de la investigación actual. Muchas de las nociones filosóficas y de las categorías críticas por él elaboradas a lo largo de su labor han entrado hoy en el debate cultural, como la idea de una “sociedad de los simulacros”, la noción de “disgusto” o la expresión “sex appeal de lo inorgánico”, sólo para dar algunos ejemplos, y ha llegado a alcanzar el estatus de pensador de impacto global, con traducciones de sus libros en las más importantes lenguas europeas y orientales, que ha dejado un signo determinante en nuestro tiempo. Su reflexión, sin embargo, siempre se situó en una dimensión de oposición y desafío frente a la tradición estética occidental, siempre juzgada tendencialmente demasiado armónica y conciliadora, pero también de la lógica economicista y de la ideología de la comunicación actualmente dominante, haciendo valer desde su inicio una estrategia de pensamiento diferente y alternativa respecto a las orientaciones predominantes, alejada simultáneamente tanto de la ingenuidad como del dogmatismo.
En síntesis, su proyecto filosófico me pareció siempre animado de la que definiría como una estrategia de reinicio del pensamiento, que encontramos ya evidenciada en la forma literaria del discurso filosófico de Perniola que, en oposición tanto a la disertación filosófica tradicional, enyesada y polvorienta, como al eclecticismo y a la incoherencia del poligrafismo posmoderno, afirma la esencialidad de una escritura plana, lúcida, aguda y eficaz, que produce antes que nada el placer de la lectura y de la reflexión. Esta estrategia de reinicio del pensamiento implica una prospectiva cultural profundamente distinta de los fundamentalismos de cualquier naturaleza, ajena tanto a la “desmoralizante vacuidad del nihilismo” como al “pedante y quimérico academicismo de la hermenéutica”, como escribió en Del sentir (1991), antitética tanto a la metafísica occidental como al proyecto de su presunta superación de parte del posmodernismo, en grado de plantearse como real alternativa al destino histórico universal  de la metafísica occidental, en la totalidad de sus manifestaciones, porque a través de una aproximación genealógica que proyecta nuevas luces en las interpretaciones de la fase antigua de su itinerario vislumbra en ésta un nudo temático fuerte, que se ha transmitido por milenios y ha permanecido siempre renaciente, vivo y actuando aun hoy, en tanto ya desde siempre distinto de sus orientaciones fundamentales.
Esta nueva estrategia ha sido definida por el mismo Perniola como “neoantigua”, evidentemente no en el sentido que se configura como una arqueología filosófica en búsqueda de ruinas, residuos, modelos del pasado que debemos asumir como paradigmáticos para las interpretaciones de la experiencia contemporánea, sino porque se propone interrogar todo el patrimonio cultural de Occidente a partir de sus orígenes antiguos, liberándolo no obstante de toda ambición metafísica y universal, mediante una metodología etno-filosófica capaz de descubrir relaciones muchas veces ocultas entre las cosas, de aproximarse a fenómenos aparentemente distantes entre sí y de alejar eventos considerados con frecuencia muy cercanos. Es gracias a ese proceder que refiriéndose a fenómenos emergentes de la sociedad contemporánea Perniola ha sabido muchas veces capturar sus rasgos ambiguos y contradictorios y ha especificado sus huellas en experiencias culturales lejanas y remotas, en el tiempo y en el espacio (en la romanidad, en la cultura barroca, en los rituales afrobrasileños, en la estética japonesa…).
Desde este punto de vista el proyecto “neoantiguo” representa esa suerte de paso hacia atrás del cual hablábamos al inicio, que permite, por un lado, alejarse del mainstream para poner atención y pensar cuánto en la tradición ha permanecido impensado y, por el otro,  leer más apropiadamente el presente con la antigüedad y así lograr pensar lo actual con lo inactual. La atención al presente permanece entonces central en su pensamiento, lo que no debemos confundir sin embargo con la enfermedad del presentismo y con el acomodarse a la realidad existente, con la sólida convicción que es solamente con la recolección de la plenitud del presente que comprendemos la grávida riqueza de sus posibilidades.
El último resultado de su investigación se había dirigido hacia una crítica radical del sistema de la comunicación, que constituye hoy la dimensión ideológica dominante, con su cualidad de simplificar y de aligerar los contenidos, de homologar y a aplanar todo al nivel de la mediocridad y de la vulgaridad, pero sobre todo con su tendencia de adecuarse al modelo del mensaje publicitario, mostrando así su verdadera naturaleza opresiva y falsificadora. Así, frente a la imposición de la comunicación como ideal (in)formativo en todos los sectores de la vida social y cultural, frente al oscurantismo del sistema político, a la desvergüenza del sistema económico, al infantilismo del sistema mediático, al conformismo del sistema cultural y a la banalización que reina en el mundo del arte, no queda sino la alternativa de una cultura estética, que defiende y practica las labores del saber, de la inteligencia, de la agudeza y del refinamiento, apostando siempre por el principio de la diferencia y sobre la imprevisibilidad del proceso histórico.
Es sobre el principio de la diferencia que él, desde el principio, basó toda su filosofía. ¿Pero qué se entiende por diferencia y qué relación mantiene con la estética? Perniola habla sobre todo de la diferencia del sentir, que es indicio de la complejidad del sentir, testimonio de su excedencia, de su irreductible diferencia con el pensar y con el actuar. En este sentido, la diferencia del sentir es ya siempre un sentir la diferencia. El ámbito de la diferencia no puede ser en efecto el lógico del conocimiento, sino el espurio del sentir, de las experiencias insólitas y perturbadoras, ambivalentes y excesivas, irreductibles a la identidad, testimoniadas por las complejas formas del sentir contemporáneo, de las cuales la estética tiene el compromiso de encargarse desde el punto de vista teórico. Y es esto lo que Perniola ha evidenciado también con sus trabajos de reconstrucción histórico-teorética de la estética contemporánea, en la cual la parte más sugestiva e interesante está dedicada exactamente a las reflexiones sobre la dimensión del sentir pensada bajo el lema de la diferencia. El sentir del siglo XX, escribía en Estetica del Novecento (1977, p. 154), “se ha movido en una dirección opuesta a la conciliación estética, hacia la experiencia de un conflicto mayor que el de la contradicción dialéctica, hacia la exploración de la oposición entre términos que no son simétricamente polares entre sí. Toda esta gran vicisitud filosófica, que no dudo en considerar como la más original y la más importante del siglo XX, está bajo la noción de differenza, entendida como no-identidad, como una desemejanza mayor que la del concepto lógico de diversidad o la del concepto dialéctico de distinción”.
La diferencia se revela entonces como el principio teórico de orientación que animó desde un principio el trabajo de Perniola. Esta orientación que atraviesa todos sus escritos —desde su primer libro Il metaromanzo (1966) hasta el último publicado pocos meses antes de su desaparición, Estetica italiana contemporanea (2017)— se puede en efecto localizar también en el proyecto general de una deconstrucción de la dimensión de lo auténtico y de lo vitalista, es decir en el desmantelamiento de aquel pathos subjetivista y personalista que ha dominado en la tradición filosófica moderna y ha impuesto también en la estética un modelo hermenéutico basado sobre la hegemonía del yo sensible y de los principios a él inherentes. En oposición al subjetivismo de tipo moderno y al hedonista “yo siento”, en las formas de la experiencia contemporánea Perniola ha, al contrario, individuado la emergencia de un sentir diferente, de un impersonal que siente, poniendo en evidencia una vez más la práctica de la diferencia siempre presente en su reflexión. El paradigma subjetivista junto a las tradicionales categorías estéticas de placer y de gusto, de sentimiento y de juicio, aparecen hoy absolutamente inutilizables para comprender los fenómenos complejos y diferenciados, las experiencias insólitas y perturbadoras que caracterizan la sensibilidad, las prácticas artísticas y la sociedad contemporáneas, cada vez más caracterizadas por la contaminación y por los cambios, por los entrelazamientos y cruces de elementos, por las interacciones de los signos y los continuos deslizamientos de los significados.
Frente a estas articuladas configuraciones del sentir, Perniola ha logrado pues encontrar nuevas claves de lectura y nuevas categorías interpretativas para dar cuenta de las experiencias más inquietantes y excesivas de la sensibilidad contemporánea, sumergiéndose hasta el fondo en el mare magnum de nuestro sentir, moviéndose entre los pliegues del presente pero buscando siempre hacer pasar otros mensajes, diferentes mensajes. Porque en su vigilante atención frente a nuestra época siempre correspondió a la tenaz voluntad de tomar distancia. Una vez más, ni aquí ni allá, ni adentro ni afuera.
Permítaseme finalmente una observación personal. Como lo conocí, Perniola nunca fue un filósofo de cátedra, un pensador de púlpito y de escenario, no daba lo mejor de sí en las raras ocasiones en las cuales se debía dirigir al gran público (en los teatros o en los festivales de filosofía), no era uno de aquellos que llamaríamos fast thinker, un pensador de impacto inmediato, de aquellos que buscan la pantalla, sino un hombre distanciado, pensativo, reservado, que tenía necesidad de situaciones íntimas (seminarios, encuentros personales…) para expresarse mejor y parecía preferir hablar más con sus libros que con las palabras. Se movía además siempre de forma mesurada, discreta, juntando serenidad y energía, distancia e intensidad, actuando más bien en el plano de la larga duración, que es exactamente la dimensión justa del verdadero pensamiento, el cual ciertamente no se consuma en el instante, sino que toma tiempo, y actuando sobre la distancia que representa el pensamiento que luego permanece (Traducción de Pedro Alzuru)

Publicado en METAPOLÍTICA, AÑO 22, NÚM. 101, ABRIL-JUNIO DE 2018.






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