Leña en el invierno

por David Fuente

[Terry Eagleton, Por qué Marx tenía razón, Barcelona, Península, 2015.]


Una investigación verdaderamente moral es aquella que indaga todos los aspectos de la situación humana, que rehúsa divorciar los valores, el comportamiento, las relaciones y las cualidades de carácter humanos, de las fuerzas sociales e históricas que les dan forma. Rehúye, por lo tanto, la falsa distinción que a veces se establece entre el juicio moral, por un lado, y el análisis científico, por el otro.
Terry Eagleton

El título del libro es franco: Por qué Marx tenía razón. Terry Eagleton se dispone a desmentir las acusaciones más comunes y de apariencia justificada —pero de trasfondo erróneo— que se acostumbran a lanzar contra la obra de Marx. Y lo hace con una escritura fresca, elegante y en algunos puntos desenfada. Llega también al sarcasmo, y es posible que robe varias sonrisas al lector cómplice, como cuando enlista a Mel Gibson entre las catástrofes provocadas por el capitalismo... La pluma de Eagleton camina muy desenvuelta. Quizá porque la maneja un experto en la praxis literaria.
La estructura del libro es sencilla. Se compone de diez capítulos que por desgracia no tienen título. Cada uno de estos apartados comienza con una frase de apariencia contundente en contra de la obra de Marx, de esas que se repiten como de sentido común; ya se sabe: que el marxismo está anticuado, que ya no hay lucha de clases, que el socialismo es imposible debido a la naturaleza humana egoísta, que el marxismo es determinista… En fin, cuestiones repetidas en las que, valga decirlo, es fácil caer sin una profundización en esta corriente. Y como Eagleton está metido hasta el cuello, sale al paso a echarnos una mano.
Quien se haya adentrado en cierta medida en la obra de Marx y Engels, es decir, quien haya leído ocho o diez de sus trabajos fundamentales, y algunos puñados de sus artículos y cartas, probablemente no encuentre continuos aprendizajes en esta lectura. Eso es lo cierto. Pero al día de hoy son pocos los estudiantes y académicos de ciencias sociales en estas circunstancias, y menos aún los aficionados del público en general. De modo que el libro cumple un papel tan claro como necesario: despejar el camino de zarzas para poder releer a Marx en toda su riqueza. Para quienes se encuentran asomándose al marxismo o quieran darle una segunda oportunidad después de varios años, es probable que este libro les resulte un verdadero descubrimiento: aquello que se había proclamado como superado vuelve a brotar entre las grietas, ahora tremendas, de las contradicciones del capital.
Pero resulta que este trabajo de Eagleton tiene virtudes que superan lo divulgativo, sobre todo porque resalta ciertos puntos de la obra de Marx que no acostumbran a estar entre la cartografía de otras relecturas, y además lo hace lanzando una serie de interesantes sugerencias bibliográficas con las que ahondar en cada tema. Es cierto que frente al Marx en su (Tercer) Mundo, de Néstor Kohan, las escuetas páginas que Eagleton dedica a la evolución del pensamiento del revolucionario alemán respecto a los procesos de colonización son solo una breve introducción. Lo mismo pasa con la figura de Stalin, teniendo en cuenta las casi 400 páginas de la obra de Domenico Losurdo, que salió en español en 2011 con un análisis detallado. Y también es un señalamiento muy conciso el que hace sobre la naturaleza humana entendida desde una perspectiva materialista. Pero esta última cuestión cobra especial interés porque, como bien señala Eagleton (p. 89), es completamente rechazada por el posmodernismo, que toma por epicentro explicativo a la cultura, y para el cual la palabra “naturaleza” supone casi un alérgeno intolerable. De modo que se vuelve esclarecedor acercarse a una perspectiva materialista a este respecto; una que se aleja de la postura cristiana y conservadora que considera al ser humano como esencialmente malo (lo cual lleva a la desafección y al conformismo político).
¿En qué consiste esta naturaleza humana que concebía Marx? Eagleton nos lo explica de diferentes maneras (pp. 85-91): unas necesidades biológicas similares, una misma necesidad de sociabilidad —tome la forma que esta tome—, una cierta moralidad básica común… sientan la base material que puede permitir la empatía y una organización social conjunta. No es que estas condiciones humanas elementales aboquen a que dicha organización tome una forma armónica (como lo demuestra de forma amplia la historia), pero dejan siempre abierta esa posibilidad. Y esa opción, que nunca viene dada pero que puede definirse de forma más favorable bajo determinadas condiciones, es uno de los sustentos del proyecto transformador marxista: es el carácter inacabado de la naturaleza humana, en oposición a la naturaleza de los armiños (p. 87), lo que permite a nuestra especie un amplio margen de transformación (incluso para bien...).
Hay que apuntar que el libro también incluye unos puntos desacertados. Aquí conviene señalar los fundamentales. A pesar de que Eagleton aclara que para Marx el capitalismo era un modelo dinámico (p. 16) con una estructura constante (en última instancia: extracción de plusvalía), considera que el revolucionario alemán “pasó por alto […] las múltiples vías […] por las que el capitalismo [...] puede seguir procurándose el consentimiento de sus ciudadanos y ciudadanas” —entre las cuales Eagleton sitúa a la socialdemocracia— para así conjurar “la posibilidad de insurrección política recurriendo a la reforma” (p. 58). Es cierto que los medios culturales que han consolidado la hegemonía capitalista —Eagleton menciona Fox News y el Daily Mail— han tenido que ser analizados por marxistas del siglo XX, ya que en el XIX carecían de similar relevancia. Sin embargo, las mejoras de las condiciones de vida bajo el capitalismo eran algo que ya había observado Marx. En su obra fundamental, El capital, consideraba que este modo de producción avanzaba de manera más inhumana en las ramas y en las áreas geográficas donde existía menor desarrollo técnico, además de que las condiciones de explotación del trabajador se suavizaban con este avance, propiciado por el modelo mismo. Marx también se había percatado de que las leyes fabriles de mediados del siglo XIX —que reducían las condiciones insalubres de explotación— impulsaban el desarrollo material, y por tanto la acumulación capitalista en condiciones menos dañinas. Y también tomó nota de que la reducción de la jornada laboral —que beneficiaba a los trabajadores— terminó por ser favorable a la extracción de plusvalía, por más que los capitalistas rechazaran aplicarla y solo lo hicieran bajo la coerción de la ley.  Es decir, antes aún del desarrollo de los primeros partidos socialdemócratas, para Marx el capitalismo había avanzado sobre concesiones sociales para salvar sus propios desmanes (entre otras cosas porque no podía sostenerse durante siglos sobre una población obrera con una esperanza de vida de 30 años). De modo que Marx no solo “no pasó por alto” estas reformas, sino que las inscribió dentro de la dinámica histórica del modo de producción capitalista.
Otro asunto problemático es la dicotomía que establece Eagleton entre la explicación de la historia a partir del desarrollo de las fuerzas productivas  y a partir de las relaciones de producción,  como si se tratara de concepciones contrapuestas entre las que fuese necesario elegir (pp. 48-60). En realidad, para Marx estos aspectos estaban relacionados, puesto que determinadas fuerzas productivas propician ciertas relaciones de producción (por ejemplo, la división del trabajo bajo la ciencia y técnica de la gran industria se desarrolla suplantando las relaciones gremiales y artesanales del trabajo por las capitalistas), al tiempo que dichas relaciones pueden promover o frenar el desarrollo de determinadas fuerzas productivas (por ejemplo, la extracción de plusvalía determina la inversión en maquinaria que realiza el capitalista). Por lo tanto, son aspectos que se codeterminan, y Marx expuso varios ejemplos, con mayor o menor complejidad y desarrollo, de su imbricación.  Sin embargo, Eagleton dedica varias páginas a una supuesta contradicción entre explicar la historia a partir de uno u otro concepto, de una u otra “corriente de pensamiento diferente” (p. 59). Esto lleva a Eagleton a hacer la curiosa afirmación de que “no está claro [en la obra de Marx] cuál es el mecanismo por el que unas clases sociales (y no otras) son ‘seleccionadas’ para la misión de hacer avanzar las fuerzas productivas” (p. 50). Sin embargo, Marx ofrece este análisis concreto en el subapartado “Lucha entre el obrero y la máquina” de capítulo XII de El capital. En esas páginas expone ejemplos del histórico conflicto entre clases que, desde la disolución del feudalismo, fue perfilando el desarrollo material y propiciando la aparición (y silenciamiento) de ciertos inventos. 
Pero a pesar de estos puntos discutibles de Eagleton, el abanico de dimensiones de Marx abierto en este libro (salido claramente al paso de la crisis de 2009) es lo suficientemente rico como para reivindicarlo. Se evidencian las virtudes del enfoque dialéctico; las aspiraciones de Marx respecto al “método materialista”; su conjunto de inquietudes filosóficas, morales y artísticas; su amplia concepción de lo económico; su perspectiva de lo que hoy llamaríamos lo ambiental; el desarrollo de la teoría como fuerza política y la emancipación política como forma de conocimiento práctico… Todo ello a la mesa de los actuales acontecimientos: crisis económica, género, neocolonialismo… Y además con un esfuerzo teórico creativo e irreverente. En fin, un libro escrito con agilidad. Útil, sin duda, y necesario, como leña en el invierno.

Publicado en METAPOLÍTICA, AÑO 21, NÚM. 98, JULIO-SEPTIEMBRE DE 2017.

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