Hacia una genealogía del empoderamiento por Bernardo Cortés Márquez




 [Marie-Hélène Bacqué y Carole Biewener, El empoderamiento. Una acción progresiva que ha revolucionado la política y la sociedad, Barcelona, Gedisa, 2015.]

Desde hace tiempo, en ciertos círculos en torno a los movimientos sociales, en especial en el feminismo, se viene discutiendo un concepto que puede sonar un tanto “tosco”: empoderamiento (empowerment). Esto corresponde, ciertamente, a su pretensión de nombrar un fenómeno del poder que ha quedado impensado. El fenómeno que este término quiere referir es el de constituirse en o hacia el poder, de generarse en el propio poder, en sentido plenamente ontológico. Al contrario, la intensión de las autoras es reconstruir históricamente la aparición de dicha noción en múltiples escenas sociales y políticas, en donde el concepto guarda una ambigüedad que lo coloca en la comprensión de fenómenos que van desde un individuo hacia el poder, dentro de una aspiración personal del propio proyecto de vida o el ámbito en que se utiliza como modelo para la constitución de procesos sociales de emancipación por sectores excluidos, hasta para designar ciertos ejercicios de gobierno que pretenden atender problemas sociales, las políticas de empowerment.
La obra de Marie-Hélène Bacqué y Carole Biewener es una breve historia de la aparición y desarrollo del concepto de empoderamiento (donde nos resume los orígenes, los procesos, las fechas, las organizaciones, las corrientes, las experiencias, las bibliografías y los debates) que resulta muy útil como material que debe ser sumergido a una reflexión profunda de las implicaciones de sus diversos sentidos y momentos por parte de la sociología, la política y la filosofía. El libro, como material histórico del término es una fuente que al análisis del teórico atento debe sugerirle un sin fin de problematizaciones en torno a diversas modalidades, propiedades e intensidades de una sola materia: el poder.
La traducción del empowerment da cuenta de sus distintos posibles contenidos como, por ejemplo, el intento francés que lo hace valer como capacitation o empouvoirisation (empoderización) y se llega a relacionar con la capacitación de los ciudadanos para la “democracia participativa”. En otro caso, se traduce con el término affilation (afiliación) o se indica con las formulas: pouvoir d’agir (poder de actuar), puissance d’agir (potencia para actuar). Las raíces del término se datan a la mitad de siglo XVII en Gran Bretaña, con el uso del empower y posteriormente en la mitad del siglo XIX aparece ya propiamente empowerment, que designaban el acto de otorgar poder por parte de una instancia suprema como el Estado o la jerarquía de la Iglesia. Será en 1970 cuando grupos de feministas contra la violencia hacia la mujer en Norteamérica y Asia del sur o el movimiento negro (Black Power), le den a la noción empowerment un estatuto que la sociedad civil adopta de manera contestaría al poder establecido. La toma de conciencia de ser excluido u oprimido parece ir generando la conciencia misma de tener poder de, un poder interno que comienza desde la subjetividad y puede poner en cuestión las relaciones de poder y de explotación, cuya formulación fue desarrollada por la pedagogía de Freire. Este giro hacia un nuevo lugar de surgimiento del poder desde las minorías vulnerables, no ya desde el Estado, es el que vale la pena pensar para la profundización en la constitución del poder.
La cartografía del uso del concepto por diversas corrientes políticas, movimientos sociales y una multiplicidad de grupos feministas, que se notifican a lo largo de la obra, nos muestra en el fondo una lógica del constituirse en el poder que parece irse mostrando de la mano de diferentes giros y contenidos del término empoderamiento, hasta llegar a ser reapropiado por las instituciones gubernamentales y por proyectos de gobierno de los Estados mismos. Después de su manifestación desde las desigualdades sociales, en un campo comunitario y colectivo, el conservadurismo y el liberalismo también irían adoptando el concepto de empoderamiento para promover el surgimiento del “acrecentamiento del poder” en el individuo, muy distinto a la concientización de la situación social y la generación de una postura crítica. Más bien, la noción se moverá en un ámbito mercantilista, de la técnica, de la profesionalización, de la “superación personal”, que empieza a mezclarse con ciertas demandas de corte social, político y económico desde una visión capitalista, neoliberal, paternalista y asistencialista, que constituye la empoderización como un ejercicio que ahora vuelve a emanar desde “arriba”, de los Estados.
Ahora bien, el empoderamiento es capturado en la forma de políticas públicas gubernamentales y organismos internacionales (como el Banco Mundial y la ONU con su Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo implantado en 1995) y su contenido significa otorgar poder, capacidades y recursos para que la sociedad se “desarrolle”, “salga de la ignorancia”, de la pobreza y en donde se establece el “índice de la participación de las mujeres” (una especie de cuota de género), cuyo propósito es su inclusión en el poder, por medio del otorgamiento de capacidades para su participación en la política y en la productibilidad económica. Aquí, la empoderización del feminismo fue amaestrada bajo la “igualdad de género” y limitada a la autonomización de la mujer como un sujeto competitivo para su participación en el rol económico, entrando así en una virtual inclusión de algunas de sus demandas. A estas diversidades terminológicas del empowerment, les corresponden diversidades socio-políticas que habría que pensar tomando en cuenta su relación con el fenómeno ontológico del empoderarse y con su aplicación a la comprensión de los movimientos de emancipación popular, colectiva, comunitaria, etcétera. Pareciera que el empoderamiento se distingue, según su movimiento en la historia de la escena política, sobre todo en la norteamericana y occidental, como un movimiento de demandas emancipadoras que son inscritas por un gobierno dado, que no se revoluciona, sino que adopta la figura de un “poder inclusivo”.
El hecho de que el concepto de empoderamiento tenga un sentido amplio, dentro del cual permite que sea usado en una acepción neoliberal o una emancipadora, no se reduce sólo a una cuestión de polisemia, de los modos distintos de interpretar un concepto, sino que en el fondo el problema puede tratarse de la forma de la constitución y el movimiento en los que se ha entendido el poder, de una lógica de la concepción tradicional del poder que el concepto mismo de empoderamiento guarda, en la que lo excluido tiene que devenir poderoso. De tal manera que la “estructura” el empoderamiento parece tender a un movimiento tradicional del poder, hacia un lugar donde lo que comenzó como empoderamiento de los “desprotegidos” es absorbido por el power establecido y se convierte en una inclusión en el “juego del poder”, sin que la consistencia del poder haya cambiado.
Es curioso que ciertas manifestaciones de grupos feministas entre los años 1970 y 1985 (Woman in Development), como también ocurrió con el black empowerment, ascendieron a movimientos de corte socio-liberal que buscaba la igualdad de oportunidades, que reclamaba un lugar dentro de la lógica establecida del poder y desarrollo. Sin embargo, el surgimiento de nuevas formas críticas del feminismo, desde experiencias del Tercer Mundo, replantean el empoderamiento feminista desde el lugar de la mujer pobre en África, India y América Latina, como una emancipación estructural y a muchos niveles: individual, colectiva, económica, anticapitalista, como fuerza política contra el poder patriarcal, etcétera. Si el lector toma en cuenta el recorrido del movimiento feminista que nos muestran Marie-Hélène Bacqué y Carole Biewener, parece que implica muchas organizaciones, épocas, lugares y propuestas; además, encontrará que de pronto el feminismo, como ejemplo del empoderamiento, se descubre esencialmente como el espacio común en que todas las demandas político-sociales particulares pueden confluir, porque la mujer se encuentra como portadora de diversas esferas de dominación. De esta manera, el feminismo no debiera comprenderse únicamente como un movimiento social particular sino que, por su esencia e incumbencia de muchos campos en los que de diversas formas la mujer es dominada, se adscribe con su acento propio en articulación con todos los ámbitos particulares de otras luchas, lo cual articularía algo más que una empoderamiento emancipador.

El movimiento feminista pudo darse cuenta de que sus demandas fueron inscritas en los proyectos liberales de solución parcial o aparente, recargándose mucho hacia la inclusión en el mercado sin cambiar cuestiones de fondo, y fue por eso que creció en criticidad y complejidad, pero se enfrenta al planteamiento de cuestiones que se sitúan más allá de la necesaria critica al patriarcalismo. ¿Qué tipo de sociedad, política y poder se va a proponer o a repensar desde el “empoderamiento” feminista? Las demandas o movimientos sociales que, al igual que las primeras experiencias del feminismo, de alguna manera se comprenden bajo el modelo del empoderamiento, también deben descubrirse en la problemática de la constitución de una manera del poder, como siguiente paso y al nivel de la consistencia de un nuevo modelo de Estado, para no limitarse a la forma de un “poder inclusivo” de los “empoderamientos”.
Ante la lectura de esta obra que nos va llevando de la mano de manera instructiva por los varios momentos del empoderamiento, restan cuestiones que deben continuarse en otros ámbitos de estudio y podemos preguntarnos: ¿cómo un término se convierte en depositario de distintos procesos políticos, a veces contrarios, de consistencias distintas del poder? Se trataría de sumergirse en la búsqueda de la analogicidad en todos sus usos y procesos para indagar si existe en el concepto empowerment algo así como una “estructura ontológica” fundamental (Bacqué y Biewenwer mencionan un proceso del empoderamiento que consiste en poder de, poder con y poder sobre, desde luego una estructura que da mucho que pensar) que pueda ser común o dar cuenta de diversas constituciones de la generación o acrecentamiento de potencialidades, pues quizá no sea una noción precisa para explicar la consistencia de un poder que surge como contraparte del poder como dominación.
Al final del recorrido del libro, nuestras autoras denuncian bien la adopción del empowerment en la política conservadora que le proporciona el paradigma de “la adquisición del poder”, a partir de capturar demandas populares y administrar su potencia política desde una forma de gobierno en la que el Estado gestiona y cataliza hacia el mercado lo que en su origen fueran chispas emancipadoras: “se trata, en primer lugar, del empoderamiento de los individuos y de las communities, aun cuando éstas son evocadas como garantía de funcionamiento social. El poder, que constituye la raíz del término, remite a la libertad individual, a la libre elección, a las oportunidades individuales que son aquí, ante todo, las del mercado” (p. 95).
Cuando el concepto de empoderamiento continuaba moviéndose, y en el fondo cierta lógica del poder llegaba a ser bien adoptado tanto por las políticas conservadoras como por la denominada “tercera vía” (política situada entre la derecha y la izquierda), se convertía en el eje de renovación de la nueva derecha (centro-izquierda) en Estados Unidos y Reino Unido. La derecha conservadora da un giro paradigmático de continuidad y ruptura, adoptando una dimensión “populista”, generando políticas públicas, sobre todo dirigidas a dar ciertos medios a los sectores populares para que se inserten en el trabajo, el consumo, la riqueza y la propiedad. La empoderización que se transfigura en una nueva forma de gobierno, que se convierte en un ejercicio gestionado por el Estado es, aquí, ciertamente coherente con la esencia del concepto, pues coincide plenamente con uno de sus principios básicos: la generación de sujetos autónomos, con capacidad de acción y decisión propia (agency), ya no colectivos ni comunitarios sino empoderados, que tengan los medios para acrecentar su bienestar. De lo que se trata es de asistir a los sectores vulnerables de la sociedad para hacerlos individuos de poder, incluyendo las demandas sociales, más no transformando las estructuras que son fuente de la exclusión. Empoderando al individuo el nuevo Estado despolitiza y debilita la comunidad. Aquella “tercera vía política” entre liberalismo y socialismo, ahora insertará la comunidad como un elemento fundamental para la revitalización de la política. Pero incluso estas políticas (como en los gobiernos norteamericanos y del Reino Unido, de Bill Clinton y Tony Blair) que intentan incluir a las organizaciones comunitarias (communities) en el ejercicio de gobierno, conciben la comunidad como el capital político y social que se inscribe en la participación de la vida democrática como una extensión de la burocracia, pero no como el agente de otra posible forma de organización política alternativa y autónoma. En este caso, la participación, como la concibe la derecha neoliberal y socialdemócrata (mera forma de la inclusión sin transformación profunda), es la figura que el empoderamiento adopta como dispositivo en que desembocan las demandas sociales. ¿No será que este conservadurismo, aun en su forma renovada y en la llamada “tercera vía” en el que fueron capturadas ciertas energías sociales que se comprendieron bajo el paradigma del empowerment, se debe a que el concepto mismo contiene una estructura tradicional del poder y por la cual es posible que no sea la noción pertinente para el proceso de la constitución de la potencia de los débiles y excluidos de la sociedad? Es también fehaciente la necesidad que las luchas emancipatorias, como llegan a declararlo las autoras en su capítulo cuarto, asciendan no sólo a descubrir y hacer crecer sus capacidades y el carácter político de su poder de, sino a pensar la trasformación y forma de un nuevo poder macroestructural, hasta ahora denominado Estado, claro que tomando en cuenta la consistencia de su “constitución de potencia” totalmente distinta a la concepción tradicional del poder, pues surge desde la debilidad.
Resulta reveladora la adopción no sólo del concepto de empoderamiento por la derecha conservadora, sino como modelo gubernamental de otras nuevas corrientes políticas neoliberales o socialdemócratas que subsumen las potencias, los empoderamientos, que surgen en las bases populares y se las regresa a la comunidad de maneras ya trabajadas, de forma que ahora el empoderamiento, incluso la condición para que éste se genere, es otorgado por el mismo Estado. Pero esto no es todo, hay algo más de fondo. Es posible que el empoderamiento como política de la nueva derecha, ejemplifique no sólo una oportunista aplicación del concepto, sino el último momento al que tiende la lógica del poder que el concepto mismo contiene; es decir, su tendencia a quedar expuesto a incluirse en el poder existente, neutralizando la energía originaria en la que surgió.
Otra dificultad se presenta en el momento en que el empoderamiento, que comienza como fuerza de emancipación, no teniendo una nueva vía de cómo repensar otra forma del poder, no puede dar el paso hacia un nuevo Estado, bajo otro ejercicio del poder, sino que queda a expensas y a limitaciones del poder ya establecido. El empoderamiento en este caso, como hemos venido sugiriendo, no pretende cuestionar a profundidad la consistencia del poder, sino insertarse en su lógica y es por esto que la derecha liberal y la socialdemocracia vea en las demandas sociales particulares un capital político que puede usar, transformar e incluir a su manera particular y perversa, remitiéndolo, por ejemplo, al mercado. En esta situación particular se comienzan a generar circularidades en las que las empoderizaciones terminan, indirectamente mediante sus demandas, otorgando poder al Estado, para que éste les regrese su empoderamiento, sólo que ya reelaborado y re-direccionado mediante sus políticas públicas (políticas de empowerment), según su propio proyecto que coincide con el progreso capitalista. Más allá de la matización entre empowerment de derecha y de izquierda, lo que se tendría que tematizar es si ambas no comparten la misma visión tradicional de la constitución del poder y de la cual hay que comprender su lógica, pues determina las concepciones de Estado y emancipación. 
En la conclusión del libro se propone la necesidad de recuperar el exitoso término de empoderamiento como un proyecto de emancipación y transformación sociopolítica donde el poder entendido como poder de y poder con son pilares fundamentales de las luchas sociales, pero donde si no se piensa cómo y en qué “nuevo posible orden” se desembocan los empoderamientos (el ámbito considerado del poder sobre, que sería más bien el poder en su propiedad político supra-estructural), se está en el riesgo de dejar intacta cierta estructura del poder en la que los procesos de transformación se enmarcan en figuras como las de “el acceso al poder”, “el reconocimiento”, “la inclusión”, “la democratización” y “la emancipación”, que no significa plenamente trasformación hacia un nuevo orden. Es decir, hay que pensar la constitución del poder de los vulnerables más allá de los horizontes tanto de la inclusión en la lógica tradicional del poder, de la toma del poder, como del contra-poder y perseguir la posibilidad de otra consistencia del poder, lo cual arrojaría luces sobre otras formas de pensar otras estructuras políticas. Comprender y pensar las luchas sociales de las minorías bajo el término y proceso del empoderamiento, quizá las inserte en una lógica tradicional del poderío, y el hecho de que haya sido bien absorbido como forma de gobierno por parte de las nuevas versiones del neoliberalismo, nos hacen sospechar un poco de él y nos sugiere buscar nuevos conceptos y formas del proceso del crecimiento de la potencia de los excluidos.

[Publicado originalmente en Metapolítica, núm. 97, abril-junio de 2017].



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