Donald Trump, el populismo y la negación de la política

por Israel Covarrubias 


El ascenso de la improvisación como regla
Vivimos una época marcada por la improvisación. Si el siglo XX fue el siglo de las guerras también fue el siglo de la Gran Política (con mayúsculas), y eso significaba básicamente una apuesta por los proyectos de mediano y largo plazo. No se miraba únicamente a lo inmediato, sino que a partir del ojo de la cerradura que ésta cara dejaba ver, se caminaba mucho más allá del presentismo intrínseco a la vida política de las sociedades que el siglo veía nacer. Es verdad que la gran política produjo varios de los movimientos de masas más atroces en la historia del mundo, como fueron los totalitarismos de derecha e izquierda, aunque estos fenómenos le abrieron la puerta a la democracia como opción en lo inmediato y en el largo plazo. Nadie se ha preguntado que hubiera pasado si el nacional socialismo, el estalinismo y el fascismo jamás hubieran tenido lugar. Es decir, ¿la democracia habría sobrevivido y sobre todo expandido con la velocidad y la fuerza que se desarrolló a lo largo de la segunda mitad del siglo XX? Teniendo enemigos políticos definidos con nombre y apellido, y con las víctimas que los totalitarismos produjeron por aquí y por allá (contables por millones), era casi imposible no pensar y dar un viraje radical hacia la democracia.
Así, la democracia fue una respuesta de continuidad de cara a la situación inobjetable e intensa de la violencia del laboratorio político presente en las formas antidemocráticas que la combatieron. ¿Cómo podemos pensar el desarrollo de la democracia sin el desarrollo del genus autoritario y totalitario? A pesar de este “detalle” analítico, pero sobre todo histórico y politológico, la política y sobre todo los políticos del siglo XX, en particular aquellos que jugaron en el genus democrático (i.e. Franklin D. Roosevelt, Winston Churchill, Charles de Gaulle, etcétera), tuvieron un rol fundamental en la creación de instituciones democráticas nacionales, y también de instituciones que controlarían en su momento la anarquía del concierto entre las naciones a nivel supranacional, a partir de la invención de reglas y respuestas a las exigencias de lo social, para lo cual hicieron uso sistemático del arte de gobernar, incluida la temida razón de Estado, que parece ser la única figura arquitectónica que fue importada del siglo XX a nuestro pequeño siglo XXI. “El siglo XX”, señala Mario Tronti (2012: 18), “ha revelado las dos caras de la política: el rostro demoníaco del poder y el rostro sacralizado del empeño”. Entonces, si en el siglo pasado existieron grandes liderazgos políticos, robustecidos ideológicamente (siempre a favor o en contra de la democracia), la política era un dispositivo de gubernamentalidad eficaz y creíble, con una capacidad inédita de movilización de las sociedades que salían de la guerra (en el caso de la experiencia europea), pero también de aquellas otras que habían puesto en marcha la integración de las masas a la política, como sucedió con los populismos latinoamericanos de la primera mitad del siglo pasado (Germani, 1966).
En sentido opuesto, el siglo XXI es el siglo de la improvisación y la negación de la política. No sólo la negación de la Gran Política, sino que también negación de la política minúscula, que fue, hoy lo podemos constatar, una respuesta totalmente discontinua al colapso simbólico e histórico del siglo XX. Es decir, si se trataba de volver al mundo democrático, era necesario desinflar los grandes proyectos de la política  para dar paso a las múltiples iniciativas micropolíticas que comenzaban a exigir su reconocimiento en la arena tradicional de la democracia.
De aquí, pues, que las expresiones de la micropolítica se ligaron con la emergencia de la semántica de la sociedad civil que colonizó el debate de los años ochenta y noventa del siglo pasado; así como con el ascenso de la discusión sobre la diferencia y en general la figura (aún hoy inquietante) del “otro”; también se articularon con el problema de los éxodos de vario tipo que ya desde entonces se vislumbraban como una catástrofe anunciada a la mañana siguiente del colapso de la ex Unión Soviética, que, por su parte, fue la escansión que dio lugar a la expansión de la política minúscula, y al recambio de la era de la militancia por la era de las baratijas democráticas. Sobre el particular, John Dunn sentencia: “Lo que dotó de tanta prominencia mundial al término ‘democracia’ fue la larga batalla de posguerra contra la Unión Soviética y sus aliados. Desde sus orígenes, la disputa sin duda fue entre los defensores del orden del egoísmo y aquellos que le deseaban el mal abiertamente” (Dunn, 2014: 250). Más reciente, aparece con mucha fuerza la hegemonía de la transparencia sobre todo tipo de poder público, que curiosamente empuja a exigir un nuevo derecho al secreto relacionado de manera directa con la posibilidad de desarrollo de la intimidad y la vida privada. En fin, el problema es que el fenómeno global de democratización enmarcado mutatis mutandis en el último tercio del siglo XX difícilmente reparó en el problema de la discontinuidad que inauguró la apertura al siglo XXI. Y no sólo la discontinuidad, sino los efectos que ésta produce, y entre los que se cuentan el auge de la negación de la política “a la Trump”.
“Nuestra herencia nos fue legada sin testamento alguno”, sugiere Hannah Arendt a partir de un aforismo de René Chair (Arendt, 2008: 75). Por ello, la discontinuidad se expresa no sólo con el pasaje al siglo XXI, sino con el alejamiento irreversible de las camisas de fuerza que otorgaban confianza y sentido pleno a la sociedad a lo largo del siglo XX: la Corporación, el Sindicato, la Organización, el Partido, la Guerrilla, el Movimiento, etcétera. La lista era tan larga como experiencias reclamaban su campo de visibilidad. Esta respuesta discontinua, fragmentaria, molecular, tuvo sus mayores logros precisamente con el cambio de siglo, pero no pudo echar raíces  en la vida pública de las democracias, salvo a través de la permanencia y emergencia de ciclos intermitentes de protesta que tienen lugar de manera anárquica en diversas latitudes, y que terminan definiéndose como reacciones a decisiones vinculantes desde el punto de vista de la representación jurídico-política, con lo que se tiende a la afectación profunda de la posibilidad de “densificación” de lo político a través de las distinciones ideológicas y “prácticas” entre derecha e izquierda, entre progresistas y conservadores, entre compromiso y desequilibrio social, entre inclusión y exclusión (Revelli, 2015). De este modo, no es fortuito que para el pensador político Claude Lefort, la democracia contemporánea suponga la “disolución de los referentes de la certeza”. En este sentido, agrega:

Inaugura [la democracia] una historia en la que los hombres experimentan una indeterminación última respecto al fundamento del poder, de la ley y del saber, y respecto al fundamento de la relación del uno con el otro en todos los registros de la vida social (allí donde antaño se enunciaba la división, en particular la división entre los titulares de la autoridad y los que estaban sujetos a ella, en función de creencias en una naturaleza de las cosas, o en un principio sobrenatural). Esto es lo que me lleva a creer que en la práctica social se despliega, sin saberlo los actores, una interrogación para la que nadie tiene respuesta y a la que el trabajo ideológico, llamado siempre a restituir la certeza, no consigue poner un término (Lefort, 2004: 50). 

Por un lado, el resultado de esta pérdida de certezas y emergencia de la indeterminación de lo político, que puede ser efecto de la ausencia de “testamento” según Chair y Arendt, es la atomización de las prácticas del contrapoder, ya que en su lucha por la des-jerarquización del estilo que suponía el liderazgo político “fuerte” y “vertical” heredado del siglo XX y también en su recurrente querella contra toda noción de autoridad, terminaron por fusionarse con el carácter paradigmático de la neoliberalización de los espacios vitales que producía en su desarrollo las experiencias con la democracia en los primeros lustros del siglo XXI. Por el otro, la neoliberalización de los gestos del poder tradicional que adopta modalidades biopolíticas, muestra que con cada intento de abandono o rechazo, este poder termina por viralizar su imagen, por lo que resulta imposible su perforación. Al contrario, la permanente puesta en entredicho de sus lógicas permite que siga reproduciéndose para conseguir la consolidación del proceso de “gobernanza sin gobierno” que es el estandarte del “arte” de gobernar en la democracia del siglo XXI, incluida la contestación que es inherente a este proceso (Greppi, 2012: 101).

¿Populismo contra democracia?
El populismo que hoy toma como trampolín a la democracia, es una subespecie política que pretende volver a colocar el campo de la certeza a esa interrogante sin fin que supone lo político de la democracia. Es un acontecimiento que ha operado como suplencia de la imposibilidad de representación total de la democracia misma, pues la democracia contemporánea no logra sustraer sus estrategias de producción de legitimidad de la continua acción de la política, en donde sus límites son bordados por el derecho y la ley, con lo que vuelven a la democracia un juego político necesario para la edificación de los canales de realización de la promesa de la política. Esa promesa se volverá parcialmente real a partir de que “aparecen” los dispositivos de encuadre del sueño de un gobierno que cumple, “de algún modo”, la imposibilidad. Es aquí donde comienza la discusión sobre el populismo, ya que tiene más relación con la edificación de ciertos canales de realización de la promesa de la política y menos con el estilo demagógico de su reproducción.
Por ello, en la época de la negación de la política, estar del lado de los vencedores o de los vencidos es una experiencia idéntica. Si sabemos que los vencedores siempre son muy pocos, tan pocos que son reconocidos como oligocracia, plutocracia, o mejor aún, kakistocracia, aproximarse a ellos no nos vuelve vencedores por contigüidad. De hecho, es la proximidad, o dicho llanamente la “cutaneidad” con lo político, el dispositivo más exitoso que tiene el poder kakistocrático (como Maduro en Venezuela), oligocrático (como el PRI en México), o plutocrático (como Donald Trump) que, bajo su forma populista, hacen de sus ficciones políticas un continuo pasaje de arriba hacia abajo, inflando en extremo el principio convencional de la soberanía en una esfera donde cualquiera se puede identificar con cualquiera. Esto pone en evidencia un distanciamiento entre lo público y lo común en la democracia, donde lo común no logra articular el diseño de la topografía del espacio de lo público a través del “secreto” inevitable (o indeterminación, según Lefort) de lo que significa vivir en común: aproximación, conflicto, comunión en la profundidad de nuestras escisiones. Este movimiento quedo plasmado en el episodio de las elecciones francesas de 2017: mientras Marine Le Pen encabeza un nuevo modo de hacer política que hace coincidir “plenamente” el carácter supra-político (arriba) con el rango infra-político (abajo) de la exclusión contenida en el juego de la soberanía democrática, Emmanuel Macron hizo suspirar a propios y extraños con la posibilidad de una nueva política democrática, a un tiempo neoliberal y progresista, sensible a las confrontaciones con el otro y con ciertos extraños.
Un primer elemento por subrayar del populismo que recorre el mundo de la democracia es su proclividad al uso de las técnicas que le ofrece el nuevo principado de lo informático y lo virtual, que coloca en el rango de radical igualación, aunque no sea democrática ni económica, a cualquiera con todo el mundo, coronando la poca o nula exigibilidad por la diferenciación, y haciendo del analfabetismo el triunfo total de la ignorancia, con lo que se consolida el campo de la improvisación como “arte” de lo político. Lefort lo comprendió bien: “cuando el poder parece caer en el plano de lo real y aparece como alguna cosa particular al servicio de los intereses y de los apetitos de vulgares ambiciosos, para decirlo brevemente: cuando se muestra dentro de la sociedad, y al mismo tiempo ésta aparece fragmentada, entonces se desarrolla el fantasma del pueblo-uno, la búsqueda de una identidad sustancial, de un cuerpo social soldado a su cabeza, de un poder encarnador, de un Estado libre de división” (Lefort, 2004: 50).
Un segundo elemento está en sintonía con el debate filosófico reciente sobre la “post-verdad”, que está vinculado con la sedimentación de la mentira como deporte político en las democracias. Los expertos en estudios de opinión y encuestas que pretenden indicar la “realidad” de lo real que toda política contiene, tendrán que abocarse a la construcción de un índice de densificación de la mentira como forma de legitimación democrática, que interactúe junto a los índices de libertades, de corrupción, de transparencia, de buen gobierno, de rendición de cuentas, de control político, y de tantos otros índices que día a día se suman a la comunicación política de la democracia. Más aún, porque los peligros de la democracia no son los campos minados en la mitología del afuera, que tantas ocasiones es llamado como fuente de escarnio y legitimación de lo propio, sino en la conformación de los límites internos de su comunidad.
Junto a la preocupación sobre el lugar que ocupa la mentira en la discursividad democrática, hay que trabajar también sobre el fenómeno de la colonización del espacio público-político a causa del incremento de la participación de los medios de comunicación que dejaron de ser cajas de resonancia de los distintos sectores sociales, y son actores que modelan a la política, a su lengua y a sus palabras; y de hecho, en muchas ocasiones (y parece que es la regla) no traducen las formas de sociabilidad “deseables” y “necesarias” de las prácticas democráticas.
En este sentido, el fenómeno del ascenso y caída de Silvio Berlusconi o “berlusconismo” es un antecedente reciente de la tensión abierta entre continuidad y discontinuidad de la democracia, pero también de la institucionalización de la improvisación y de la negación de la política. En su momento, este personaje era percibido por amplios sectores de la sociedad italiana, incluso si era una idea un poco exagerada, como el arquetipo del italiano medio, es decir, “cordial y generoso pero al mismo tiempo superficial y poco fiable” (Ginsborg, 2003: 24); asimismo, como un self-made man: un personaje creado con sus propias manos y capacidades, lo que le permitió su rápida inclusión en las mitologías del triunfo y el esfuerzo egoísta que tanto atraen a las sociedades de consumo opulento. En este sentido, era exacto el retrato de él como “un pequeño hombre con grandes apetitos” (Ginsborg, 2003: 24). La puesta en escena del berlusconismo estuvo supeditada a un intento sistemático por lograr el establecimiento de una república “ejecutivo-parlamentaria”, dada la fuerza que deseaba conferir al poder del primer ministro encarnado en su figura por encima de los límites parlamentarios. Sin embargo, el berlusconismo sólo fue la puerta de entrada. Su ocaso político que coincide con su senilidad y su caótica vida privada, incluida su perversa vida sexual, permitió la germinación y el desarrollo de otros liderazgos populistas análogos al de Berlusconi y que lo sustituyen, como el del actor cómico Giuseppe Piero Grillo, “Beppe Grillo” (“grillismo”) o el del moderado de izquierda, Mateo Renzi (“renzismo”) (Revelli, 2017: 205). Los tres personajes han sido tan flácidos en el terreno de las ideas que lograron abarcar todo el espectro ideológico, compartiendo una fuerte personalización centrada en el ego político (Renzi renunció luego del fracaso del referéndum constitucional de 2016) que trabaja en la rutinización de la negación de la política (en este caso de aquella democrática representacional) a través de un “mecanismo de des-intermediación” soportado en la comunicación directa con los sectores sociales ocultados bajo el vocablo “pueblo”, que termina siendo “el destinatario [no el actor principal de la escenificación] de un estilo comunicativo popular (o mejor aún, ‘pop’, como la música)” (Revelli, 2017: 206). Entonces, el pueblo es un pretexto en la dinámica de la improvisación de nuestra época, ya que termina alejado de su principio histórico de ser la “base” de la soberanía política de la democracia. Finalmente, los tres personajes se colocan en un campo de distanciamiento con relación al pasado pero también frente al presente (Revelli, 2017: 207), para dar rienda suelta a la especulación sobre las expectativas sociales alrededor del futuro (en este sentido es fascinante el eslogan de Trump: “Make America Great Again!”).
Esta fotografía puede funcionar también para un amigo íntimo de Berlusconi, como lo es Vladimir Putin. Incluso funciona para Trump, aunque aquí la idea de “pequeño hombre” no encaja, pues como es sabido hay una suerte de fascinacion “trumpista” por su tamaño corpóreo. Como sea, Berlusconi es el antecedente inmediato del ascenso de la improvisación y la negación de la política que encabeza hoy Donald Trump. En un ensayo reciente, el filósofo norteamericano James Aaron es contundente al equiparar a Trump con Berlusconi y Putin:

La ascensión de Trump encaja con tendencias más amplias en una globalización del sálvese quien pueda que ha alzado a posiciones de relieve a diversos dirigentes populistas en toda Europa, impulsados por la nostalgia nacionalista, las reivindicaciones de clase y la inseguridad económica. Las comparaciones fáciles que se le han hecho con Hitler o Mussolini me parecen exageradas: Trump carece de una ideología sólida, por más que lo acerquen a ellos su personalidad arrolladora y sus tendencias autoritarias. Sin embargo, hablando de Italia, sí guarda una similitud notable con el burdo magnante de los medios de comunicación de masas y antiguo primer ministro Silvio Berlusconi, con quien comparte incluso el aire jactancioso, el protagonismo de las cuestiones relativas a su cabello y lo voluptuoso de los lúbricos programas televisivos del italiano y los concursos de Miss Universo de Trump […] Tal vez Putin se le parezca aún más en cuanto maestro en el arte de presentarse con distintas caras y en el de sacar partido de la poses de tipo duro y el resentimiento de la clase obrera. Con todo, el de Trump es un fenómeno nuevo que encaja a la perfección en una era de entretenimiento en la red y de verdadera confusión respecto de lo que tiene de virtual la realidad. No habría tenido éxito en los tiempos en los que los medios transmitían un mensaje distinto y el público se centraba en anhelos espirituales más intensos o reclamaba una política más enjundiosa (James, 2016: 50-51).

¿Qué hay de nuevo con la negación de la política?
La burbuja del populismo explotó con el triunfo de Donald Trump, quien se coloca como el efecto de esta nueva página en la historia de la democracia que fue gestándose desde el último tercio del siglo XX, no es un simple síntoma de nuestro tiempo, pues vivimos en una época sintomatológica. Por ello, el magnate norteamericano es un capítulo central de la negación de la política, con independencia de la duración de su mandato. Sin embargo, esto no quiere decir que el siglo XXI sea el siglo de la “política negativa”. La negación de la política es el siguiente escalón de la política negativa, aunque al igual que esta última se coloque en la espiral sin fin del pluralismo radicalizado de la democracia, donde cualquiera puede entrar a jugar en la democrática si logra la generación de una opción política a partir de ciertas y muy claras condiciones: tener dinero, capacidad de exposición en redes sociales y medios de comunicación, construir una plataforma vengativa [“alguien nos debe, alguien tiene que pagarla”], y estar fuera de la estructura “normal” de las identidades políticas.
La idea de política negativa ya había sido sugerida por el sociólogo francés Pierre Rosanvallon en su obra Contrademocracia. La política en la era de la desconfianza, donde la identifica como un viraje radical en las formas de creación en la democracia contemporánea. Es decir, se desplaza el núcleo de las plataformas programáticas de gobierno (oferta partidista, regional, identitaria) como diferenciación entre oponentes por el escándalo y el develamiento de los “crímenes” cometidos o imaginados por los otros candidatos en competencia. Aquí es donde se enquista el uso sistemático de las fake news, que ya era una práctica corriente en los procesos electorales norteamericanos o en “vías de norteamericanización”, aunque la falsificación de las noticias sirvan mejor al poder electo. “Es por lo tanto”, dice Rosanvallon (2007: 177), “mucho más ‘rentable’ demoler al competidor que hacer valer los méritos propios”. La alteración del proceso democrático es preocupante: la soberanía que colma simbólicamente el núcleo vacío de la democracia se transforma en una suerte de “soberanía negativa” en ese juego de ida y vuelta (de arriba hacia abajo y viceversa):

El desarrollo contemporáneo de estas formas de obstrucción [la política negativa] no debería asimilarse a un movimiento de despolitización. El “ciudadano negativo” no es un ciudadano pasivo. Con la expresión de su escepticismo y su desasosiego, afirma en efecto su fuerte presencia en el espacio público. […] Hay una suerte de participación en la vida pública, pero es esencialmente hostil. Hay un compromiso, pero a favor de un rechazo. Se toma la palabra, pero lo que domina es el lenguaje acotado de las consignas o de la desaprobación. Por lo tanto, conviene hablar de una soberanía negativa. Y esto, tanto más, dado que lo propio de los poderes de obstrucción, así como el de todos los demás poderes de desconfianza, es, de hecho, su ejercicio directo. La democracia negativa es también, por ello, un sustituto de la democracia directa, una suerte de democracia directa regresiva (Rosanvallon, 2007: 183-184). 

La cuestión es preocupante por su patética simplicidad: es necesario observar los modos de claudicación de la articulación clásica de la comunidad política democrática, porque los “poderes de obstrucción” de la política negativa inherente al juego democrático comparten espacio político con los signos característicos de nuestro tiempo. La negación de la política es una figura fundamental de este proceso. Al lado de las posibilidades de desarrollo del pluralismo y de ciertos niveles de igualdad, la sociedad democrática, con la pretensión de mantenerse siempre “abierta” al otro “imaginado” o “real”, permitió —de hecho, no podía negarse— el incremento de los flujos y valores sociales no necesariamente afiliados a las convicciones democráticas.
  Su efecto está a la vista de todos: el aumento de crispaciones y fanatismos étnico-religiosos, pero también fanatismos económico-políticos, donde la religión termina por ser un in-put de la política visceral, así como el lubricante de ciertos fanatismos seculares. Trump, Berlusconi y Putin son fanáticos de la improvisación mediática y de la negación de la política. Sus expresiones cierran el ciclo de ascenso de la democracia como horizonte de posibilidades que produjeron los experimentos con ella en el último tramo del siglo pasado, y abren otro totalmente diferente, caracterizado por una creciente institucionalización “anarquizante” del poder personal que ostentan. La negación de la política puede ser leída también como la fantasía del pueblo-uno del populismo, que intenta estructurarse como una respuesta inmediata al exceso de los usos de la representación de la vida política, sobre todo con relación a las imágenes que la exclusión y la pobreza creciente de las democracias generan en la memoria y en los sistemas de expectativas de sectores muy amplios de las sociedades donde tienen lugar.
Por ello, a la era del consenso de la democracia después de la caída del Muro de Berlín y del colapso de diversas formas de gobierno antagonicas a ésta, sigue la era de la globalización de la democracia por medio de su fragmentación nacional. Más aún, el sucedáneo de la política negativa es el populismo en el seno de la democracia, que está además sostenido completamente con la dinámica del capitalismo contemporáneo. Es aquí donde está una de sus causas principales de emergencia. Por vez primera hay una “plena coincidencia” entre capitalismo, democracia y mercantilización de la idea de pueblo como directriz de la reproducción política del capital. Es un fenómeno inédito que en Trump encuentra su evidencia histórica. Por eso, el caso norteamericano no es un accidente, es el resultado de la evolución de la democracia y del desarrollo del capitalismo contemporáneo. El dilema ya no es estar en contra o a favor del capitalismo, como tampoco en contra o a favor de la democracia, sino más bien el desafío es el de saber si es posible compartir esta nueva lógica societal por medio de la pérdida de los universales de la propia democracia. En su libro más reciente, Wendy Brown subraya el peso demoledor que ha tenido la razón neoliberal que se despliega desde el punto de vista de lo político como neoliberalización de la democracia, donde se privilegia la competencia en el lugar del intercambio, con las implicaciones para el orden político democrático que esto supone: pérdida de producción de reconocimiento político a las clases sin poder y en general para todas las clases no propietarias; oligarquización de la función pública y reducción de las opciones de sociedad, y des-semantización de los contenidos modernos de la democracia, donde el autogobierno es sustituido por la competencia en el mercado político entre “iguales”, definidos así por una ficción perversa que moldea a la democracia como negocio, no como fin en sí mismo (Brown, 2016: 51 y ss.). Para la autora, esa neoliberalización de la democracia supone el establecimiento de una forma de racionalidad que es a un tiempo una forma de normativización (produce leyes), una forma de normalización (produce un tipo específico de subjetividad), y una forma de gobierno (produce una democracia “sin atributos”) (Brown, 2016: 64). Este triple desafío ha sido revitalizado con la figura de Trump.

Corolario: ¿para qué necesitamos a la política?
La improvisación política del populismo en la democracia es aquella que está completamente alejada de la acción creativa y sus técnicas, donde precisamente improvisar es una regla, no una excepción para abrir el tiempo a la innovación. La improvisación de nuestra época legitima las pifias y las mentiras como razón de Estado en un tiempo histórico donde la información y la comunicación en general satura y ahoga, al punto de perder la capacidad de formular interrogantes. Nuestra época está montada en la generación continua de respuestas, incluso a preguntas aún no formuladas. En este orden de ideas, parece que se camina en una dirección opuesta a la capacidad de innovación que abreva de las provisiones conceptuales y prácticas, así como tecnológicas e informáticas, que la propia época ofrece para vivir en común, y sobre todo para mantener bajo control, es decir, bajo “gobierno”, los riesgos y los problemas.
No obstante, la canciller alemana, Angela Merkel, tuvo gran tino al señalar durante su comentada visita de Estado a la Casa Blanca: como no hemos resuelto los problemas fundamentales de nuestras sociedades, necesitamos de la política. ¿Qué significa esta aseveración? Es posible interpretarla como la necesidad de formular nuevas preguntas para un tiempo político que exige innovación, ya que la vida política de los países democráticos se enfrenta cada vez más con el ascenso de clases políticas que llegan al poder por primera vez sin saber qué significa histórica y políticamente el bien común. En efecto, la sentencia de Merkel estuvo dirigida a Trump y a su populismo, pero también apuntó hacia el desafío que conlleva el fenómeno de la americanización de la democracia a nivel global, en un momento donde las opciones son escasas.
Expresiones como “es un peligro”, “no puede ser presidente”, “lo van a renunciar”, “hay que esperar la respuesta de los otros poderes”, etcétera, son moneda común de las observaciones cotidianas sobre el populismo, aunque importan un núcleo de enemistad que puede generar grandes movilizaciones negativas para la política democrática, como lo ha sido históricamente el primado de la metafísica de la política (nazismo, fascismo) que tanto trabajo costó su erradicación en el siglo pasado. Es posible sostener que la insurgencia del populismo se explica más por la serie de clivajes políticos que dan estabilidad al empujar una y otra vez las promesas (ir)realizables de la política en el interior de la democracia, y menos por la constatación de que es un simple elemento transversal “anómalo” de tipo anti-democrático (esta salida es facilona y mediocre). La fantasía del populismo a la Trump radica en que el uso sistemático de la mentira se vuelve familiar, al punto que su público termina por creer en lo que dice (aunque sea precisamente una mentira), pero siempre conjeturando que es “su estilo”, “es esperable en alguien como él”. Pareciera que es una suerte de profecía que se cumple a sí misma: “Verdad es que también suelta embustes como un loco; pero son sus patrañas, las que todos conocemos, y, por lo tanto, no tenemos la sensación de que nos estén engañando” (James, 2016: 39).
El populismo es una fuente de movilización y socialización que coloca en su centro político al pueblo como sujeto excluido, y en su campo discursivo al pueblo como abstracción política.  Ambas modalidades no dejan de ser destinatarios de esa carta sin fin que el líder escribe todos los días. En este sentido, el populismo se constituye a través de estos dos tiempos, de estas dos maneras de volver un referente “tangible” al pueblo; es una caja de resonancia (un “altavoz”) en ciertos periodos de cambio marcados por un discreto o mediocre rendimiento de las instituciones de gobierno, sobre todo con relación a la ficción de que el tiempo se abrirá a una nueva forma política donde la sociedad terminará por densificarse con otras tesituras. Parece que lo peor está por venir.

Referencias
Agamben, G. (2005), “Che cos’è un popolo?”, en G. Agamben, Mezzi senza fine. Note sulla politica, Turín, Bollati Boringhieri.
Arendt, H. (2008), De la historia a la acción, Buenos Aires, Paidós.
Brown, W. (2016), El pueblo sin atributos. La secreta revolución del neoliberalismo, Barcelona, Malpaso.
Dunn, J. (2014), Libertad para el pueblo. Historia de la democracia, Ciudad de México, Fondo de Cultura Económica.
Germani, G. (1966), Política y sociedad en una época de transición. De la sociedad tradicional a la sociedad de masas, Buenos Aires, Paidós.
Ginsborg, P. (2003), Berlusconi, ambizioni patrimoniali di una democrazia mediatica, Turín, Einaudi.
Greppi, A. (2012), La democracia y su contrario. Representación, separación de poderes y opinión pública, Madrid, Trotta.
James, A. (2016), Trump. Ensayo sobre la imbecilidad, Barcelona, Malpaso.
Lefort, C. (2004), La incertidumbre democrática. Ensayos sobre lo político, Barcelona, Anthropos.
Revelli, M. (2015), Posizquierda ¿Qué queda de la política en el mundo globalizado?, Madrid, Trotta.
_____, (2017), Populismo 2.0, Turín, Einaudi (versión e-book).
Rosanvallon, P. (2007), La contrademocracia. La política en la era de la desconfianza, Buenos Aires, Manantial.
Tronti, M. (2012), “Olvidar el siglo XX”, Metapolítica, núm. 76, enero-marzo.


[artículo publicado en Metapolítica, núm. 98, 
julio-septiembre de 2017, pp. 43-49]

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