Los nuevos enemigos de la democracia

Los nuevos enemigos de la democracia 
Juan Cristóbal Cruz Revueltas

Texto publicado en Metapolítica, núm. 98, julio-septiembre, 2017, pp. 50-55.

En un pasado no tan lejano, la caída del Muro de Berlín fue percibida como el inicio del reinado de la democrática universal. Se trataba de un movimiento histórico que prolongaba las transiciones ejemplares a la democracia de países como Grecia, Portugal y España, y de países latinoamericanos como Argentina y Uruguay. La caída del comunismo era también el desenlace que coronaba el avance de los derechos humanos y la importancia del Estado de derecho, sobre todo frente a la inmensidad de los crímenes totalitarios del siglo XX, desde los cometidos por el nazismo a Pol Pot, pasando por el estalinismo y el maoísmo. Asimismo, la caída del Muro convalidaba el reconocimiento de la sociedad civil, es decir, la necesidad de un ámbito social plural y libre de la injerencia del Estado. Más aún, la interacción creciente de las diferentes sociedades del planeta, la llamada globalización, parecía armonizarse pacíficamente en un concierto de repúblicas kantianas.
Después de todo, el Muro de Berlín y la dominación soviética habían caído sin necesidad de disparos ni de dramas mayores. No extraña que entre la inteligencia de aquellos días resaltaran los filósofos ilustrados de inclinación kantiana, como John Rawls o Jürgen Habermas, o, en su defecto, aquellos de corte hegeliana que declaraban con entusiasmo la victoria final de la Razón, la muerte de las ideologías y la conclusión (filosófica) de la historia. Naturalmente el triunfo de la democracia era la victoria del pensamiento ilustrado. La atmósfera que se respiraba era algo parecido al de un estado de madurez apacible. En efecto, de aquellos días cercanos a la caída del Muro, el escritor italiano Claudio Magris recuerda un domingo en Ámsterdam cuando se encontraba en medio de una “especie de feria universal de la tolerancia” que producía precisamente la impresión “de exaltante sensación de tolerancia y libertad” (Magris, 2008: 10). Yo mismo recuerdo con nostalgia un día de agosto de 2001 en la que una joven afroamericana presentaba un libro ante un público cálido y atento en una librería situada justo debajo de las Torres Gemelas en Nueva York…

Este aliento que en términos generales podemos llamar democratizador aún fue perceptible en 2010 cuando brotaron movimientos sociales en diversas latitudes del planeta. Desde Nueva York a Hong, pasando por Kiev, Madrid y Estambul, para no mencionar la llamada Primavera Árabe. Aunque es cierto que la democratización ya había sido parada en seco en el mismo 1989, con la masacre de la Plaza Tiananmén en un gran país como China. Tampoco habían tardado en reaparecer en la misma periferia europea, en lugares como la península Balcánica, viejas y violentas obsesiones identitarias. Es cierto también que no tardó en revelarse ingenua, para no decir francamente desastrosa, la idea de democracy building de un George W. Bush. Sobre todo cuando se trataba de “exportar la democracia” por la vía de las armas a países como Afganistán o Irak, hundidos en un intrincado tejido tribal y bajo el dominio de una cultura que no permite distinguir la religión de la política y el derecho; un “Gran Oriente Medio” distante de la solida tradición constitucional e institucional de países como la República Federal de Alemania o Japón que luego de la Segunda Guerra Mundial se democratizaron exitosamente bajo ocupación norteamericana. Sin embargo, con algo de optimismo todo ello podía ser leído aún bajo la idea que el espíritu de la historia se había topado con escollos que con el tiempo sería salvados para proseguir el ineludible camino de un siglo verdaderamente democrático. Ahora bien, hoy en día incluso los más acérrimos defensores de esta visión optimista de la historia no pueden sino conceder que el ideal democrático se encuentra fuertemente resquebrajado. Como veremos a continuación, en los últimos años hemos sido testigos del regreso del péndulo de la historia. Vemos en amplias zonas del planeta un cambio de estado de humor, ajeno al optimismo democrático. En el escenario mundial han surgido numerosos fenómenos que dejaron de ser meramente preocupantes, ya que constituyen un enorme desafío para la democracia del siglo XXI.

Uno de los hechos más notorio en el escenario actual es la presencia del autoritarismo en todos los continentes. Desde la Turquía de Recep Tayyip Erdogan, a la Venezuela de Nicolás Maduro, pasando por la Rusia de Vladímir Putin, la Cuba de Raúl Castro o la China de Xi Jinping. Para no mencionar Estados de corte francamente totalitario, como la Corea del Norte de Kim Jong-un o la Eritrea de Issaias Aferwerki. Sin contar, por ejemplo, con la reciente aparición del presidente de Filipinas, Rodrigo Duterte. Que al otrora alcalde de Davao se le conozca como “El castigador” y se haya hecho mundialmente conocido por su deseo de compararse con Hitler es todo menos anecdótico. A las pocas semanas del asenso al poder del “serial killer president”, como lo calificó el periódico francés Liberation el 7 de octubre de 2016, su guerra contra la droga, (“masacrando a drogadictos”), ya había costado la vida a miles personas. Este frenesí autoritario no es algo inusual. A finales de septiembre de 2016, en la Turquía de Erdogan 32 mil ciudadanos turcos había sido arrestados tras el fallido golpe de Estado del 15 de julio (según el saldo oficial del mismo gobierno turco). El filósofo francés Fréderic Worms observa que a diferencia de las genocidas del siglo XX que escondían y negaban sus crímenes (lo que permitía a sus seguidores defender que “no sabían”), Duterte proclama una política cínica y francamente criminal, más allá del populismo. El abierto llamado al asesinato, como lo enfatiza Worms, es una política de negación del derecho (Worms, 2016). En efecto, en muchos lugares del planeta la represión de movimientos sociales, el encarcelamiento o asesinando de los líderes opositores, se han vuelto métodos “normales” de gobierno. El autoritarismo camina junto a una exacerbada personalización del poder (Putin, Chávez, Duterte, Xi Jinping). A su vez este culto del hombre fuerte se acompaña con una creciente beligerancia, primero en la retórica y finalmente en los hechos. Como se ha sabido desde Aristófanes hasta Orwell, los dictadores siempre requieren enemigos internos para evitar la crítica y enemigos externos para disciplinar a los pueblos.

Ante la proliferación de regímenes dudosamente democráticos, los especialistas —desde los filósofos políticos y los científicos políticos a los especialistas de relaciones internacionales— han entendido la necesidad de clarificar conceptualmente el problema, máxime que con frecuencia nos enfrentamos con  lobos con piel de oveja, con regímenes autoritarios bajo máscara democrática. Se trata de regímenes que efectivamente cumplen con los procesos electorales clásicas, pero limitan las libertades cívicas. Aunque muchas veces también se defiende abiertamente en nombre de una supuesta democracia más autentica, una suerte de dictadura de la mayoría sin verdaderos contrapesos. De aquí que entre los estudiosos del fenómenos se proponga las nociones de democracias iliberales o de democracias híbridas para dar cuenta de este tipo de régimen. Valga notar de paso que lejos de la izquierda antitotalitaria de un Cornelius Castoriadis, hoy amplios sectores de la izquierda suelen ser tolerantes o al menos poco críticos ante este tipo de estados (Cuba, Venezuela, China, Corea del Norte) puesto que encuentran más oportuno privilegiar la lucha contra el neoliberalismo o contra el imperialismo, a la defensa de la democracia.

Por lo demás, no sorprende que bajo esta atmósfera proclive al autoritarismo resurja implícita pero constantemente la noción hitleriana de “Lebensraum” (espacio vital) respecto a los países considerados periféricos, como lo muestran los caso de Ucrania para Rusia, del Pacífico para China, o de las zonas kurdas para Turquía. Pero lo que nos interesa resaltar aquí es la reaparición del manejo imperial del espacio internacional (desde este punto de vista, la noción de califato es una variante de este tipo de poder que desconoce fronteras nacionales y tratados internacionales). En efecto, grandes países como China o Rusia, se muestran menos interesados en una regulación normativa de la globalización que en un enfoque pragmático, en conformidad con sus intereses, en su intervenciones en el escenario mundial. Especialistas de las relaciones internacionales observan que el gobierno chino ofrece su colaboraciones a los países africanos bajo el entendido que a China no les interesa, “a diferencia de las antiguas potencias coloniales”, ni la democracia ni los derechos humanos. La relación se limita al acceso a los recursos naturales del país del caso a cambio de recursos financieros chinos. Valga observar que este enfoque de las relaciones internacionales ha sido teorizado explícitamente y se le conoce como el “Consenso de Pekín”. En el caso de Rusia, es evidente que su intervención en Siria o en Ucrania responde sólo a los intereses estratégicos de Rusia. No hay duda que la intervención de Estados Unidos de George W. Bush en Irak, la detención de reos en Guantánamo y los hechos de la prisión de Abu Ghraib, todo ellos al margen del derecho internacional, favorecieron esta situación de anomia de la actual comunidad mundial. Situación que permite, por ejemplo, que en la actualidad el ejército del Estado sirio pueda bombardear con armas químicas a su población sin temor a mayores consecuencias.

Las religiones políticas
A la difusión de la democracia iliberal y del franco autoritarismo, se suma otro peligro para la democracia: el resurgimiento de la religión en el escenario mundial como ideología política alternativa. Al respecto, hay que subrayar que el célebre libro de Gilles Kepel, La revancha de Dios, publicado en francés en 1991, se refiere, ya desde aquel entonces, a la reaparición en el escenario internacional del fundamentalismo religioso en tres de sus grandes versiones: el islam, el judaísmo y el cristianismo. En tanto que el también célebre articulo de Samuel Huntington sobre el choque de civilizaciones, que dará pie al libro de ese mismo nombre, data de 1993. El desafío inquietante que plantean los diagnósticos de Kepel y Huntington es el hecho que el resurgimiento político de la religión va de la mano con  un ataque violento contra la democracia y el pensamiento ilustrado. De hecho, Kepel observa que mientras el catolicismo y el protestantismo pueden oscilar entre la adaptación y la ruptura con el pensamiento ilustrado, los movimientos islamistas buscan abierta y frontalmente romper con la democracia y con la tradición ilustrada. Estos son considerados una mera expresión del colonialismo, en todo ajenos a su tradición religiosa. Que en algunos casos se llegue a hablar de “democracia islámica” es un equívoco o, mejor dicho, un oxímoron insostenible, pues en realidad se rechaza la soberanía del pueblo (fundamento de la democracia) a favor del llamado a la sumisión a “la ley divina”.

En el caso de los movimientos terroristas islámicos (Al Qaeda, Dáesh y sus respectivos satélites) no estamos frente a un choque de civilizaciones, sino ante un caso de ruptura con el principio de realidad, como sucedió con los totalitarismos del siglo XX, o como pasó en el caso más reciente de la secta japonesa del culto de Aum Shinrikyō. Al menos esta es la tesis de un seguidor del filósofo Eric Voegelin, el politólogo canadiense Barry F. Cooper. De acuerdo a Cooper, estamos ante una patología del espíritu (“pneumopatología”) de quienes en su rebelión contra el mundo terminan por negarlo violentamente a favor de una concepción imaginaria. Por ejemplo, Osama Bin Laden el 11 de septiembre de 2001 ignorando las víctimas reales mientras se fantasea desde una actitud narcisista como un “instrumento de Dios” en medio de una gran lucha apocalíptica. Peter Sloterdijk (2015) no se equivoca cuando observa que con el yihadismo estamos más cerca de la cultura infantilizada del cómic que en el mundo matizado y complejo de las novelas de formación de la literatura del siglo XIX. En un trabajo anterior, afirma:

El islam político […] es capaz de ofrecer a sus adeptos una “imagen del mundo” fácilmente comprensible, grandiosa, teatral y el combate juega un gran papel, una imagen fundada en la distinción dura entre amigo y enemigo, sobre una misión victoriosa desprovista de ambigüedad y una visión final utópica y embriagante: el establecimiento del emirato mundial (Sloterdijk, 2007: 306).

Si bien el islamismo radical es la ideología de la globalización que está disponible para los jóvenes en el mercado de las ideas (sobre todo ahora que la izquierda ha dejado de ser internacionalista), una opción que atrae a adolecentes extraviados de origen checheno, marroquí o francés, donde se debe reconocer que ella no tiende viabilidad como política dada su obcecada fascinación por el pasado, su antimodernismo, su difícil o quizá nula capacidad para confrontar la realidad económica y tecnológica, ni para satisfacer los requerimiento culturales y políticos que exige la actual sociedad mundial. En fin, Fukuyama tendría razón al respecto, no estamos ante una alternativa ideológica real.

El debilitamiento interno de la democracias
El fenómeno más preocupante es el hecho que las viejas democracias “consolidadas” también se están fragilizando desde sus mismas entrañas. En Estados Unidos, durante la administración de George W. Bush, fuimos testigos del rápido colapso del pluralismo político y de un acentuado debilitamiento del Estado de derecho. La imprecisa noción de “guerra contra el terrorismo”, como pudo serlo en México la “guerra contra el narcotráfico”, hizo pensar que en Estados Unidos de Bush se estaba transitando hacia una situación de posdemocracia (Sloterdijk, 2007: 303). Pero en los últimos tiempos hemos visto una sucesión de hechos alarmantes: el avance de políticos populistas como Donald Trump en Estados Unidos, la victoria del Brexit orquestada por personalidades como Nigel Farage o Boris Johnson, la conquista de las alcaldías de Roma y Turín en Italia por el Movimiento 5 Estrellas de Beppe Grillo, el creciente endurecimiento del autoritarismo de la Hungría de Viktor Orbán y de la Polonia de Jarosław Kaczyński, así como la amenazante presencia de Marine Le Pen en Francia, y ello a pesar de su derrota electoral.

Este cambio de ambiente fue perceptible durante la campaña a favor del Brexit y durante las elecciones a la presidencia en Estados Unidos de 2016. Las campañas alcanzaron un grado pocas veces visto de desapego por la verdad y de uso de la violencia física y verbal. No olvidemos que en el caso del Brexit se llegó el asesinato de la parlamentaria Jo Cox, atacada con arma de fuego y con cuchillo por un defensor del Brexit. En el caso de Estados Unidos, Trump descalificó sistemáticamente a grupos enteros de la sociedad por su condición (de origen mexicano, de religión musulmana, burlas a mujeres) y, en el clímax de la vulgaridad, ante un auditorio complaciente hizo burla de un minusválido. A manera de un trol, como se denomina en internet a la persona que interviene en los foros de discusión haciendo uso de información ofensiva y falsa, el candidato republicano también hizo constante uso de tuits oportunistas, pulsionales y agresivos como su “¡México pagará el muro!”, escrito luego de ser recibido en México por Peña Nieto bajo un protocolo semejante al que merecen los jefes de Estado. En este frenesí de “comunicación” durante la campaña política los dos principales candidatos a la presidencia de Estados Unidos llegaron a intercambiar tuits entre las 3 y 4.30 a. m. El uso de la mentira es un patrón sistemático en el caso de Trump. Al respecto, basta con recordar que durante cinco años —desde principios de 2011 a finales de 2016— puso en duda, no sin implícitos comentarios de tipo racial, el hecho que Barack Obama hubiera nacido en Estados Unidos (negando en consecuencia el derecho de Obama a ser presidente de ese país). El uso de la mentira fue flagrante también entre los partidarios del Brexit. Uno de los ejemplos más notorios fue el del autobús rojo, típicamente londinense, usado por Boris Johnson en la campaña, en cuyos costados se anunciaba que la Unión Europea costaba al Reino Unido 350, 000 libras a la semana a costa de su sistema de salud. Otro caso evidente de mentira fue la afirmación que de seguir en la Unión Europea se produciría una avalancha de inmigrantes por el inminente ingreso de Turquía a la Unión Europa. Es de notar también que tanto los partidarios del Brexit como Trump defendieron, bajo argumentos falsos, el proteccionismo mercantil, siendo que se trata de países altamente beneficiados por la mundialización (cada día que pasa es más claro que el Brexit tendrá un altísimo costo económico y política para el Reino Unido).

En general, la situación es aún más delirante en internet. El uso de troles se ha vuelto un arma manejada por profesionales de tiempo completo en el espacio virtual. Kenneth Roth, director ejecutivo de Human Right Watch, observa que Estados como Israel y Rusia “no se contentan con negar la información, despliegan sus propios troles en las redes sociales, intentan contar otra historia distinta a la realidad”, y enfatiza “[…] hay un edificio entero en San Petersburgo en la cual es la única actividad” (Liberation, 28 de septiembre de 2016). No extraña que los observadores de la vida política contemporánea se pregunten si nos encontramos ahora ante un nuevo tipo de política, una que podemos llamar  “política pos-verdad”. En cualquier caso, sin duda estamos ante una fuerte tendencia a la destrucción sistemática e intencional del debate político razonable. Todo ello a favor del mero uso político de la storytelling (una suerte de narraciones infantiles destinadas a los adultos) y de golpes emocionales a fuerza de tuits y de videos en youtube o facebook. Más aún, vemos actores semi-leales a las instituciones democráticas que declaran abiertamente que sólo aceptarán el resultado del juego democrático si éste les favorece (es evidente que será peor cuando se encuentren en el poder). En fin, pareciera que estamos ante procesos democráticos convertidos paradójica y trágicamente en procesos de deslegitimización de la democracia misma.

A pesar de las variantes o agravantes tecnológicas de nuestra época, podemos englobar este tipo de patologías de la democracia bajo la denominación que se le ha dado desde la antigüedad. Me refiero al populismo. Parafraseando la descripción que ofrece el politólogo alemán Jan-Werner Muller (Müller, 2016), el populismo es una estrategia de simplificación abusiva del debate estructurada a partir de la idea que el líder populista del caso es el representante exclusivo del pueblo. Una vez adoptado este axioma la narración que nos ofrece se deduce lógicamente: quienes no están con él, “no son el pueblo”; y quienes no son el pueblo, no pueden sino “ser parte del sistema” o verdaderos traidores. El populismo funciona entonces como un mecanismo de exclusión contrario a la pluralidad  de intereses y voces que conforman la condición misma de una sociedad democrática. De aquí su potencial peligro. Ahora bien, cuando su convicción ha sido confirmada por las urnas, el populista, “encarnación misma del pueblo”, no puede sino desear el predominio del poder ejecutivo y buscar en consecuencia librarse de toda traba institucional y constitucional. El dirigente populista no sólo conformará una basta red de clientelas, también tendrá como objetivo el control total del aparato del Estado y la perennización en el poder. Todo ello camina a la par de una fuerte animadversión respecto a lo que pueda interponerse o negar su relación fusional con el pueblo, a saber, la sociedad civil y los medios independientes de comunicación. Pero, cuando el voto no le ofrece el triunfo, ¿cómo puede el populista explicar su derrota cuando él mismo “es el pueblo”? La única salida a este contradicción lógica se encuentra en la idea de una alteración intencional de la expresión de la voz del pueblo, se vuelve entonces necesario recurrir a la teoría de la conspiración: Trump necesariamente debe ganar y si pierde ello sólo se puede explicar por un fraude a gran escala.

Ante este escenario ensombrecido, no sorprende que en la actualidad en filosofía y en las ciencias sociales se hayan marginalizado las referencias de corte ilustrado, así como las largas discusiones sobre los consensos razonables, y estén ahora en boga los estudios sobre las emociones. En efecto, de René Girard a Peter Sloterdijk hasta llegar a Martha Nussbaum, para citar algunos casos célebres, el estudio del resentimiento, la ira y la violencia ocupan un amplia parte del corpus contemporáneo en filosofía y en las ciencias sociales. Haciendo eco a este tipo de enfoques, un conocido especialista de relaciones internacionales, Dominique Moïsi, nos propone una cartografía  mundial de las emociones (Moïsi, 2015). Si bien nos describe en ella a una región como “Chinidia” (conjunto formado por China y la India) donde aún prevalece la esperanza, en el “mundo musulmán” domina el sentimiento de humillación y en Occidente es creciente el sentimiento de miedo (México se hallaría en una situación intermedia). Su propia reflexión no es muy esperanzadora, pero es evidente que el peligro de este tipo de enfoques es el terminar confundiendo la foto (estática y aproximativa) y los estados de humor subjetivos con la realidad (dinámica y compleja).

Democracia y civilización
Concluyo con dos observaciones. En primer lugar el hecho que una figura como Trump ejemplifica a la perfección lo que los antiguos griegos veían como el modelo de hombre menos deseable: el individuo marcado por la hybris, por el exceso y la desmesura, el hombre que no sabe limitarse ni contenerse. Si Platón aboga por hacer rey al filósofo, entre otras razones ello se debe a que el filósofo es el hombre que tiene control de sí mismo; en todo diferente al tirano, el hombre de la hybris, que no se controla ni siquiera a sí mismo.  Que el individuo sepa conducirse bajo normas aceptables me lleva a mi segunda observación. Para explicar la sorprendente aparición, a la vez sin contacto y “simultanea”, de las grandes religiones y de la filosofía durante la llamada Era Axial (periodo histórico en el que aparece el budismo, el brahmanismo, el judaísmo, el taoísmo, confucionismo, zoroastrismo, los legisladores como Solón y los grandes filósofos de la antigüedad griega), Ernest Gellner sugería que ello podía deberse a la necesidad, en el contexto de la aparición de pequeñas ciudades, de normas que pudieran valer más allá del ámbito tribal. Nuestra época enfrenta un desafío semejante: necesitamos normas y modos de convivencia de tipo universalista (y por ende democráticos) que hagan posible la convivencia en nuestra pequeña aldea global. La reaparición de “hombres carismáticos” y de habla vociferante, así como de reivindicaciones de tipo identitario (nacional, religioso, regional), hoy en día en boga, no responden a este desafío. Prolongando a Sloterdijk, diríamos que ellas se antojan “poshistóricas”, es decir, son sólo la repetición de una vieja y trillada historia (como lo sería la idea de una confrontación eterna entre Occidente y Oriente), ese género de historias sólo sirven —como gustaban decir los antiguos griegos— para hacer dormir a los niños, y no ayudarán en nada a salvar a nuestro preocupante siglo XXI.

Referencias
Müller, J.-W. (2016), Was is Populismus? Ein Essay, Alemania, Suhrkamp.
Magris, C. (2008), La historia no ha terminado, Ética, política, laicidad, Barcelona, Anagrama.
Moïsi, D. (2015), La géopolitique de l’émotion, París, Flammarion.
Sloterdijk, P. (2007), Colère et temps. Essai politico-psychologique, París, Libella Maren Sell.
_____, (2015), “Les français s’auto-empoisonnent”, Causeur, septiembre
Worms, F. (2016), “Le temps de l'impudence”, Liberation, 21 de octubre.

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