De plagios y plagiarios

DE PLAGIOS Y PLAGIARIOS
Cristina Puga

[Publicado en Metapolítica, año 18, núm. 84, enero-marzo de 2014, pp. 90-91.]


Quienes nos dedicamos al trabajo académico enfrentamos cotidianamente la amenaza de la impostura. El mundo digital facilita el aprendizaje y la creatividad, establece nuevos espacios para el intercambio y fortalece las redes del conocimiento, pero, al mismo tiempo, alienta la posibilidad del engaño. Para acreditar sus materias regulares, los estudiantes acuden a páginas de internet que les dan las lecturas digeridas y la información resumida sin necesidad de consultarla en las fuentes originales. El nombre de uno de esos lugares, El rincón del vago, sintetiza dramáticamente el problema. La docencia se ve obligada a imaginar nuevas formas que, o bien impidan a los estudiantes el acceso a este tipo de recursos o bien los animen a utilizarlos adecuadamente.
     El problema se agrava cuando el contenido de textos encontrados en las páginas se integra a las tesis de licenciatura, maestría y doctorado mediante el eficaz sistema del “copy and paste”. La lectura atenta permitirá tal vez advertir el cambio de sintaxis, los nuevos giros gramaticales o el autor conocido, pero probablemente se nos escapen párrafos e incluso páginas completas. Algunas veces, con sorpresa, reconocemos nuestro propio texto transcrito en el “avance” de tesis que se nos entrega para comentar o en el trabajo terminado que revisamos para una posible publicación.
     Puede suceder que nosotros mismos iniciemos el problema: con el ánimo generoso de compartirlos y establecer un diálogo con colegas de otras instituciones o países, subimos nuestros artículos y libros a la “red” y buscamos los de otros autores para contrastar ideas o hallar nueva información. Pero, desafortunadamente, cada vez son más quienes encuentran sencillo cortar un pedazo de lo escrito y añadirlo al propio sin reconocer al autor original. Los analistas del efecto comunicativo de las redes digitales han llamado la atención sobre este lado contradictorio del internet: la proliferación de espacios compartidos que vuelven público el espacio privado y que al mismo tiempo que eliminan la responsabilidad y la subjetividad de grupos de expertos (comités científicos, consejos editoriales) de aquello que se publica —por ejemplo, en un blog— lo ponen a disposición de quien, con buena o mala intención quiera hacer uso de lo publicado. Así, el plagio académico puede estar ocurriendo en cualquier parte del globo en donde hay un estudiante ansioso por presentar un trabajo de fin de curso o incluso un investigador que no tuvo tiempo de terminar la ponencia para el congreso y se siente tentado a utilizar las páginas de un colega de otro país para no quedarse fuera. Dicho de otro modo, todos estamos expuestos al copy paste.
     No es fácil establecer cuál debe ser la actitud correcta ante esta nueva tendencia. En disciplinas como la medicina y las ciencias físicas, el plagio ha motivado la demanda de reglas punitivas que castiguen al trasgresor con la expulsión de las academias, las aulas o las revistas especializadas. Sin embargo, constituir tribunales y vigilancia sistemática sobre todo intento de utilización de una frase o una idea prestadas puede ocasionar una persecución dañina (con la consiguiente paranoia) sobre disciplinas como las sociales que se han integrado como un palimpsesto y cuyos teóricos principales se recargan con frecuencia en las intuiciones e interpretaciones de quienes los precedieron. Basta pensar en la infinidad de textos históricos sociológicos o políticos que comienzan con la frase “un fantasma recorre…” o que afirman que la historia se repite “como una caricatura de sí misma…”. Por ello, es importante distinguir entre el plagio y la utilización creativa de una idea, una frase o una propuesta teórica de un colega, o de un autor que empieza a constituirse en clásico. A su vez, habrá que distinguir entre el plagio deliberado y el involuntario (o semi-involuntario). Este último puede deberse a un texto mal citado, a unos apuntes tomados apresuradamente de un libro y luego confundidos con ideas propias, a un párrafo que al ser recortado y vuelto a pegar varias veces pierde la referencia o las comillas. La buena voluntad de quien descubre el plagio es importante en este caso, para que simplemente se le advierta al culpable que ha sido descubierto y que ha cometido una falta que no debe repetirse. Desafortunadamente no es fácil acudir a ese recurso con quienes tienen la capacidad de incorporar mentalmente, en forma casi literal, las buenas ideas de los colegas, escuchadas en una mesa redonda o una presentación de libros, para  repetirlas a los pocos días en una conversación o, aún peor, en un programa de televisión, por supuesto, sin dar crédito al autor original.
     Lo realmente preocupante es la tendencia enfermiza a utilizar deliberadamente la obra ajena como propia, estimulada tal vez por la necesidad de publicar semanalmente en una revista, o de completar el número mínimo de páginas publicadas exigido por algún sistema de evaluación vinculado a recompensas económicas; tendencia que bien puede nutrirse del internet, pero también de la amplitud de la oferta académica, donde la posibilidad de que nadie reconozca el texto robado —porque se publicó en una revista de poca difusión, se extrajo de una tesis inédita de doctorado o es parte de un libro que se agotó hace años— contribuye a la impunidad del plagiario quien además recurre a subterfugios como el cambio de algunas palabras, el intercalamiento de los párrafos o la modificación de algunos datos, para disfrazar el delito académico. Universidades, concursos literarios y empresas editoriales llaman hoy la atención respecto a plagios que, en épocas recientes, han puesto en evidencia a autores que habían sido respetados y reconocidos hasta el momento en que se descubrió que muchas de sus páginas fueron escritas por alguien más antes que ellos.
     A esta tramposa práctica del trabajo intelectual se suma una más que podríamos calificar de doble plagio y que se manifiesta con cierta frecuencia en nuestros medios: consiste en contratar a un estudiante, un desempleado con credenciales académicas o tal vez un subordinado político, para escribir los textos que el jefe no tiene tiempo de preparar. Puede ser un discurso, un informe, un artículo periodístico, una introducción a un libro o incluso una tesis de maestría o doctorado. El o los escritores subcontratados acuden a otros textos para armar una especie de colcha de retazos que contiene muy poca originalidad y mucho del trabajo de otros. El contratista recibe el texto terminado (posiblemente lo paga) y, sin leerlo, lo presenta como propio. Podría asegurar que más de la mitad de los plagios académicos recientemente expuestos a la opinión pública provienen de este doble engaño, en donde el autor que nunca se tomó el tiempo ni para escribir el texto presentado ni para leerlo, ha debido cargar con las consecuencias adversas (y bien merecidas) del copy-paste. Hay algunas soluciones que se ofrecen a quienes como parte de nuestras tareas cotidianas, calificamos trabajos de curso, elaboramos dictámenes de libros y artículos o participamos en exámenes de grado y, por lo mismo nos volvemos corresponsables del engaño y de la mediocridad que éste esconde. Softwares que localizan frases o identifican giros de lenguaje pueden aplicarse a textos sospechosos —demasiado bien escritos, por ejemplo, cuando el profesor conoce a su estudiante, o exageradamente bien informados, cuando el académico sabe las limitaciones de la investigación realizada. Se sugiere exigir juramentos o declaraciones de originalidad a los autores y castigar con expulsión, ostracismo o despido a los infractores. Tal vez aún más importante será profundizar en la cadena de silencios, compadrazgos, distracciones y  malas lecturas que propician la existencia impune (e incluso premiada) de los plagiarios.
     Ningún remedio es tan eficaz, sin embargo, como la campaña cotidiana que todos realicemos a favor de una ética compartida en la que predomine el respeto hacia la obra terminada de los colegas y hacia el lector que se acerca de buena fe a una obra que cree novedosa y original y que es tan engañado como el autor o el evaluador del texto secuestrado. Quien plagia lo hace porque reconoce la poca calidad de su trabajo y porque no cree en el ejercicio de su disciplina. El trabajo científico y humanístico incluye la satisfacción del descubrimiento. El hallazgo del dato buscado, de la relación entre dos fenómenos, de una causa o una consecuencia que adquieren significado para un número significativo de casos, de un concepto que explica lo hasta ese momento inexplicable, es parte fundamental de la investigación y la reflexión teórica. Insistir en la importancia de ese momento del trabajo intelectual y en el placer que causa al investigador es también una forma de evitar el expediente fácil de acudir al texto ajeno para compensar las propias carencias.

Cristina Puga es Socióloga. Doctora en Ciencia Política. Coordinadora del Programa de Posgrado en Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM.

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