¿La violencia permite la reconciliación de los (im)posibles?

Por Edgar Morales Flores*



[Slavoj Žižek, Islam y modernidad. Reflexiones blasfemas, Barcelona, Herder, 2015.]

Pensar sin dilación, en la coyuntura que abren los sucesos, no postergar ideas para contemplar su tardía madurez. Es cierto que los que optan por la dilación pueden librar con caución la crítica, pero así se corre el riesgo de normalizar aquello que debería contusionar. ¿Y si lo valioso es combinar la tensión de los sucesos con el acto mismo de pensar? Azuzar al pensamiento, alertarlo, hacerlo reaccionar cuando se le requiere, he ahí la incidencia, siempre deseada, de la inteligencia sobre la sociedad. Tal es la presunta actitud que exhibe Žižek de frente a lo que sucedió en París hace un año, el 7 de enero del 2015, el asesinato de 12 personas en las oficinas del semanario satírico francés Charlie Hebdo llevados a cabo por radicales que se identificaron con Al-Qaeda.
La indignación masiva no se activó sólo por el asesinato de una docena de personas, se inflamó sobre todo por la herida hecha al cuerpo republicano. Ciertamente, las voces de la comunidad francesa, con la caja de resonancia internacional, expresaron un repudio uniforme y homologante. Expresión inapelable de esto fueron las marchas inéditas a lo largo del territorio francés, casi 4 millones de personas se volcaron a los espacios públicos y la euforia republicana se encumbró. Este fue el escenario que enmarcó un fenómeno extraordinario: la peculiar marcha del 11 de enero de 2015 en la que líderes de diversos países se tomaron del brazo para formar un contingente desafiante de la más aguda interpretación política. ¿Hay cabida para un balance justo cuando las procedencias políticas más notorias son las derechas y centro-derechas internacionales? Žižek, en su conocido estilo bufón, rescata una anécdota teológica de némesis simbólica: en el abrazo que dio François Hollande a Patrick Pelloux, médico y columnista de Charlie Hebdo, un pájaro defecó sobre el hombro del presidente, en ese momento los amigos de Pelloux cercanos a la escena estallaron en risas y vengaron así la hipocresía.
A esta suma de oxímoron políticos involuntarios se debe sumar la conjunción de los hashtag del momento: “Je suis Charlie” (Yo soy Charly) y “Je suis flic” (Yo soy policía). Mejor escenario imposible para un gobierno de derecha, en un país en el que la representación pública del policía era semejante al de los países no desarrollados, es decir, de corrupción y brutalidad, ahí se desató una fiebre ciudadana en pro del control social y el incremento de las facultades de los cuerpos de seguridad (“ningún lugar para Snowden o Manning en este nuevo universo” afirma Žižek). El miedo al terrorismo consiguió lo imposible, la reconciliación de los revolucionarios del 68 con su peor enemigo, el Estado policial.
Todo esto devela el triunfo de la ideología, la unión del pueblo contra su misterioso e impredecible enemigo. El antagonismo se disuelve, todos ceden el territorio áureo de la libertad usual con tal de que el Estado se haga cargo de disolver toda amenaza. Incluso las cuestiones sobre la verdad, en los discursos sobre “el enemigo”, ceden al programa ideológico: “Lo importante no es si los motivos de queja que condicionan los actos terroristas son verdaderos o no, lo importante es el proyecto político-ideológico que emerge como reacción contra las injusticias.”
Igualmente deleznable, según el autor del libro, fue el “mantra” del lugar común de las izquierdas púdicas, aquellos que viran el dedo impugnador sobre sí, contra la cultura occidental y sus embestidas coloniales. Todo con tal de no ser tachado de islamofobia, y este pudor intelectual de las izquierdas liberales es aprovechado al máximo por los integristas radicales, se apoderan de una razón que los justifica y entre más se culpen las voces occidentales más expuestas están a los ataques de las “verdades santas”.
Por otro lado, las fuerzas integristas se activan ante la contemplación del “último hombre”, aquel al que Nietzsche atribuyó la invención de la felicidad doméstica, último baluarte irrenunciable del estilo de vida moderno. Nada de metas trascendentes, nada de sacrificios, sólo distenciones múltiples que tienden a puntos neutros. Ante la molestia que puede causar al hombre de fe la imagen del último hombre, quedan dos caminos, la soberbia indiferente del hombre sagrado, el hombre seguro de sí mismo que está por encima de las nimiedades occidentales, o bien la airada reacción del hombre inseguro, de aquel que, luchando contra el último hombre, lucha contra sus propias tentaciones. De ahí que:

la intensidad apasionada de los terroristas atestigua una falta de verdadera convicción. ¿Qué nivel de fragilidad debe de tener la creencia de un musulmán si se siente amenazada por una caricatura estúpida en un semanario satírico? El terror de los fundamentalistas islámicos no se basa en la convicción de los terroristas de su superioridad y en su deseo de salvaguardar su identidad cultural y religiosa de la embestida de la civilización consumista mundial. El problema con los fundamentalistas no es que los consideremos inferiores a nosotros, sino, más bien, que ellos mismos se consideran secretamente inferiores.

Ante la usual imagen del fundamentalista que lucha contra valores occidentales que le son ajenos, se debe contraponer la imagen del radical que sabe utilizar elementos aislados de la idea occidental de modernidad. No hay una separación tan profunda de mundos, más bien hay una hermenéutica disímil nutrida de fracasos, puesto que, como afirmaba Benjamin, detrás de cada ascenso fascista, hay un movimiento revolucionario fracasado. Žižek asoma así la noción de un “islamo-fascismo”, fortalecido a partir de la caída de las luchas de izquierda en los países musulmanes. Pero no sólo la debacle de las izquierdas progresistas es la única razón, también se debe sumar el debilitamiento de las fuerzas democráticas liberales en los territorios musulmanes, lo cual es tanto causa como efecto de la activación de movimientos fundamentalistas virulentos. Por ello, de acuerdo al texto, “el liberalismo necesita la ayuda fraternal de la izquierda radical. Esta es la única manera de derrotar al fundamentalismo, mover el suelo bajo sus pies”.
Para enfrentar estratégicamente a los grupos yihadistas radicales es necesario partir de la inteligencia de que no se tratan de facciones del todo ajenas a la tradición occidental moderna. Aalgunos analistas han puesto en relieve la herencia filosófica occidental de estos grupos, piénsese, por ejemplo, en el escritor indo-paquistaní Abul A’la Maududi, creador, por cierto, de la expresión “Estado Islámico”. El término mismo de “Estado” debería alertar con suficiencia a cualquiera que quiera abstraer la formación moderna de los grupos en cuestión. Por desgracia, “si el Estado Islámico es profundamente moderno, también lo es su violencia”, violencia que deberíamos aprender a reconocer también como la nuestra.
Žižek señala también otro nivel de semejanzas, aquel que se refiere a la subordinación de una comunidad a un principio abstracto y universal que le garantiza un correcto funcionamiento. Si bien las comunidades económico-políticas occidentales parecen no requerir de fundamentos metafísicos o religiosos, resulta significativo que algunos de los teóricos del capitalismo (como Hayek) revistan al mercado, en tanto principio universal y abstracto, de cualidades teológicas. Ni el islam está exento de rasgos modernos, ni Occidente está libre de teologías disfrazadas. De esta manera, cuando se habla de incidencia moderna en los grupos integristas se debe precisar que se trata de una fuerza que circula en dos sentidos, uno que mira a lo premoderno como su fin, y otro que lo desea justo porque se siente demasiado moderno. “Su contenido puede ser antiguo, pero su forma es ultramoderna”, incluso en ciertos detalles que podrían resultar nimios a no ser porque, en el afán de deslindarse de las formas de vida occidentales, exhiben flagrantes paradojas (como en el caso del reloj suizo que porta, sin pudor, Baghdadi, el líder del Estado Islámico).
Por desgracia, las paradojas también abarcan el territorio de la ética. Por un lado el Estado Islámico derrocha expresiones de ira contra la permisividad de la vida cotidiana del mundo occidental, y por otro lado sus facciones militares no dan respiro a las poblaciones que controlan, recurren a violaciones masivas, robos a los infieles, torturas y asesinatos. Žižek afirma que “la radicalidad insólita del EI [Estado Islámico] reside en el hecho de que no enmascara su brutalidad, sino que la despliega abiertamente”. Difícil no pensar en las usuales escenas de decapitados que son transmitidas a través de internet, o cualquier otra forma de violencia sagrada cuya finalidad sea dejar claro que todo puede ser tolerado menos la blasfemia, ante la cual les parece imposible guardar silencio o permanecer indiferentes. Una vez más, en esto no son diferentes a los occidentales, Žižek apunta a dos grupos análogos: los grupos de izquierda de impronta liberal para quienes también hay expresiones ante las cuales es imposible guardar silencio y ante las cuales despliegan todo tipo de luchas hasta no ver conseguido la aniquilación de las amenazas a la “sociedad civil” (piénsese en el sexismo o racismo, por ejemplo); por otro lado, también están los movimientos cristianos antiabortistas (capaces de incurrir en violaciones jurídicas, daños patrimoniales a sus enemigos, incluso amenazas de muerte y asesinatos). En ambos casos hay una empatía peligrosa con el extremismo islámico: la imposibilidad de guardar silencio y permanecer inmutables.
Ambos patrones culturales lidian mal con los significantes de sus deseos, con la perversión que implica la construcción de un frágil ámbito liminar de seducción ante aquello que hace explotar la fuerza bestial de nuestra “naturaleza”. Piénsese en la justificación que ofreció un clérigo musulmán australiano de la violación de ciertas mujeres a cargo de miembros de su comunidad: si dejas carne expuesta en la calle y llegan algunos gatos y la comen, ¿de quién es la culpa? La respuesta debe deslizar la culpabilidad hacia las mujeres provocadoras, cuya “carne expuesta” activa los deseos salvajes de hombres incapaces de continencia. Igualmente perversa es la extrema sexualización del cuerpo femenino mediante la prohibición del uso de calzado sonoro (“¿qué sociedad es esta en la que el sonido metálico de unos tacones puede hacer que los hombres exploten de lujuria?”) o el tradicional uso del velo, cuyo empleo hace las veces de lupa magnificadora del peligro seductor de la mujer. En contraste, la exhibición libre del cuerpo en el mundo occidental es, paradójicamente, expresión de desapego axiológico o, en todo caso, la inhibición del mecanicismo determinista incontinente.
Ni islamofobia ni pudor hipócrita liberal y “tolerante”. Los clichés culturales deben ser desmantelados en ambas direcciones, no es cierto que el mundo musulmán sea el enemigo de la modernidad, ni es cierto que el mundo occidental porte valores “universales” que deba resguardar píamente de sus desfiguros particulares.
Finalmente, en el segundo ensayo que presenta el libro, dedicado a echar un vistazo a los archivos del islam, Žižek sigue puntualmente el libro de Fethi Benslama: Psychanalyse à l’épreuve de l’Islam, y junto a él exhibe el “obsceno soporte mítico” islámico, su zona “espectral y fantasmática” que tiene que permanecer excluida para ser operativa. En el islam no hay cabida a una sagrada familia, la función paternal sufrió un apagón y así: “Dios permanece totalmente en el dominio de lo imposible-Real”. Se trata de la historia que se cuentan los musulmanes continuamente, Abraham abandonó a Agar y a su hijo Ismael en el desierto; el mismo patrón se repetirá con un Mahoma huérfano. El desierto es el escenario físico y simbólico del intersticio paterno, por ende, de la Ley, lo cual da pie a una búsqueda incesante del poder perdido. El islam nace así, según Bensalma y Žižek, con una vocación política ineludible: la consagración de la vida a la invocación del poder espectral.
Ésta parece ser también la lógica detrás de la mítica historia del primer asesinato. En la sura quinta del Corán se narra cómo Caín asesina a Abel debido al celo por la preferencia del padre divino. Se trata de una historia conocida en el mundo judío y cristiano, pero en la recensión musulmana aparece un detalle importante: Abel desea matar también a su hermano pero no lo hace, opta por una perversión mayúscula: ser asesinado para que su hermano lleve doble porción de culpabilidad, la suya y la de su hermano. Hay en esto una caja de resonancia que ampara al mártir musulmán, quien se limpia del pecado a través de su pronta disposición a ser muerto; “explosión homicida de violencia sacrificial para redimir la divinidad obscena del superego”.
Semejantes análisis, de impronta psicoanalítica, son seguidos por Žižek en relación al papel simbólico de la mujer en el islam, en especial los casos de Agar y de Jadiya, mujeres en extremo importantes puesto que inauguran o instauran las condiciones de la enunciación de la verdad. Ellas parecen ser ejemplos de las funciones que Lacan asignaba tanto al “objet-petit-à” como al “gran Otro”. De ahí que su poder implique, en inversa proporción al del padre ausente, y en su papel velado, un constante peligro al orden cotidiano. Sólo así se entiende que la mujer en el mundo musulmán sea “un escándalo ontológico” y un “poder traumático-subversivo-creador-explosivo”.
El libro llega a término con una paradoja más, no hay cierre, sólo quedan reflexiones provocadoras que, si bien pueden ser catalogadas como “blasfemas” (en lo cual cumplen con buen tino los editores) no son decepcionantes justo porque no pretenden concluir nada sino suscitar el pensamiento al filo de los sucesos, invocar su emergencia, aunque sea fragmentaria (tal como lo requirió la opinión pública después del ataque coordinado del 13 de noviembre en París). El pensamiento crítico no está sentado al final del pasillo del caos, esperando nuestro sosiego para recibir verdades políticamente correctas. El pensamiento debe arriesgarse a errar, sólo así puede generar algún beneficio y ayudar a entender lo que, por momentos, se antoja carente de toda lógica.

* Profesor en la FFyL de la UNAM. Consejero editorial de Metapolítica.

[Reseña publicada en: Metapolítica, año 20, núm. 92, enero-marzo de 2016, pp. 100-102]

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