El común el menos común por Jean-Luc Nancy


Foto: Corinna Hackel. Tomado de: www.http://faustkultur.de
El común el menos común*
Jean-Luc Nancy**
 Fuente: Metapolítica, año 18, núm. 86, julio-septiembre de 2014, pp. 47-49

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Nada es más común acaso el común. Esta perogrullada abre en realidad el vértigo: el común es tan común que no se ve, no se habla de él. Se tiene un poco de miedo de él, ya sea porque es común-vulgar, ya sea porque es común-comunitario. Corre el riesgo de bajar o sofocar. O los dos.
Sin embargo, por supuesto, el común es común, es nuestro destino común de estar en común. Pero todo sucede como si las culturas -las políticas, las morales, las antropologías- no dejaran de oscilar constantemente entre el Común dominante, englobante -el clan, la tribu, la comunidad, la familia, el linaje, el grupo, el orden, la clase, el pueblo, la asociación...- y el común banal, el profanum vulgus (no sagrado...) o el vulgum pecus (la manada...), el pueblo, la gente, la multitud, todo el mundo (el inenarrable “Sr. Todo el mundo”). O es el todo que engloba la parte o es la humildad de la condición ordinaria.
En la idea del comunismo, gran parte de Europa ha visto la adición de los dos: tanto la Colectividad apremiante como la mediocridad niveladora. De hecho, el comunismo llamado “real” ha combinado la nivelación de las condiciones con la influencia de la autoridad supuestamente colectiva. Una forma de igualdad -forma restringida, gris, sin embargo eficaz- combinada con un intervencionismo brutal: los dos factores permitían que se exceptúen de esta condición tanto a los líderes como al aparato militar y técnico. El resultado fue una sociedad dual de la cual se podría decir que la razón de ser -más allá del acaparamiento del poder y de la riqueza que se encuentran en una u otra forma en todas las sociedades- era sobreponer la hipertrofia del Estado a una condición humana decididamente limitada a su sostenimiento mecánico -casi a la reproducción de la especie, por un tiempo reducida a la población del imperio socialista soviético.
Este comunismo “real” que tanto ha desrealizado las relaciones de las personas entre sí y con el mundo (sin impedir que la negación, la protesta, el hombre revuelto vivan en secreto pero intensamente) ha reunido no por casualidad estos dos grandes caracteres del común: el Todo y lo Bajo. Ha reunido lo que quedaba del común perdido.
Habían sido comunes de todo tipo. Se debe referir a Marx, por supuesto, y a su análisis de las distintas formas comunes anteriores al mundo moderno, pero no sólo a él: los modos de la existencia común son los que caracterizan, en maneras desde luego muy diversas, todas las civilizaciones anteriores a donde lo social reemplaza lo común.
La “sociedad” es la asociación, es decir, la combinación, la composición a partir de elementos distintos (individuos, intereses, fuerzas). La “comuna” -voy a evitar decir aquí la “comunidad” que se refiere demasiado rápido a una comunión espiritual o natural- es lo que no presupone la exterioridad de los individuos, de los intereses y de las fuerzas: ella no les niega, les integra a priori. Ella tiene en sí los medios para regular los efectos: estos medios son la afirmación primordial de una pertenencia y de una providencia común. Digamos, para abreviar, que la comuna implica en este sentido el tótem, su tótem (es decir, su mito, su auto-reconocimiento, su sentimiento de existencia y de protección).

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No es cuestión de discutir ni de la naturaleza fantasmática del tótem y tampoco de sus funciones opresivas o coercitivas. No podemos hablar de él, estamos muy lejos. Lo que señalo con la palabra “tótem” -la comuna totémica- no es otra cosa sino aquella en la cual no tenemos nada para partir, nosotros, los recién llegados de la civilización que a partir de ahora está en el proceso de dar forma a la humanidad.
Pero lo que llamamos “común” se nos presenta como emblema partido en dos: por un lado la posibilidad de la comunidad, por el otro la reducción al destino común. Nos imaginamos que la comuna, la que fuera, asumió de alguna manera el destino común, no dejó ninguno en el extravío estupefacto frente a la existencia aislada, difícil, conflictiva y privada de sentido. Es una representación, no sabemos nada y no sabemos mucho acerca de lo que han vivido o viven los individuos de las comunas ¾aunque parece imposible negar que son también individuos, en todo caso, los seres singulares cuya singularidad no está completamente disuelta en el seno de la obediencia del tótem.
Pero es nuestra representación porque por nuestra parte no sabemos que nos asocia: hacemos “lazo”, “relación”, “contrato social”, la “ciudad”, la “cosa pública”, “bien común”, todas las nociones o entidades que presuponen encuentro, reunión, convención, discusión y participación. Aristóteles decía que el hombre es el “animal político”, ya que discute lo justo y lo injusto: la posición inicial es la de cada ser viviente así conducido a hablar, a intercambiar para medir en el mejor de los casos lo que puede ser el “vivir bien” de todos y cada uno. Pero “todos y cada uno” es la fórmula que esconde el problema que supuestamente arregla. Ya que cuando se parte de cada uno, no les sucede a todos más que de un modo más o menos desarticulado.
De ahí que en Aristóteles un concepto del común, de la koinônia, juega un papel tan importante que los “comunitaristas” se han podido reivindicar en él. Pero no quiero estudiar a Aristóteles: sólo señalo que ya en él el común procede de cada uno, de la comunicación ¾por el logos¾ entre cada uno. Eso es lo que lo separa profundamente de Platón, el cual en cambio intentó recrear ¾sí, casi literalmente a partir de nada¾ un común que preexistía en los vivientes logikoi y que por lo tanto no fue el logos de la comunicación sino el Logos de la arquitectura que todos habitarían. En resumen, Platón inventó un sustituto del tótem.
Hoy sabemos que no hay sustituto, quizá temible, del tótem, incluso dotado del logos que se quiera, pero por otro lado la comunicación de los logikoi no basta para hacer otra cosa más que la sociedad -y a pesar de que el famoso “lazo” social no se relaja demasiado. Lo que se relaja es el no-lazo o el lazo en forma de escalada de relación que descansa sobre la equivalencia general y cuyo logos común es el dinero. La equivalencia es lo que Marx llama la mercancía, pero también es de los sujetos de una comunicación general que tendenciosamente puede coincidir con el intercambio de valores mercantiles: el simbólico reducido a la señalización “virtual”, como se dice hoy, pero que siempre ha sido la base de la naturaleza del dinero. O aún más, un simbólico que no será otra cosa sino símbolo de lo simbólico, incluso su alegoría: el intercambio de la moneda valiendo para el intercambio en tanto que compartir. La humanidad tratada según los “recursos humanos”.

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He aquí en primer lugar que el común no aparece más que a través de la quiebra entre el Todo y lo Bajo y, en segundo lugar, la idea comunista aún no ha sido capaz de darse una forma verdaderamente distinta. El Todo, de hecho, no es la parte nulificada -excepto en la circulación, en la comunicación colectiva que tiende a no comunicar otra cosa sino el dinero-, y el resto, es decir, la existencia de gentes, no puede aparecer sino como la trivialidad común. Incluso se sabe que el dinero no hace feliz. Eso no impide que los ricos siempre se enriquezcan a riesgo de sufrir y de morir como los otros (incluso, ¿quién lo sabe? De desesperarse como ellos...).
Sin embargo, todavía denuncia la trampa: “feliz” es una categoría que sin duda las comunas no poseen. Esta es una categoría más o menos mercantil porque hay algo de felicidad que se puede comprar. En ningún caso es ni la alegría ni el encantamiento ni el rapto ni la exaltación o entusiasmo ni la pasión ni la beatitud. Incluso tampoco podría ser el placer -por lo menos el placer donde el deseo realiza lo vivo.
El comunismo real no fue sin procurar un cierto bienestar -un cierto encanto, un confort, una suficiencia desde luego limitada, mezquinamente medida pero aún establecida precisamente en la idea de la “suficiencia”. Un bienestar congruente puede jugar el papel de felicidad aceptable, ya que la condición humana es simplemente lo que es. También se ha visto el cara a cara de la equivalencia mercantil, en la cual algo nunca es suficiente, y de la equivalencia de la suficiencia, donde el deseo se aletarga.
La idea comunista fue desde que surgió -y surge cuando el común comienza a sentirse y conocerse desquebrajado o nulificado y sin valor- la idea de lo que no sería ni Todo, ni Bajo, ni colectivo, ni social, ni equivalente ¾ni suficiente, pero que nos da a todos juntos la oportunidad de estar juntos ya que somos. Puesto que el común no sólo nos es donado, sino además está él mismo en el don de la existencia y que nada, ningún ser, se da sin él. Pero “él” es nada para nosotros: ni tótem, ni colectivo, ni cambio, ni comunicación.
Como él devino nada, porque se estaba volviendo cada vez más irreconocible sin tótem y dignidad, reducido a la vulgaridad y la subordinación, el común reclamó su vencimiento. Esto se llama “comunismo”. Ya sea que fuera iracundo en un proyecto donde la modernización tanto política, así como técnica y económica, se entiende como una especie de nivelación de todos los fines de la existencia común y no-común, doblada sobre la finalidad inmanente de una máquina de dominación pura (y que en la versión soviética o la versión nacional-socialista) es a la vez un accidente terrible de la historia y es también, sin duda, una lección de ésta: el comunismo no podía y no debía ser puesto en forma de institución, de gobierno, de doctrina. Ni siquiera debería dar lugar a una filosofía. No ha sido política, economía y filosofía, más bien en el fondo fue un completo error. Era una llamada, un impulso, un empuje, no la puesta a disposición de una construcción para que ella fuera. Las instituciones que se reivindican de su idea no han conseguido más que exacerbar la distorsión del común entre el Todo y lo Bajo, entre el colectivo como tótem reclamado de la dominación y la igualdad como equiparación bajo un norma.

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Mientras tanto, la democratización y la socialización de las sociedades industriales en las cuales -por el desengaño de Marx- la revolución comunista no tuvo lugar desarrolló lo que se llamaba hasta hace muy poco la clase media y que tendenciosamente se vuelve en una sociedad homogénea donde un gran número se ocupa en no considerar ni la miseria que ella marca ni la confiscación de la riqueza que corresponde. Muy poco, bastante, mucho -dinero, conocimiento, poder, derecho, salud-, justo bastante, suficientemente... pero ni siquiera se sabe en qué medida uno se refiere, si no a la medida media que pasa entre la pobreza y la riqueza. El común como totalidad mediocre. El valor, el más comúnmente aceptado de lo común.
Pero del estar juntos, no hay noticias. Sin embargo, quizá esta es mejor: hemos aprendido que la idea comunista ha llevado la verdad del estar juntos en contra todas las formas de dominación, de la individualización, de la socialización. Ha llevado el conjunto o el con como una condición tanto ontológica como práctica todavía inédita en un mundo que se percibe oscuramente como la pérdida de toda comuna.
Puede ser que todas las comunas desaparecidas hayan sido Todos opresivos. Puede ser que nada común tuvo lugar más allá de la banalidad amenazante. Puede ser que el común nunca reciba una figura de identificación. El hecho es que la idea comunista -y todos los roles que desempeñó, innobles o sublimes- ha sido impulsada por este con (ese cum, com) que define nuestra existencia -el lenguaje, el deseo, el mundo- antes y después de toda separación de cualquier “individuo”. ¿Acaso los individuos no son los más comúnmente comunes? La cuestión es entender tanto en el mejor como en el peor sentido al “común”.
La idea comunista -que puede o debe aún mantener ese nombre- designa el menos común del común, su excepción, su sorpresa. Ninguna totalidad, ninguna mediocridad, pero es eso lo que permite, por ejemplo, que les pueda escribir aquí, a todos y a todas, a cada una y a cada uno, y sin saber exactamente cómo compartimos un poco de esta idea. Nosotros.



* Nota de la traductora: Agradezco a Jean-Luc Nancy por especificarme el sentido exacto del título de este artículo: “El sentido es éste: la palabra ‘común’ puede tener el valor fuerte de la comunidad, lo que nosotros compartimos (por ejemplo, tú con Grecia). O el valor débil de lo ‘banal’, ‘trivial’, ‘vulgar’ (al menos en francés, en italiano, en inglés, y en alemán común). Entonces, ¿cuál es el ‘común’, el menos susceptible de recibir el segundo valor? Esta es una pregunta acerca de la nivelación democrática, si tú quieres, o acerca de un sentido aristocrático de la democracia”. Comunicación con el filósofo por correo electrónico, 17 de septiembre 2014. Traducción de María Konta.
** Profesor emérito de filosofía en la Universidad Marc Bloch de Estrasburgo, Francia.

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