Postales de Jacques Derrida


Postales de Jacques Derrida

Mario Perniola*

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Leí y conocí a Jacques Derrida en 1966 y lo considere inmediatamente como un pensador de primera línea. Incluso, he sido entre los primeros que escribió de él en la Rivista di Estetica (núm. 3, 1966) un artículo titulado “Grammatologia ed estetica”. El libro De la grammatologie saldría publicado sólo hasta el año siguiente, pero ya había leído y estudiado el ensayo publicado en dos partes en Critique (diciembre de 1965 y enero de 1966) que anticipaba las tesis del libro. En aquella época nos encontrábamos en el Café Aux Deux Magots en el Boulevard St-Germain-des-Prés de París: él parecía descontento por muchas razones. Se sentía poco apreciado por el establishment filosófico y en retraso en la carrera académica. Además, estaba dolido por el hecho de que Critique vendiera sólo tres mil copias. Conservo un recuerdo de un hombre en conflicto con el mundo. Incluso yo compartía este sentimiento, pero el hecho de ser once años más joven que él me permitía aún sentirme parte de la contestación estudiantil que en aquel año, partiendo de Estados Unidos, había alcanzado a Francia. El 68 nos separó, pero lo seguí leyendo en modo sistemático y seguí recibiendo sus libros con dedicatorias afectuosas hasta 1972. La influencia de su pensamiento creció muchísimo en el curso de los años setenta y ochenta, como es evidente en mis libros Ritual Thinking. Sexuality, Death, World (Nueva York, Humanity Books, 2001), Il sex appeal dell’inorganico (Turín, Einaudi, 2004) y L’arte e la sua ombra (Turín, Einaudi, 2001). En particular, las ideas centrales del “rito sin significado” y de la “sexualidad inorgánica” pueden ser consideradas como desarrollos de la polémica de Derrida en contra del logocentrismo y el vitalismo.

2
Volví a encontrarme con Derrida sólo muchos años después, en Trento, Italia, hacia finales de los ochenta y después en varias ocasiones en París en los noventa. Me pareció finalmente pacificado consigo mismo y con el mundo. Al mismo tiempo, no había dejado de leerlo, si bien en modo fragmentario y ocasional. Me pareció que existían algunos cambios en el desarrollo de su pensamiento con relación a sus primeras obras. Estas novedades resultaban tan evidentes en sus admiradores y estudiosos más jóvenes. Dos cosas me sorprendieron: la presencia de un fuerte énfasis sobre los temas éticos y una cierta tendencia a colocarse en una rivalidad mimética con la comunicación mediática a través de una producción enorme de conferencias y escritos. Además en sus seguidores más recientes no reconocía al Derrida que había estudiado veinte años antes, en particular cuando estos usaban la deconstrucción como una especie de sofística, fin en sí misma. De esta época conservo la imagen de un hombre generoso que, después de una cena con los amigos en París, debía irse bajo la lluvia manejando varios kilómetros hacia la periferia para regresar a casa. Me parecía escandaloso justamente que el filósofo más célebre al mundo no tuviese un chofer.

3
El tercer momento en el cual he pensado intensamente en Derrida ha sido poco antes de su muerte, cuando leí su respuesta a la pregunta “Pour qui vous prenez-vous?”, hecha por La Quinzaine littéraire (núm. 882, pp. 1-31, agosto de 2004) a un centenar de escritores y pensadores. El texto titulado “Le survivant, le sursis, le sursaut” puede ser considerado como una especie de testamento de Derrida. Lo que más me ha impactado es el sentido de insatisfacción y descontento que invade este texto. Después de haber escrito y hablado tanto, Derrida tiene la impresión de no haber sido entendido: después de tantos ensayos, libros y congresos dedicados a su pensamiento, se inclina a pensar que apenas se ha empezado a leerlo. Dice: “estoy tomado antes de tomarme”; signo de su generosidad, de su darse a los otros, de buscar corresponder a la imagen que estos tienen de él. Sin embargo, se respira en este texto un malestar que no deriva simplemente de una situación subjetiva, personal, sino que está enraizada en la condición de pensador de éxito en la sociedad actual. Pienso que es sobre este malestar que es necesario reflexionar. Me viene a la cabeza otro pensador que frecuenté en la segunda mitad de los sesenta, el cual había elegido una estrategia cultural opuesta a la de Derrida: Guy Debord, quien rechazaba totalmente los medios de comunicación, las instituciones, al público en general y cuyo éxito ha sido póstumo. Pero la dirección seguida por Debord no ha sido mejor de aquella seguida por Derrida.

* Mario Perniola es filósofo y pensador italiano. Profesor titular de estética en la Universidad de Roma, “Tor Vergata”, Italia. También es director de la revista italiana de estudios críticos y culturales Àgalma. Traducción de Israel Covarrubias.

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