Reseña sobre el libro de Cesáreo Morales, "¿Hacia dónde vamos? Silencios de la vida amenazada"


¿Cuál es ese lugar?
Óscar Martiarena*

[Cesáreo Morales, ¿Hacia dónde vamos? Silencios de la vida amenazada, México, Siglo XXI Editores, 2010.]

Después de leer ¿Hacia dónde vamos? de Cesáreo Morales, luego de haber subrayado, no sin cierta obsesión, algunos de sus párrafos y de redactar varias notas, poco antes de iniciar la redacción de esta reseña, llamó mi atención, de nuevo, la manera en la que inicialmente el ensayo se presenta. No me refiero a su formato ni a sus primeras páginas ni a su índice. Tampoco a los autores que, en su trayecto, Morales menciona a pie de página. No. Lo que hizo que me detuviera fue otra cosa, acaso elemental, en la que, si bien había pensado, no había reparado con suficiencia. Me refiero a su título, a las palabras que advierten sobre el contenido del libro. Dejé el escritorio, me acerqué al librero y comparé el de Morales con el de otros libros. Pensé entonces que, en efecto, todo libro es una invitación, una propuesta, un contenido que su autor quiere compartir con sus lectores. Se trate de un ensayo, de un libro de poesía, de una novela, todo libro serio es una incitación, una cita posible, un llamado a un lector anónimo a penetrar en sus páginas, a recorrerlas, transitarlas y, tal vez, con ello, cambiar, transformar, aún en forma mínima, su percepción del mundo, sus posibilidades de acción, su vida.
      Lo que apareció ante mi con mayor claridad fue que, de acuerdo con el título del ensayo de Morales, la incitación, la cita posible con su lector anónimo se da mediante una convocatoria más directa que en otros casos. En efecto, Morales pregunta “¿hacía donde vamos?”, y lo hace en primera persona del plural, de manera que en el preguntar implica en seguida al lector. Es decir, se trata de un interrogar que sitúa a quien lee, incluso sólo el título del libro, en inmediata cercanía con el autor. Aunque no solo. Se trata de una pregunta que, además de emplazar al autor y a cada lector, interroga por un nosotros, en el que, desde luego, el autor también está implicado. Más aún. No es sólo una interpelación en la que autor y lector están en juego sino que, en el interrogar mismo, hay más. El título ¿Hacia dónde vamos?, al formularse como pregunta en la que, queda dicho, autor y lectores posibles están implicados, interroga también, si no sobre todo, por el lugar al que cada uno de nosotros nos dirigimos y, al hacerlo, sugiere, presupone que ese lugar es común, es el mismo, para cada uno de nosotros: “¿hacia dónde vamos?”.
     Pero si en el título del libro está implícito que lugar al que nos dirigimos es común, el mismo para todos, es de suyo que supone también que compartimos un lugar en el que ahora, en el presente, estamos; un hoy en el que nos encontramos. ¿Cuál es ese lugar? En el libro de Morales pronto se describe: nuestro “vivir juntos”, nuestro cotidiano convivir, está amenazado por la violencia y es muy probable que se agraven los males entre los que existimos. El diagnóstico del presente, del lugar y el tiempo que compartimos, expuesto en las primeras páginas del libro es sobrecogedor, aún asumiendo que, quienes leemos libros, periódicos y nos mantenemos lejos de la televisión, lo conocemos: el derecho se tensa, las instituciones se cimbran, la violencia legítima del Estado se extravía; es difícil si no imposible pensar en construir, el habitar pierde sentido; guerras regionales, terrorismo, criminalidad organizada, inseguridad, secuestros, homicidios, asaltos, mujeres asesinadas... A nivel global el capital se devora a sí mismo, los mercados financieros son presa de una especulación sin precedente. A lo largo del libro el terrible diagnóstico se mantiene; de hecho, paso a paso, se profundiza. En particular, en la medida en que Morales muestra, insiste en señalar, los nubarrones que amenazan nuestra existencia presente y futura. La pregunta se reitera: “¿hacia dónde vamos?”. 
      Con el diagnóstico esbozado, con la pregunta por la dirección de nuestras vidas como eje cardinal, en cada apartado, acompañado de hitos del pensar político, Morales busca posibles respuestas, salidas, caminos. En el primer apartado se detiene en Carl Schmitt para quien “vivir es vivir en la amenaza”, que subraya que todas las teorías políticas han pensado al hombre como malo, que advierte sobre el derrumbe de la política y el peligro de un Estado mundial que, con fundamentos exclusivamente técnicos, termine por gobernar toda la tierra y todos los hombres. El apoyo en Schmitt, permite a Morales afirmar así que el neoliberalismo conlleva el dominio sobre los seres humanos sobre fundamentos económicos. Sostiene entonces, con el propio Schmitt y la lectura que del teórico y político alemán hace Derrida, que sólo la política es capaz de encauzar la lucha permanente entre los seres.
     Sí, la política. Es en la política donde Morales encuentra su punto de apoyo y que, a lo largo de libro, es invocada como posibilidad, como única vía posible. Pero, claro está, ¿qué política? No aquella que está en manos del poderoso, que se condensa en los aparatos de justicia y que se resuelve en la “suspensión de derechos” de quienes, desnudos y en su desolación, sólo cuentan con el cuerpo, con su vida. No. A la política que Morales apela es aquella que, como en Schmitt, es activa: “La acción política, dice, no se encierra en el castillo de la pureza, obliga a ensuciarse las manos en el curso de las aguas turbias que le otorga su posibilidad” (p. 25). Y como forma de acción política, también con Schmitt, cercano a Foucault, Morales subraya: “resistir es vivir” (p. 33), un resistir que es “velar en la desnudez y el desamparo para no caer en el ardid de la idolatría, preservando así la opacidad de la conciencia, imaginario del ser libre” (p. 36). Resistir, al menos como Bartleby, “pura pasividad paciente” (p. 44), en palabras de Blanchot, o bien, activamente, sigue Morales, como en Althusser, quien reclamaba una nueva práctica de la filosofía, “para una nueva práctica de la política” (p. 49). Morales subraya: “Sólo la decisión de diferir, contener y neutralizar la violencia, salva la decisión política, resultado de largas negociaciones […]” (p. 64).
      En su búsqueda de goznes entre filosofía y política, Morales encuentra a Heráclito, para quien, afirma, “ser libre o esclavo es el dilema de lo político y de la existencia” (p. 73); por ello, demanda: “Expropiar las palabras del dominio del monarca, tensarlas, hacerlas resonar según una armonía de diferencias con el Uno, suscribirlas y desbaratarlas, pues son las armas a lanzar en la relación agónica con el otro, ante la amenaza y la muerte.” (p. 66). Morales revela entonces lo que a sus ojos es el “arte de la política”: “consiste […], en la apelación, llamado a caminar juntos, aún si las palabras chocan, porque mientras los habitantes de la república se hablen unos a otros en pie de igualdad, la dominación se contiene, se aleja, se dispersa […]” (p. 77).
     En su trayecto en búsqueda de ese “arte de la política”, Morales se encuentra con Hobbes, para quien la salida del estado de naturaleza, que es el estado de guerra, es fundar el Leviathan, que consagra la soberanía del Estado como “monopolio de la violencia legítima” (p. 104). Sin embargo, en nuestro presente, sigue Morales, ante la violencia ilegítima, el Estado se derrumba. El diagnóstico se profundiza: “Somos una masa de damnificados que no puede gobernarse a sí misma” (p. 110). Y añade: “Lo público se reduce a un vacío entre mónadas que se atacan. Aún en su calidad de agentes de la retención y el diferir, los gobiernos no garantizan la seguridad de aquellos a quienes el presente falta” (p. 111). Decadencia e imposibilidad de lo político: “La paz se aleja, distante, mientras los aparatos estatales se pierden en el torbellino” (p. 111). Incluso la propia democracia se distancia de lo político: “se ha desarticulado de Estado, gobiernos y políticas públicas, dominada por la aritmética de los votos” (p. 112). El resultado se muestra: desigualdad social que conduce al infierno de la delincuencia, terrorismo interno practicado con lógica empresarial, crimen organizado, circulación de estupefacientes, jóvenes sin educación, trabajo ni opciones de otra índole que, a su vez, son criminalizados por no tener educación, trabajo ni opciones. ¿Qué hacer entonces? Morales propone detenerse ante el “milagro de la vida”: “Cuidar lo viviente, lo frágil y lo más precioso, permitir a cada quien entregar lo fijado desde el misterio, esos son los grandes ‘hay que’ de la política” (p. 121).
     En Kant, Morales echa de menos una crítica de la razón política y reprocha al sabio de Königsberg haber confiado en el derecho, al que encuentra sólo como “mediación débil para impedir que los hombres se maten unos a otros” (p. 141). Ante el mal, dice Morales, Kant sólo confía en la máquina de violencia que obligará a cumplir el “no matarás”, a partir de “la creencia, desde el punto de vista práctico, en un señor moral del mundo y en una vida futura” (p. 143).  Por su parte, frente a Hegel, Morales sentencia el fracaso de la dialéctica: “No hay logos entre los sufrientes, pues el padecer es incomunicable y aún la compasión se detiene en el exterior” (p. 161). Y reitera: “La democracia procedimental aparece como última defensa ante el Estado convertido en espíritu, representante y voz de un pueblo. Democracia pobre y frágil. Constitución ajena al sufrimiento y a lo vivo, derecho vacilante, últimos ámbitos de la interpelación ante un Estado que se creía Dios” (p. 163).
      En el último apartado de su ensayo, Morales retoma el diagnóstico: la riqueza deviene ejemplar, la maquila internacional uniforma los bajos salarios, los campesinos apenas sobreviven, los desempleados están en aumento, la alta tecnología incrementa los parados, universalidad de la exclusión, la democracia aritmética se amenaza a sí misma y no garantiza la elección de buenos gobernantes, el contrato social no se realiza. Ante lo cual, interroga: “¿Todo ha de terminar en un atentado generalizado contra lo viviente?” (p. 176). 
    Ni la política de los Estados ni la teología, continúa Morales, alcanzan a procesar la enemistad. “El mal por venir, sostiene, se cierne sobre el ámbito mundial y ningún país está a salvo de la inminencia” (p. 189). La ilegalidad está en todos lados, se extiende. Abandonados a sí mismos, desvalidos, víctimas del terrorismo, secuestrados, frágiles ante los uniformados “los ciudadanos viven al borde de la enemistad, la nariz pegada al espejo narcisista y refugiados en los vericuetos de la envidia” (p. 189). La interpelación se reitera: “¿hacia dónde vamos?”.
Morales vislumbra una salida: “invocar una democracia que no se agote en la regla de la mayoría sino que, justamente, ante contradicciones, desdicha y problemas, sea la promesa sustentada en la responsabilidad, garantía atormentada por su sin garantía, de ese privilegio propio de los dioses de vivir sin matar” (p. 190). Se precisa entonces una torsión, un giro, un cambio, otro camino. Como en Fractales. Pensadores del acontecimiento (México, Siglo XXI Editores, 2007), como en otras ocasiones, Morales propone: para conjurar el mal que nos aturde y agobia, la violencia que reacia impide y abate el “vivir juntos” amenazando el porvenir, se precisa de la política: otra política… No obstante, escéptico, concluye su ensayo con una nueva pregunta, ligada a la que titula su libro: “¿Hay salvación o la promesa es sólo huella de los tiempos de la escena teológica?” (p. 191). ¿Qué responder?
     Como dijimos, el título de libro nos emplaza, en primera persona del plural, a pensar en el lugar al que nos dirigimos, al que se encamina nuestra existencia. Claro está, de acuerdo con el diagnóstico de Morales, a pensar de igual manera en el tiempo y espacio en los que nos encontramos. La pregunta que cierra el libro nos interpela de nuevo. ¿Hay salvación?, ¿la esperamos de la escena teológica, es decir, de la Providencia? O, en todo caso, ¿quiénes son los que habrán, habremos, de emprender esa “otra política” que Morales demanda?

* Profesor en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. 

[Artículo publicado en Metapolítica, año 18, núm. 85, julio-septiembre de 2014, pp. 88-90.

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