Sobre el libro "Filosofía, literatura y animalidad"



Las figuras de lo animal a través de la literatura y a pesar de la filosofía

Israel Covarrubias


[Reseña de: María Luisa Bacarlett Pérez y Rosario Pérez Bernal (coords.), Filosofía, literatura y animalidad, México: Miguel Ángel Porrúa-Universidad Autónoma del Estado de México, 2012.]

El tema de la animalidad y del animal en general ha sido una metáfora recurrente en el pensamiento filosófico moderno, aunque su utilización, como se sabe, puede remontarse a los orígenes de todo pensamiento. Pareciera que la figura del animal es una suerte de piedra de toque para suponer, inferir, referir y expresar cualquier universo que vaya más allá de los lenguajes “convencionales” en el campo de ciencias sociales y humanidades. Ir más allá no hace sino empujarnos hacia un problema crucial de cualquier reflexión fundante, es decir, nos obliga a trabajar a partir de y a través de los límites de las categorías que usamos para significar el mundo y particularmente aquellos mundos donde la animalidad es, a un tiempo, afuera y adentro constitutivo de lo humano y no pura exterioridad. A pesar de ello, es frecuente que la animalidad se encuentre emparentada con lo monstruoso, esto es, con aquello que excede toda forma porque no quiere (y no puede) mantenerse en pie desde una definición precisa y asignada por las determinaciones del lenguaje predominante en un tiempo histórico.

     Pensemos, por ejemplo, en la imagen que nos ha heredado Thomas Hobbes, no la del Leviatán, cuya animalidad resulta necesaria para los objetivos de la producción de orden, sino la de “el hombre es el lobo del hombre”, utilizada para referirse —mediante la fuerza que puede tener una ficción de la lengua— a la necesidad de producción de un tipo específico de contrato entre los hombres.

     Sin embargo, y como lo muestra la obra Filosofía. Literatura y animalidad, es posible y quizá necesario partir de un principio de reversibilidad en cuanto a la animalidad en el campo de la filosofía. Es decir, ¿por qué no iniciar un discurso entre filosofía, literatura y animalidad con el trastrocamiento de la sentencia de Hobbes y suponer más bien que “el lobo es el hombre del lobo”? Además, este reverso, que habla bien de una obra, nos permite decir que es un libro compuesto por una “Introducción” y seis capítulos, que pueden ser leídos a partir de cuatro direcciones de discusión: a) el juego y la posibilidad de habitar el espacio político en el llamado a “estar entre”; b) la deficitaria relación entre filosofía y literatura; c) lo que llamaré las tareas imposibles de la filosofía (pero que también son de la política); y d) la reversibilidad antes citada con relación a las metáforas humanas del animal, suponiendo un “alejamiento” del primer momento respecto al segundo.

    La primera dirección, que recorre en gran medida las contradicciones y paradojas de las figuras condensadas en la animalidad, es precisamente la idea de pasaje, tránsito, “entre”, que en algunos de los capítulos de la obra cobra vida a través de la figura de la “haecceidad”. Es más, produce su espacio de entendimiento cuando pareciera que los límites del cuerpo humano son aquella animalidad que excede no sólo a su conceptualización, sino también respecto a su fuerza. Sin embargo, hay que agregar que el animal no es sólo el límite del cuerpo de los hombres —en plural—, supone además la imposición de una figura (“el salvaje”) que actúa con éxito en la producción de legitimidad, en especial, cuando se habla de la guerra y colonización.

     El animal funda y deforma (de aquí el miedo que produce) el principio de todo orden, de toda posibilidad de “estar en común”, de toda ley. Por ello, el problema de la animalidad para las ciencias humanas es el problema de la ley en sus aspectos más inquietantes (por ejemplo, bajo la forma del fetiche y fetichismo), que tienen que ver con la lex de los latinos frente al nomos de los griegos, como lo sugirió Hannah Arendt. Recordemos, dice Arendt, que el significado de la ley para los romanos es “algo que instaura relaciones entre los hombres, unas relaciones que no son ni las del derecho natural,
en que todos los humanos reconocen por naturaleza como quien dice por una voz de la conciencia lo que es bueno y malo, ni las de los mandamientos, que se imponen desde fuera a todos los hombres por igual, sino las del acuerdo entre contrayentes” (1) En oposición, para los griegos la ley no es:

Ni acuerdo ni tratado, no es en absoluto nada que surja en el hablar y actuar entre los hombres, nada, por lo tanto, que corresponda propiamente al ámbito político, sino esencialmente algo pensado por un legislador, algo que ya debe existir antes de entrar a formar parte de lo político propiamente dicho. Como tal es pre-política pero en el sentido de que es constitutiva para toda posterior acción política y todo ulterior contacto político de unos con otros (2).

La segunda dirección es la conflictiva relación entre filosofía y literatura, particularmente cuando se establecen como caras y reversos de lo que tentativamente podríamos llamar “el arte de la escritura”. Es decir, hoy sabemos que el lenguaje es la tierra del sujeto y la palabra, su casa. De este modo, las distinciones que operan como principio excluyente de la animalidad de todo aquello que se dice es propio de lo humano radican en la (im)posibilidad de identificar con claridad lo específico de lo humano y de lo animal en términos de tierra y casa. De tal modo que el animal podría leerse como una suerte de “grado cero” de la escritura, una “minoridad”.

     Pensemos, por ejemplo, en el ius soli: tanto el perro que ladra y muerde (por cierto, éste es el origen de la corrupción) como el mafioso que extorsiona juegan precisamente al mantenimiento de la tierra propia, vuelta casa: como el cacique en cuanto que se vuelve “el que mantiene la casa”. Con todo, lo que es fundamental subrayar es que éstas no dejan de ser experiencias del pensamiento. En este sentido, son fecundas las colaboraciones contenidas en esta obra en torno a los bestiarios de Jorge Luis Borges y Juan José Arreola; así como las reflexiones sobre la figura del centauro en las Prosas Profanas de Rubén Darío; o bien el relato “Orovilca” de José María Arguedas. Todas estas puertas nos sugieren un criterio de distinción/ separación intrínseco entre la semejanza del animal con lo humano y su incapacidad de ser uno en el otro. Piénsese un instante en el éxito publicitario y social a causa del advenimiento de la humanización de los animales (arquetipo) y en la animalización de los humanos (“la bestia”, “la loba”, “el mariposo”) por medio de la ironía y lo grotesco: ¡sabemos que todo esto es irreal, a pesar del clarísimo aire de familiaridad que producen!

     La tercera dirección relaciona los verbos que están en la base de la “exclusión inclusiva” de la animalidad en lo humano, al volverse los imposibles del hombre, y que podríamos reagrupar para fines analíticos en tres estaciones que ocasionan una cantidad elevada de problemas filosóficos: la cuestión del satisfacer, la del legislar y la del representar. En esta constelación se encuentra mucho de la potencialidad de una discusión posible en las relaciones entre filosofía, literatura y animalidad. Dicho de otro modo, a la animalidad le aparece su campo abierto de la satisfacción y sus encrucijadas; a la literatura le sucede y la detiene la cuestión de la representación; finalmente a la filosofía (pero decía que también a la política) la mantiene en pie la sola posibilidad de legislación. En medio de esta triple inscripción se encuentra una crítica necesaria a la categoría de organización y a las presuposiciones demasiado fuertes acerca de la institución y la institucionalidad, así como del consenso (que es en gran medida la apuesta del proyecto filosófico de Gilles Deleuze y que se vuelve una suerte de “presencia espectral” en muchas de las páginas de la obra).

     Con ello, no hacemos otra cosa que constatar la condición incompleta del sujeto y, dado su carácter de precariedad, no es más que por medio de torcer una y otra vez el lenguaje que irá desplazándose en aras no de “completarse”, más bien, de aprender a vivir, de algún modo, incluso de modo animalesco. No olvidemos, nos sugiere el filósofo italiano Mario Perniola: “El hombre puede también querer lo contrario de la ley, puede ser movido por sentimientos que están conectados a la subjetividad: si la voluntad no pudiese sustraerse al imperativo, el hombre sería santo” (3).

     La cuarta y última dirección supone advertir el apetito del hombre por salirse del tiempo (por ejemplo, con la tradición “actual” de la cosmética y su fealdad) por medio de su racionalización que pretende superar sus límites. Aquí queda, a mi juicio, la transfiguración de la sentencia “El lobo como hombre del lobo”. ¿Por qué signamos a los lobos con aquel carácter destructivo de lo humano?, ¿quién es el hombre del lobo, no el lobo del hombre? Quizá es tiempo de decir que nos hemos equivocado con las maneras bajo las cuales metaforizamos lo humano a través de la animalidad en negativo.

Referencias
(1) Hannah Arendt, ¿Qué es la política?, Rosa Sala Carbó (trad.), Barcelona: Paidós, 1997, p. 121 [cursivas mías].
(2)  Id. [cursivas mías].
(3) Mario Perniola, El sex appeal de lo inorgánico, Mario Merlino (trad.), Madrid: Trama editorial, 1998, p. 31.


Publicado en la Revista de Filosofía (Universidad Iberoamericana), 
núm. 136,  enero-junio de 2014, pp. 269-273.


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