Una radiografía sobre el proceso político argentino


Argentina en una permanente transición política
Federico Saettone

[artículo publicado en Metapolítica, año 18, núm. 84, enero-marzo 2014, pp. 44-49.]

En una serie de artículos publicados en números anteriores de Metapolítica he procurado explicar el complejo cuadro de evolución del sistema político y partidario en estos últimos veinte años de democracia en Argentina (Saettone, 2011a, 2011b y 2012). La principal reflexión que surge de ellos es que el país adolece de una perpetua transición política. No han faltado estudios, análisis e investigaciones de las más diversas disciplinas sociales que vienen tratando de dar con el “problema” argentino, y que de algún modo han puesto algo de luz allí donde todo era oscuridad. Sin embargo, siguen faltando las piezas del rompecabezas del sistema político argentino. En este artículo, por tanto, se focalizará en los realineamientos políticos que se fueron sucediendo en el marco de las recientes crisis políticas y económicas en Argentina.

El bipartidismo incierto
Muchos estudios politológicos suelen indicar el año 1983 como una fecha bisagra de cambio histórico, ya que no sólo significó el fin de la peor experiencia autoritaria que padeció el país en toda la historia, con sus desastrosas consecuencias en el orden económico y en los derechos humanos, sino que además comportó un cambio de patrón del sistema partidario argentino. En términos del análisis de este artículo, a partir de esa fecha se pasó de un sistema de partidos cerrado, pero previsible en el que el peronismo y el radicalismo eran los actores políticos exclusivos del sistema, a otro abierto y menos previsible, en el que aquellos ya no son los actores exclusivos del sistema (Abal Medina y Suárez Cao, 2002).
Si bien en el periodo anterior a 1983, Argentina se caracterizó por una alternancia entre gobiernos militares y gobierno constitucionales, cabe observar que nunca pudo prescindir de las dos principales familias políticas. No es de extrañarse entonces que a pesar de todos los avatares políticos y económicos del siglo XX, todos los presidentes constitucionales provienen del radicalismo o del peronismo. En vista de ello, el sistema partidario argentino, en términos de la definición de Sartori, se constituyó en función de dos (y sólo dos partidos) que gobiernan solos.  Sin embargo, este formato bipartidista no estuvo acompañado de condiciones de competencia y alternancia propias de los bipartidismo del Reino Unido y Estados Unidos. El problema argentino estribaba en el hecho que el centro del sistema era, por decirlo de alguna manera, capturado por uno de los partidos, lo que suponía la exclusión del otro. En este sentido, se trató de un sistema en el que la lógica política [del partido de gobierno] es el patrón movimentista de desconocer al adversario, en especial cuando esta es la oposición (Abal Median y Suárez Cao, 2002: 169).
En síntesis, esto significa que el bipartidismo argentino funcionaba no tanto conforme a la alternancia moderada entre partidos, sino más bien conforme a una lógica de bipolarización, lo que explica en cierto modo las recurrentes crisis de la democracia (O’Donnell, 1972).

Del bipartidismo al multipartidismo
 A partir de la elección de 1983, Argentina ingresó en un periodo inesperado de democratización, pero al precio de una importante inestabilidad del sistema partidario. Contrariamente a lo que sucedía en el periodo anterior, ahora el radicalismo y el peronismo acordaron respetar las reglas de la democracia representativa, aunque no fueron capaces de afrontar y cooperar frente a las difíciles coyunturas de crisis económicas que se fueron sucediendo con una regularidad de diez años.
De cualquier modo, cada una de estas últimas tres décadas de democracia tuvo sus particularidades y dinámicas propias. La década de 1980 y la primera mitad de la siguiente década, fue la más cercana a un patrón de funcionamiento bipartidista en el sentido estricto de la definición sartoriana, como se observa en el Cuadro 1.


Cuadro 1.
Elecciones presidenciales y parlamentarias de la UCR y el PJ 
(1983-1991), en porcentajes.

Elección
Presidencial
1983
Elección Cámara de Diputados
1983-85
Elección Cámara de Diputados
1985-87
Elección Cámara de Diputados
1987-89

Elección Presidencial
1989
Elección Cámara de Diputados
1989-91
50,3

50,8
50,8
35,4
32,0
35,1
39,0

43,7
24,4
47,2
46,7
47,2
100

100
100
100
100
100
Fuente: Saettone (2013: 57).



Más allá de esta foto bipartidista, el sistema partidario sufrió un importante proceso de desconcentración del voto nacional entre 1983 y 1995 hacia el PJ y la UCR, pasando, de una concentración casi del 92 por ciento de los votos en 1983 a una del 67 por ciento en 1995, para la categoría de las elecciones presidenciales; y del 86 por ciento en 1983 al 65 por ciento en 1995, para la categoría de las elecciones legislativas (Mustapic, 2002: 167).
Los beneficiarios de este proceso de desconcentración del voto fueron los nuevos partidos competitivos cuyo surgimiento no respondió necesariamente a procesos sociológicos de luchas de clases o a importantes realineamientos electorales, sino a que en la mayor parte de los casos fueron (y son) epifenómenos del radicalismo y el peronismo. En otras palabras, los nuevos partidos surgieron aprovechando los retrocesos y defecciones de radicales y peronistas.
El caso más emblemático de este proceso fue el surgimiento en el periodo 1994-1995 del Frente Grande/FREPASO (Frente País Solidario), fundado por un grupo de peronistas disidentes, al que se le unieron pequeños partidos de izquierda, dirigentes peronistas y movimientos sociales. El FREPASO hizo un impresionante debut en las elecciones presidenciales de 1995, presentando la fórmula integrada por José Octavio Bordón y Carlos “Chacho” Álvarez que quedó en segundo lugar, dejando en un impensable tercer lugar a la fórmula de la UCR. A partir de este nuevo cuadro partidario, tres año más tarde nació la alianza radical-FREPASO (la Alianza)  que consagró en 1999 la fórmula presidencial integrada por el radical Fernando de la Rúa y el frepasista Carlos “Chacho” Álvarez. La corta y trágica experiencia del gobierno de la Alianza es, quizá, el primero y más audaz ensayo de una coalición de partidos alternativa al peronismo desde 1983, y probablemente nunca más volverá a repetirse en Argentina.
Como era de esperarse, la desintegración de la Alianza (y del FREPASO) a partir de la crisis de 2001, sumado al fuerte descrédito que sufría la UCR, dejó un vacío que fue aprovechado, por un lado, por el kirchnerismo, y por el otro, por nuevas fuerzas que, a su manera, brillaron y decayeron con el sucederse de las elecciones en estos últimos diez años.
Uno de esos partidos es Afirmación por una República de Iguales (ARI),  el partido de centro izquierda fundado por Elisa “Lilita” Carrió, una mediática y carismática diputada radical que sigue siendo la principal voz crítica de la política argentina.
El otro se trata de Recrear para el Crecimiento, el partido de centro derecha fundado en 2002 por Ricardo López Murphy, el ex ministro de economía de la Alianza, y que en aquella difícil elección presidencial de 2003 obtuvo un histórico 16 por ciento.
A diferencia del ARI, que hasta el día de hoy logró mantenerse con vida luego de la dura derrota en la elección presidencial de 2011 (no logró superar el 3 por ciento), el partido del ex ministro de economía de la Alianza no sobrevivió al contexto electoral post-2003, siendo absorbido por Propuesta Republicana, el nuevo partido nacido en 2005 con la candidatura del intendente de la Ciudad de Buenos Aires, Mauricio Macri.
Otro fenómeno no menos importante de estos últimos diez años fue el lento surgimiento del socialismo a partir de la elección a la gobernación de la Provincia de Santa Fe de Hermes Binner (periodo 2007-2011). Su crecimiento fue posible gracias al apoyo estratégico del radicalismo en esa provincia, un apoyo que a partir de 2007 incluyó a la ahora denominada Coalición Cívica-ARI de “Lilita” Carrió y demás partidos del heterogéneo colectivo del “progresismo” argentino.
Luego de esa elección presidencial del 28 de octubre de 2007 en la que la fórmula presidencial integrada por Elisa Carrio y el socialista Rubén Giustiniani quedó en segundo lugar,  las relaciones entre la CC-ARI, el socialismo y el radicalismo, se fueron deteriorando debido a la ambiciones presidenciales de sus máximos líderes (Carrió, Alfonsín [hijo del ex presidente Raúl Alfonsín], Binner).
Las diferencias entre los socios no pudieron ni siquiera saldarse en el marco del Acuerdo Cívico y Social, el frente común integrado por la CC-ARI, el socialismo y el radicalismo para las elecciones legislativas de 2009, en las que por primera vez, los partidos de la oposición lograron derrotar al kirchnerismo.
A partir de 2010, la Coalición Cívica-ARI dejó el Acuerdo Cívico y Social, y poco después hizo lo propio la UCR, cuyo candidato presidencial (Ricardo Alfonsín) decidió formar una alianza con la facción liderada por el peronista disidente y excéntrico empresario Francisco de Narváez. El Partido Socialista y la mayoría de los socios menores de la Coalición Cívica-ARI, migraron a las filas del recientemente formado Frente Amplio Progresista (FAP), liderado por el socialista Hermes Binner, el cual presentó su propia fórmula presidencial para la elección presidencial del 23 de octubre de 2011, junto a la periodista Norma Morandini, quedando en segundo lugar después de la fórmula encabezada por Cristina Fernández de Kirchner y Amado Boudou.
Para resumir, la de Binner-Morandini fue la primera fórmula presidencial integrada por candidatos no peronistas o radicales más votada desde 1983. Este dato electoral permitió volver a reconstruir el ahora denominado Frente Progresista, Cívico y Social,  con la participación del radicalismo, el CC-ARI y otras agrupaciones que formaron parte de la CC-AR. Como en parte sucedió en la elección legislativa de 2009, la oposición logró derrotar al kirchnerismo en las recientes elecciones legislativas del 27 de octubre de 2013.
Por último, no se puede dejar de mencionar a Propuesta Republicana (PRO), el partido liderado el intendente Mauricio Macri, el cual fue electo en 2007 (y reelecto en 2011) como intendente de la Ciudad de Buenos Aires, el segundo distrito más importante y estratégico del país. Hay que advertir que, pese a la polémica decisión de Mauricio Macri de no presentar su candidatura presidencial en las elecciones de 2011, el PRO vino creciendo en términos de su representación de diputados en la Cámara de Diputados, convirtiéndose actualmente en el tercer partido con mayor representación en esa cámara, después de la UCR y el Frente por la Victoria-PJ. Aun siendo mayoritariamente un partido distrital (es decir, con base territorial en la Ciudad de Buenos Aires), el PRO está emergiendo como el principal partido de la desarticulada derecha argentina.

Peronismo y kirchnerismo
El peronismo es el que más ha contribuido a la proliferación de partidos y listas electorales. Un interesante ejemplo de ello fue la llamada “renovación peronista”, surgida a mediado de década de 1980 producto de las tensiones con el sindicalismo corporativo encarnado en la Confederación General del Trabajo (CGT) que, dicho sea de paso, desde la muerte de Juan Perón en 1974 nunca encontró su lugar en el peronismo. Hay recordar que de esa tensión con el sindicalismo corporativo surgió un movimiento democratizador en el interior del peronismo de la década de 1980 liderado por el veterano dirigente Antonio Cafiero, un presidente de la nación que no pudo ser.
Luego de la renovación peronista de 1980, le siguió el turno al “Grupo de los Ocho”, un grupo de legisladores liderado por el renovador Carlos “Chacho” Álvarez que se espantaron del inexplicable giro al neoliberalismo de Carlos Menem a principios de 1990, y de gran parte del peronismo de entonces, que decidió apoyar las iniciativas de venta de los bienes públicos y la desregulación económica. El Grupo de los Ocho finalmente tomó el camino de la izquierda dando vida, primero, al Frente Grande en 1994, y luego al FREPASO en 1995, concentrando a los movimientos sociales y demás grupos políticos que no comulgaban en el credo liberal.
A partir de 1996, una vez que Carlos Menem logró su tan deseada reelección presidencial, los vientos de la economía dejaron de ser tan favorables como lo fueron en la primera mitad de esa década. En este contexto, el conflicto ideológico en el peronismo quedó relegado a un segundo plano por la disputa por la candidatura presidencial para la elección de 1999 entre Carlos Menem y el poderoso gobernador de la Provincia de Buenos Aires, Eduardo Duhalde, por entonces exponente de un grupo de dirigentes, legisladores e intendentes que aspiraban a volver a las bases nacionalistas del viejo peronismo. Para realizar esta meta era necesario que Duhalde se conviertiera en el candidato presidencial avalado por todo el peronismo, a lo que se oponía terminantemente Menem, el cual apostó hasta último momento por su candidatura presidencial.
La rivalidad entre estos dos líderes fue, sin duda, unos de los factores de la trama oculta de la crisis del gobierno de la Alianza y la ruidosa renuncia de De la Rúa en esas críticas jornadas de finales de diciembre del 2001 . Lejos de allanarle el camino para el retorno presidencial de Carlos Menem al adelantar las elecciones presidenciales, se resolvió apelar una vía “parlamentarista” para consagrar un nuevo presidente de la nación. Fue así que una vez que el peronismo se prestó a un nuevo experimento institucional, poniendo en práctica un parlamentarismo de facto para entronizar en la presidencia a Eduardo Duhalde, y encargándole de instrumentar las medidas económicas y administrativas necesarias para  la recuperación económica del país como si fuera una suerte de primer, más que un presidente. De este modo, el éxito de su gestión en ese año y medio de la presidencia de Duhalde (enero de 2002 a mayo de 2003), fue posible gracias al apoyo parlamentario del radicalismo, algunos sectores del peronismo, y del FREPASO residual.
El ciclo parlamentarista iniciado por Eduardo Duhalde terminó abruptamente con la elección de Néstor Kirchner en mayo de 2003, volviendo el peronismo con más fuerza que nunca a sus prácticas plebiscitarias. Esa misma elección fue todo un ejemplo de plebiscitarismo, en la medida que se presentaron tres fórmulas presidenciales peronistas rivales oficializadas: la del “Frente por la Lealtad” de Carlos Menem-Juan Carlos Romero, que obtuvo el 24,5 por ciento de los votos; la del “Frente para la Victoria” de Néstor Kirchner-Daniel Scioli que obtuvo el 22 por ciento; y la del “Frente Movimiento Popular Unión y Libertad” de Adolfo Rodríguez Saá-Melchor Posse que obtuvo el 14 por ciento de los votos (Saettone, 2012).
El inesperado triunfo de Néstor Kirchner que se produjo como consecuencia de la renuncia voluntaria de Carlos Menem a la segunda vuelta presidencial no hizo confirmó y exacerbó los viejos vicios de un peronismo cada vez más heterogéneo. De este modo, un nuevo presidente voluntarioso se puso al frente de una cruzada contra las corporaciones económicas internacionales y los enemigos (imaginarios) de la patria, articulando una compleja coalición con diversos sectores sociales con poco en común, que le brindó el soporte necesario para llevar a cabo sus políticas de sustitución de importaciones y estímulo de la demanda interna. En este contexto de espíritu de cruzada, una vez más se planteó la disputa por el poder en el peronismo con su mentor político, es decir, con Eduardo Duhalde, el cual no renunciaba a ejercer una importante cuota de influencia en los asuntos nacionales. La disputa entre ambos desbordó los discretos pasillos de la política, para convertirse en un ámbito relevante de la campaña oficialista para las legislativas de 2005, en las cuales Néstor Kirchner logró imponer exitosamente la candidatura senatorial de su esposa de Cristina Fernández de Kirchner en la Provincia de Buenos Aires. La principal derrotada de esa elección fue Hilda “Chiche” Duhalde, la esposa de Eduardo Duhalde que se había sido convocada por este para enfrentar a Cristina.
Lo cierto es que la victoria de Cristina facilitó el camino al kirchnerismo para instalar en el interior del peronismo su candidatura presidencial para las elecciones de 2007. El triunfo presidencial en aquella elección consolidó el ciclo kirchnerista dentro del peronismo que se extiende hasta nuestros días.

Consideraciones finales
En un artículo reciente (Saettone, 2013) afirmé que uno de los graves limitaciones que sufre el sistema político argentino es la baja propensión del radicalismo y el peronismo para articular acuerdos básicos de gobernabilidad que enfrenten las sucesivas crisis económicas y sociales que se fueron dando a partir de la década de 1980 producto del agotamiento de la matriz estado-céntrica.
La ausencia de acuerdos básicos de gobernabilidad entre radicales y peronistas responde a una  serie de causas y cuestiones propias de la subcultura política de aquellos partidos. Independientemente de las valoraciones subjetivas que se puedan hacer al respecto, lo cierto es que en las mentes y los espíritus de los líderes de ambos partidos persistió el recuerdo de los desencuentros políticos del periodo anterior a 1983.
Las actitudes de los líderes también se basan en expectativas y presunciones acerca del funcionamiento del sistema político en el corto y mediano plazo, y en base a las cuales aquellos toman decisiones políticas, legislativas, electorales y personales. El cálculo de oportunidades no se da en el vacío, sino en un marco organizacional e institucional que sólo lo brinda el sistema político, y en particular, el sistema partidario, el cual regula el acceso a los cargos representativos. En el sistema político argentino, las expectativas de los líderes fueron modeladas en función de la lógica del bipartidismo históricamente condicionado por la ausencia de tolerancia, afectando seriamente la pauta de alternancia moderada entre radicales y peronistas.
Como destaca Sartori, en los sistemas bipartidistas, la alternancia se da entre dos (y solo dos) partidos. Uno pierde y el otro gana, y viceversa. La eficacia de este sistema es inseparable de la regularidad con la que se produce esa alternancia. Sin embargo, esta regularidad no siempre se verifica en todos los casos, lo que implica que un partido puede seguir gobernando “solo” por largos periodos, al tiempo que el otro le toca ser “la” oposición. ¿Cuál es entonces la frecuencia ideal de la alternancia bipartidista?, ¿cada cuántos periodos electivos y/o legislativos tiene que darse la misma? No hay una respuesta objetiva a ello, ya que depende del caso particular.
En suma, la eficacia del bipartidismo no puede quedar atada a una medida arbitraria de frecuencia de alternancia política, sino que depende de la expectativa de alternancia, que no es lo mismo. En este sentido, con buena razón Sartori afirma que: “el término de alternación se debe extender de forma flexible, en el sentido que implica la expectativa, más bien que el hecho real del traspaso del poder” (Sartori, 1980: 235).
En función de lo señalado anteriormente, se puede afirmar que a partir del periodo democrático inaugurado en 1983 la primera víctima de la ausencia de expectativa de alternancia fue la UCR, la cual no se pudo reponer de la derrota electoral de 1989. Aquella fue, por cierto, no sólo una derrota electoral, sino además política e ideológica. Fue una derrota política en la medida que, quien entonces era el padre de la transición democrática argentina –Raúl Alfonsín- tuvo que adelantar la entrega del mandato a un presidente peronista y populista, como era Carlos Menem, en un contexto signado de hiperinflación, revueltas populares, saqueos y pronunciamientos militares. Fue también una derrota ideológica debido a que el radicalismo tuvo que afrontar un giro espectacular del peronismo menemista hacia el neoliberalismo cuyas políticas económicas fueron avaladas por los sectores medios urbanos a lo largo de la primera mitad de la década de 1990. Esto explica las importantes victorias electorales que tuvo Menem en esos cinco primeros años. Más aún, en 1995 Menem no sólo logró su reelección presidencial tras reformar la constitución nacional en 1994 –es decir un año antes-, sino que en esa elección el radicalismo fue superado por el FREPASO, que lo relegó a un tercer lugar, sellando de manera abrupta el fin del bipartidismo radical-peronista.
Este contexto de adversidad electoral, política e ideológica, a los líderes radicales no les quedó otra opción que recurrir a una alianza con el FREPASO con vistas a las elecciones presidenciales de 1999, apostando a consagrar un líder radical aprovechando la red de comités electorales en todo el territorio nacional, de la cual carecía su socio político. Es cierto que la victoria de De la Rúa en 1999 volvió a generar las ilusiones de un nuevo ciclo político del radicalismo por el cual se buscaría enderezar todo lo que dejó torcido el menemismo. Y de paso apostaban en silencio a una lenta erosión política del FREPASO, que fatigosamente podía conciliar en su interior los intereses y visiones divergentes de sus líderes. Sería entonces cuestión de tiempo para que todo vuelva a sus causes bipartidistas tradicionales.
Las ilusiones del radicalismo se estrellaron contra los acantilados de la enorme deuda externa legada del menemismo que pesaba sobre la económica del país, a lo que se sumaba una altísima desocupación y conflictividad social. El sueño de reconstruir el bipartidismo quedó definitivamente sepultado dos años después, cuando De La Rúa huyó por las azoteas de la casa presidencial en helicóptero.
En cuanto al peronismo de los noventa, hay que admitir que no tuvo empacho en reconocer públicamente su visión hegemónica del poder, es decir una visión no necesariamente basada en la alternancia del poder, sino en la permanencia en el mismo. En efecto, mientras que el radicalismo descendía a los infiernos de la política al promediar la década de 1980, el peronismo apostaba a un futuro maravilloso que insinuaban las exitosas políticas del neoliberalismo, lo que lo llevó a recurrir a la idea del plebiscitarismo para permanecer en el poder sin importar los límites constitucionales del mandato. Esto explica la apuesta de Menem de volver a presentarse en 1999, una opción a la que finalmente desistió al tomar contacto con el creciente rechazo que despertaba en amplios sectores de la sociedad la parálisis económica, la desocupación y el tenso clima de protesta social, todo lo cual redundaría en una segura derrota.
Fue así como el peronismo entendió que su suerte no era eterna, y que la carta plebiscitaria lo hundiría en el mismo desprestigio que sufrió Raúl Alfonsín en 1989, y del que se recuperó, por cierto, heroicamente. Como la opción de la candidatura presidencial del gobernador Eduardo Duhalde no era aceptada por gran parte del peronismo menemista, así como también por el establishment, Menem prefirió el mal menor de facilitar el triunfo presidencial de la Alianza, apostando a volver como un presidente de salvación nacional en 2003 para sepultar definitivamente la experiencia de la Alianza, como en su momento hizo con el radicalismo al promediar la década de 1980.
Resumiendo, hay que admitir que el peronismo finalmente ganó la partida, ya que a partir de 2002 volvió a la presidencia de la nación y retuvo la mayor parte de las gobernaciones de las provincias. Gozó asimismo de amplias mayorías en el Senado, y también en la Cámara de Diputados, en la cual fue importante no solo el aporte legislativo de partidos satélites liderados por dirigentes rescatados del desaparecido FREPASO, sino que además contó con el implícito transfuguismo del peronismo federal. A ello se agrega todo un arsenal de decretos legislativos utilizados en una medida jamás utilizada por los gobiernos constitucionales; ni siquiera por el mismo Juan Domingo Perón durante sus tres presidencias.
En definitiva, desde 1995 en adelante, el bipartidismo radical-peronista dio lugar a un multipartidismo basado principalmente en las múltiples divisiones y creaciones del peronismo bajo sus diversos rostros. Un peronismo que inunda todos los espacios sociales y políticos valiéndose de una extraordinaria habilidad para generar acuerdos y coaliciones políticas y sociales con los actores más diversos (partidos de diversas tendencias, movimientos sociales, sindicatos, corporaciones económicas y estados extranjeros, etcétera). En pocas palabras, el peronismo exhibe todavía una capacidad de reinventarse sin igual.
El temor que muchos tenemos es que esta plasticidad finalmente termine  estrellándose con las condiciones objetivas de la economía real, que es cuando empiezan a escasear los recursos fiscales para sostener la difícil aritmética de las coaliciones políticas y sociales, y por lo tanto, empiezan a merodear los fantasmas de las grandes crisis económicas. Esta es la realidad que actualmente se enfrenta el largo ciclo político del kirchnerismo. Como dijo alguna vez un veterano dirigente, el tiempo es el principal desafío para el peronismo.

Referencias
Abal Medina (h.), J. M. y J. Suárez Cao (2002), “La competencia partidaria en la Argentina: sus implicancias sobre el régimen político”, en J. M. Abal Medina (h.) y M. Cavarozzi (comps.), El asedio a la política. Los partidos latinoamericanos en la era neoliberal, Rosario, Homo Sapiens.
Mustapic, A. M. (2002), “Argentina: La crisis de representación y los partidos políticos”, América Latina Hoy, vol. 32, diciembre.
O’Donnell, G. (1972), “Un juego imposible: competición y coaliciones entre partidos de Argentina entre 1955 y 1966”, en G. O’Donnell, Modernización y autoritarismo, Buenos Aires, Paidós.
Sartori, G. (1980), Partidos y sistemas de partidos, Madrid, Alianza Editorial.
Saettone, F. (2011a), “Muerte y resurrección de una República. Argentina después de la crisis de 2001”, Metapolítica, vol. 15, núm. 75, octubre-diciembre.
Saettone, F. (2011b), “Historia de la Alianza en Argentina”, Metapolítica, vol. 15, núm.73, abril-junio.
Saettone, F. (2012), “La presidencia de Néstor Kirchner en Argentina (2003-2007)”, Metapolítica, vol. 16, núm. 77, abril-junio.
Saettone, F. (2013), “Democracia y partidos: Explicando la paradoja argentina”, Debates Latinoamericanos, año 11, volumen 1, núm. 21.



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