Sobre Michel Maffesoli


DEL ETERNO RETORNO O EL FUNDAMENTO DE UNA ÉTICA DE LA ESTÉTICA
Javier Edgar Tapia Navarro

[Michel Maffesoli, El ritmo de la vida. Variaciones sobre el imaginario posmoderno, México, Siglo XXI Editores, 2012.]

Quizá Michel Maffesoli es el último de los profetas de la posmodernidad. Una posmodernidad que no acontece en la teoría y se asoma en lo imaginario, en eso que el sociólogo francés evoca como el rito de la vida. Ese ritmo que es el latir de lo cotidiano y cuyo compás viene marcado por el punzón de un goce intermitente originado en las profundidades del pasado.
     En las dos últimas décadas, desde El crisol de las apariencias (1990), ha fijado el rumbo de su reflexión hacia lo que él llama una “ética de la estética”, refiriéndose al proceso de hedonización de la vida cotidiana que ha seguido al derrumbamiento de los mitos logo-céntricos de la modernidad. Lo posmoderno, más que la posmodernidad, no denuncia la irremediable pérdida del horizonte de sentido de unas sociedades occidentales que fijaron el rumbo de su historia en la égida del progreso y el bienestar tecno científico, sino que es un signo latente de la continuidad de las formas del lazo social de las comunidades pre-modernas.
     El tribalismo, el tatuaje, el piercing o la fiesta rave, son prácticas subversivas del cuerpo que instauran una “ética no verbal” en continuidad con esas formas antiguas de celebración del goce, el dolor y el delirio, en el vórtice de un lazo social en sinergia con una naturaleza animada por divinidades pluriformes.
     La modernidad sería el momento donde las subjetividades occidentales emergen a través de esos arcaísmos del cuerpo y de la vida que parecian sepultados por la razón ordenadora de las ciencias y la revolución técnica de la vida cotidiana.
     La crítica francesa de la modernidad, aquella que desde finales de los años setenta, se afanó en mostrar que los ideales políticos, culturales y teóricos de Occidente habían perdido su andamiaje de legitimidad, erró al interpretar que se asomaba el fin de una era de la historia humana, o al menos de su sentido. Para Maffesoli la posmodernidad es una forma de nominar la continuidad de un hedonismo antropológico que subsiste en el imaginario contemporáneo y que se asoma en aquellas prácticas de repetición que nos anclan a modalidades inconscientes del uso del cuerpo y además coexisten con nuestra visión moderna del mundo. La modernidad no es un estadio superado, sino el nuevo basamento de una hedoné estructural de la naturaleza humana. El cuerpo es un verbo que se conjuga en presente progresivo y los avatares de la vida tecnificada no son sino sus nuevos adjetivos.
     Desde los años noventa insiste en que la estética necesita ser pensada como una ética. La ética de la modernidad es un ethos de la palabra, del logos ordenador que piensa el fundamento de las relaciones humanas en ideales trascendentes, abstractos e inamovibles, como el progreso, la solidaridad, el orden, el bienestar o la felicidad. Una ética de la estética llama a pensar un ethos que se apoya en la aisthesis, en el sentimiento, la sensualidad y la cadencia de la vida reflejada en el encuentro cuerpo a cuerpo. Un ethos que se refugia en la inmanencia de la vida cotidiana y puede encontrarse en los ombligos perforados, en los amantes transeúntes, en las calles infestadas de glotonería, en las sex shop o en la verbena popular.
     El ritmo de la vida. Variaciones sobre el imaginario posmoderno, aparece en consonancia con ese proyecto. En sus páginas se explora el mecanismo de repetición que hace posible la hedonización perpetua de la vida cotidiana. A consideración de Maffesoli es Nietzsche quien observa y registra con atención ese movimiento de la vida que llamó el “eterno retorno de lo mismo”. Erraremos al interpretar su posición como un movimiento cíclico del tiempo en el que todos los acontecimientos se repiten. Para Nietzsche el eterno retorno está anclado a la vida, lo que para Schopenhauer no era sino el esfuerzo inútil y sin sentido de la existencia orgánica: en Parerga y paralipomena (1851) sentencia que la vida no es sino un episodio que perturba inútilmente la sacralidad de la nada. Tanto Nietzsche como Schopenhauer se maravillan en su observación de la afanosa existencia de los animales, sin ninguna clase de sentido o trascendencia. Serán justo ellos, los animales, quienes reconocerán a Zarathustra, después de su desmayo y desvarío, como el profeta del eterno retorno. Para Nietzsche no son los sucesos, las acciones o los hechos, los que retornan, sino la vida misma, ese impulso que nos lanza continuamente al encuentro de los cuerpos.
     Para Maffesoli la historia intelectual de Occidente es un arte de la repetición, lo que se esconde detrás de ella, de los grandes sistemas de pensamiento que rondan el mismo complejo de problemas, es una “sensibilidad teórica”, un esfuerzo inútil que, sin saberlo, lucha por ocultar el “instinto social” que retorna a sus actores y a su “sentimiento trágico de la existencia”. Nietzsche, Schopenhauer o los poetas, son los voceros de ese retorno a la inmanencia de la vida, a la pluralidad de la carne. Maffesoli parece decir que detrás de todo sistema de pensamiento, de todo afán por abstraer el mundo, lo que se oculta es una necesidad de contingencia que galopa a caballo hacia los derroteros del placer. Después de todo es el mismo Nietzsche quien, en la Gaya Ciencia, se atrevió a decir que el cuerpo es el órgano del pensamiento.
     A este esfuerzo continuo de la teoría Maffesoli le llama “mito progresista”. Los accidentes teóricos de todas las épocas encuentran siempre un refugio en la construcción social de sus realidades, se perpetúan y legitiman para dar “sentido” a los lazos humanos, a sus idearios políticos, culturales, deportivos, académicos, etcétera. Pero junto con ellos también se revitalizan sus “instintos sociales” inmanentes: “Son los abismos, característicos del inconsciente colectivo, los que hay que tomar en cuenta para aprehender las efervescencias, las irrupciones, las abstenciones, los desamores o las histerias repentinas que caracterizan a todos los fenómenos políticos, deportivos, festivos o cotidianos que abundan en los noticiarios” (p. 56). Pensemos en las irrupciones de violencia en un recinto legislativo, en un partido de futbol o una verbena popular ya sea en China, Japón, Inglaterra o en México, episodios que son comentados como estallidos de irracionalidad en el seno de sociedades civilizadas por el progreso y la ambición de un bienestar perpetuo. No habría por qué sorprenderse de los lapsus anómicos de los cuerpos sociales, es en ellos donde Maffesoli observa la intermitencia de la vida, ese retorno intempestivo de los arcaísmos sensibles de la humanidad que se perpetúan en el inconsciente cotidiano de los cuerpos y los lazos humanos.
     En esta pequeña obra queda claro que es Michel Maffesoli el sociólogo de la anomia social, no como un instrumento heurístico que permite pensar las fallas de la estructura social, sino como una categoría a partir de la cual es posible pensar toda forma de organización social. El origen de la teoría social está enraizado en la obstinación positivista de develar las leyes de la mecánica societal, de la que los fenómenos anómicos no son sino rebabas de su movimiento natural. Maffesoli no niega la realidad de esta concepción de la dinámica teórica sobre lo social, tampoco quiere desenmascararla, sino que invierte su polaridad: invita a interpretarla, hasta cierto punto, como necesaria, como pantalla fantasmática que armoniza con el imaginario hedonista y contingente de la natura humana, al tiempo que nos instiga a pensar que quizá sean estas irrupciones de irracionalidad los puntos de partida para llegar a un nuevo pensamiento sociológico.

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