Pier Paolo Pasolini, un intelectual herético

Fotografía de Sandro Bechetti
Pier Paolo Pasolini, un intelectual “herético”*
Giovanni Falaschi**

El 2 de noviembre de 1975, pocas horas después de que la televisión había difundido la noticia del homicidio de Pasolini a las afueras de Roma, en una colonia de clase acomodada de Florencia donde hay un alto porcentaje de votantes de derecha, apareció una pinta que glorificaba el delito. Qué leyeron de la obra de Pasolini los jóvenes fascistas, que presumiblemente eran los autores, o qué películas habían visto, no se sabe. Pero pienso que nada de nada. Su odio estaba determinado por la figura completa del escritor: un ídolo negativo, un blanco que se necesitaba destruir para liberarse del agitador. Quizá algo más sabía del escritor el jesuita Arturo Dalla Vedova, que a las 6:30 del 6 de noviembre fue sorprendido en Roma mientras alteraba al cortejo fúnebre de Pasolini arrojándole palabras como “puerco”, “marica”, “blasfemo”, “pig”, etcétera. A estas dos reacciones de “perros sueltos” de la derecha, deben agregársele los provocadores romanos, viejos conocidos de la policía, quienes lo agredieron y a los que no denunció por las amenazas que le dirigieron, y las denuncias en las confrontaciones donde lo señalaban muchos ciudadanos por los motivos más disparatados: incluso hubo una por robo en la que participó un semanario popular reaccionario que publicó una foto de él armado que fue extraída de la secuencia de una película en la cual había actuado de extra (esto para hacer la acusación más creíble). Leo sobre una página web que el gran abogado Carnelutti (su defensor) ha sido acusado por los conservadores de siempre de ser su amante: ¿qué otra cosa lo habría empujado a arrojarse con Pasolini si no un amor inconfesable, siendo un abogado famosísimo y por si fuera poco demócrata cristiano?
            Más allá del odio contra Pasolini por parte de sus enemigos individuales, había también atraído el odio de muchos de los exponentes de las instituciones, como lo muestra el hecho de que algunos magistrados dieron curso a muchas denuncias, a pesar de que nunca lo condenaron. En particular, sus escritos estuvieron en la mira de querellas periódicas, comenzando con su primera novela Ragazzi di vita (1955), por la que fue acusado de obscenidad, como después sucede con algunas de sus películas, en particular aquellas elaboradas a partir de obras literarias, como Decameron, Los cuentos de Canterbury, Las mil y una noches y finalmente Salò; incluso de algún modo otras de sus películas habían golpeado la mojigatería del conservador de turno. Pasolini coleccionó treinta denuncias, es así que en un sólo día debía comparecer en la Procuraduría General y sucesivamente en el juzgado de primera instancia. Con relación a la prensa moderada y de derecha, sabemos que esta fue la columna de las maldiciones que se arrojaban sobre este escritor, incluso L’Osservatore Romano lo tuvo constantemente bajo la mira golpeándolo cruelmente en cada ocasión (ha sido, sin duda, el intelectual italiano que más acosó la curía romana).
            Odiado ferozmente por la derecha, fue mirado con respeto, pero también con sospecha, por la izquierda. En 1949 inscrito al Partido Comunista Italiano (PCI), se descubre que era homosexual, lo que a los ojos de su comunidad friuliana le pareció que encarnaba lo “negativo”: su partido lo expulsa, mientras pierde el cargo de maestro en la escuela. Una vez transferido a Roma, fue Calvino quien propusó Le ceneri di Gramsci (1957) a Il Contemporaneo, periódico dirigido por Carlo Salinari y voz oficial de la política cultural del PCI, quien hasta ese entonces no lo había tomado en cuenta. Después comenzaría a colaborar con el semanario comunista Vie nuove que le confió una sección del periódico (1960-1965) —los llamados Dialoghi— en el cual respondía a los lectores tocando en modo anticonformista las instituciones italianas: iglesia, escuela, y ante todo la familia. Esto paralelamente a (o antes de) la colaboración en otras revistas y periódicos, como Il Giorno o Il Corriere della Sera en los años extraordinarios de la dirección de Piero Ottone.
            Tras casi cuatro décadas, se sigue hablando de su asesinato después de las confesiones de Pino Pelosi (ya auto-acusado del delito y, una vez que salió de la cárcel, se exoneró culpando a otros), para que luego se asomará la hipótesis que sugiere que la muerte fue ejecutada por el hampa dirigida por alguien de las instituciones, ya que el escritor tenía en su posesión información reservada alrededor de la lucha por el control de la ENI,[1] información que utilizó, sin duda, para el libro Petrolio (el título confirmaría “de alguna manera” la hipótesis), no terminado y publicado póstumamente en 1992. Para la crónica: el senador Marcello Dell’Utri —se nombra dada la notoriedad del personaje— declaró que vio el texto mecanografiado del capítulo que se supone fue escrito pero misteriosamente desapareció, que hacía referencia a este episodio (sin embargo, ya Dell’Utri hizo en su momento revelaciones infundadas sobre los Diari de Mussolini). En la evaluación del “caso Pasolini”, no es importante que esta hipótesis se revele sin fundamento, sino que haya sido formulada: ello significa que el escritor suscita la atención de los medios de comunicación, y que su personalidad sigue apareciendo completamente fuera de los esquemas y de las normas donde todo se le puede atribuir, y su importancia les resulta de tal envergadura para algunos que incluso puede ser verosímil que haya sido asesinado por lo que sabía. Así pues, todo aquello que parece sorprendente e increíble para otros, se vuelve plausible en él, y eso porque en la memoria colectiva Pasolini queda como una personalidad excepcional, en torno a la cual se ha construido un mito, aquel del artista rebelde y anticonformista que desafió a la sociedad burguesa y que fue víctima de la misma: la mitologización y el culto al héroe en cuanto personaje han caminado en paralelo.
            A la creación y/o mantenimiento de este mito popular han contribuido cantautores y músicos, asi como directores de cine. Entre los primeros, hay que citar a Giovanna Marini (“Lamento per la morte di Pasolini”, diciembre de 1975), Fabrizio de André (“Una storia sbagliata”, 1980), Francesco De Gregori (“A Pà”) y Roberto De Simone (“Requiem in memoria di Pier Paolo Pasolini”), ambas de 1985, evidentemente por los diez años de su muerte. Entre los autores extranjeros debe ser citada la obra Pier Paolo, montada en Kassel en 1987, y los Songs for a Child, una compilación de varios artistas alternativos europeos. Entre los directores de cine hay que recordar a Nanni Moretti que en el final del primer episodio de Caro diario (1993) llega en una “Vespa” al lugar del homicidio; un recuerdo de Sergio Citti en Magi randagi (1996); la película de Marco Tullio Giordana (Pasolini, un delito italiano, 1995), y el documental de Giuseppe Bertolucci, Pasolini prossimo nostro (2006). Se declara inspirado por Pasolini el director Aurelio Grimaldi. Esto sólo por citar los resultados más interesantes.
            ¿Y que hay de los estudiosos, expertos de cine y/o literatura? Antes de responder es necesario hacer una observación preliminar: sus Opere fueron publicadas en la colección “Meridiani” de Mondadori en diez volúmenes (no me ocupo en este trabajo de distinguir entre volumen y tomo), y tomando en cuenta de que cada volumen supera por mucho las mil páginas, se tiene de inmediato una idea de cuánto produjo Pasolini. A esto se le debe agregar que lo publicado en la colección “Meridiani” no comprende todos sus escritos, en particular aquellos periodísticos y además está el hecho de que el escritor concedió muchísimas entrevistas, también editadas en libro. Estos datos puramente cuantitativos dan una idea de cómo la presencia de este escritor es tan viva en nuestra sociedad que continua y no puede descuidarse, reforzada por su actividad de director de cine. En suma: una presencia con la cual no se puede no hacer las cuentas por parte de aquellos que estuvieron en posibilidades de leerlo y que fueron al cine, en una época en que los italianos realmente iban al cine. Para hablar de confrontaciones cuantitativas: los críticos han contribuido y todavía en la actualidad lo hacen a la consolidación de este mito, por el cual se puede decir que la obra de monumentalización del personaje y del autor no permite su disminución (esto no significa que los críticos hayan sido y sean siempre admiradores de su trabajo, ¡al contrario!). He aquí algunos datos: en 2009 fueron publicados alrededor de quince libros y ensayos sobre él, tanto breves como trabajos de mayor empeño. En 2010 fueron seis, y se dejaron de lado los estudios breves publicados en revistas al menos en estos mismos años, que de todos modos son numerosos. Su fama es tal que ha sido traducido y estudiado en muchísimas lenguas, y se le dedican congresos no sólo en Italia: en 2009 fueron publicadas las Actas de dos congresos franceses (con el editor Serra que tiene en su catálogo muchos libros de Pasolini); ni se puede dejar de lado el número dedicado en 2010 de la revista Aut-Aut bajo el título de la Inactualidad de Pasolini. También desde 2007 hay una revista internacional anual de alrededor de 200 páginas dedicada sólo a él, llamada Estudios Pasolinianos, sobre la que salió una reseña de estudios japoneses en torno su obra y figura. Los críticos literarios italianos más importantes, de diversa manera y con evaluaciones opuestas, se ocuparon de él (en primer lugar, y uno de los más ilustrados, Gianfranco Contini, que entendió rápidamente el valor del poeta dialectal reseñando su obra Poesie a Casarsa, cuando Pasolini era completamente desconocido). Entre los más constantes cito a Gian Carlo Ferreti y, por el tamaño del trabajo desarrollado en la edición de las Opere, Walter Siti. Dieron su juicio de algún modo los escritores, de Montale a Ungaretti, Fortini, Calvino y Moravia; de su correspondencia, que no es de un nivel sobresaliente (pero intrigante en las ambiguas cartas juveniles dirigidas a mujeres donde cubre su homosexualidad), se deduce la red de sus relaciones personales con poetas y escritores.
            El grueso de sus cartas se encuentra en 1) el Centro de Estudios y Archivo Pier Paolo Pasolini de la Biblioteca de la Cineteca del Municipio de Boloña; 2) el Archivo Contemporáneo del Gabinete Vieusseux en Florencia; 3) La Biblioteca Pública y Centro de Estudios y Archivo Pier Paolo Pasolini de Casarsa de la Delicia; y otras cartas están en 4) con su sobrina Graziela Chiarcorsi; y 5) en los archivos de los editores con los cuales Pasolini tuvo que ver, sobre todo Garzanti y Einaudi, pero también Mondadori y Bompiani, sin contar a los privados.
            Una pregunta por hacerse es la siguiente: ¿qué queda efectivamente de este poeta-escritor-crítico-periodista-director de cine-autor de teatro?, ¿cuáles son las páginas vivas hoy de las miles que publicó cuando vivía e integradas con las publicaciones póstumas? Es una pregunta banal pero que nos pone de tú a tú con el autor, incluso si es difícil para cualquiera dominar completamente todo su trabajo. En pocas palabras: como novelista no me parece que haya escrito una obra literaria de la cual se pueda decir que seguramente queda como una gran herencia para la posteridad. Sus novelas más aclamadas y discutidas, la primera y la última, Ragazzi di vita (1955) y Petrolio (1992), son novelas muy diferentes, y a la vez no tanto: la primera tiene algún interés sociológico, de la segunda se salvan las páginas de los encuentros homosexuales sobre las “praderas” y algunas descripciones (a pesar de que técnicamente no son) anti-líricas del ambiente. Esto no quita que al momento en que parece suscitar un gran debate, a todos les parece algo oportuno no discutir. Era la presencia mítica del escritor que arrastraba consigo al libro. Si hay una prosa aún legible es aquella de los textos juveniles Amado mio y Atti impuri, sobre los amores del joven Pasolini: un cuaderno secreto que quiso mantener inédito y que el editor Garzanti publicaría póstumamente en 1982. Incluso como poeta algo extraordinario hay en su primera producción, mientras que debo confesar que el poema epónimo de Le ceneri di Gramsci no alcanzo a hacerle una buena evaluación: intriga la métrica tradicional, la estructura narrativa, la confesión pública del autor, el ambiente romano popular; todo eso, y el tomar a pecho cuestiones ideológicas y querer hacer poesía eran paradójicamente una novedad a causa de su brillo “de viejo”; pero también un libro desigual como resulta ser su autor tomado in toto. Algo bueno, más allá de las poesías juveniles, se encuentra en L’usignolo della Chiesa cattolica (1958) y en La religione del mio tempo (1961); todo esto para decir que Pasolini poeta sale mejor librado si es compilado, cosa que sus editores han entendido.
            No me pronunciaré sobre el autor de teatro, que conozco poco, puedo decir que su cine tiene cosas bellas, como Il Vangelo secondo Matteo (1964) y Edipo re (1967), al lado a obras perdidas en el alegorismo intelectual y en el exceso de los sobre-sentidos. Una obra maestra es La ricotta (1963), secuestrado por “vilipendio a la religión” con su consecuente condena de cuatro meses de cárcel para el director.
            El Pasolini enorme es el crítico literario y el periodista; dos caras de este intelectual de muchas caras. Como crítico era extraordinario incluso desde joven; eso es evidente desde su tesis de licenciatura sobre Pascoli (poeta muy ligado a él), a la cual se había dedicado en 1944-1945 ¾¡no era una tesis para el tiempo de la guerra!¾ y que fue publicada de manera póstuma en 1993. Además son notables las dos colecciones antológicas, la primera de 1952 sobre la poesía dialectal italiana del siglo XX que tuvo una reseña de Montale; la segunda, el Canzoniere italiano, de 1955. De cualquier modo, sus primeras intervenciones fueron siempre agudas e innovadoras: en Passione e ideologia (1960), con ensayos muy diversos, incluso caóticos como el muy osado “La confusione degli stili”, se percibe mucho la lección, altísima, de Contini, mientras que en Descrizioni di descrizioni (1979), breves reseñas realmente magistrales publicadas después de su muerte, el lenguaje ¾incluso para su publicación en el periódico¾ es más claro y el discurso más organizado, con mayor precisión tanto del estilo como del aspecto ideológico de los autores reseñados. Estos son los juicios sobre su obra o sobre el conjunto de ella que se pueden dar a casi cuarenta años de su muerte. Sin embargo, no creo en los inventarios de tipo positivista darwinianos que determinan “eso que está vivo de lo que está muerto” de un escritor. Es un catálogo necesario, que indica la aceptación de cierta responsabilidad por parte del crítico, que establece una especie de cotización en la bolsa de valores de sus obras, pero que necesita ir más allá esforzándose en la definición de la sustancia de su mensaje y de la naturaleza de su lección.
            Si consideramos algunos aspectos de su sociología es fácil acusarlo de tradicionalista, de nostalgia por la sociedad campesina y por aquella pre-industrial ¾como por su parte muchos hicieron¾ pero es limitarse a la apariencia y, por consiguiente, casi una equivocación, ya que la sociedad no consumista y campesina se vuelven en Pasolini piedras de comparación para un diagnóstico despiadado del presente en cuanto expresan su búsqueda de la autenticidad de la vida, la propuesta de una sociedad en la cual las relaciones humanas no sean sustituidas por la absurdidad de las relaciones mercantilizadas. La imposibilidad de reducir los valores a cosas: esto era lo que le afectaba y que denunciaba en su actividad de moralista. Porque Pasolini, en efecto, no fue un periodista sino un moralista que escribe sobre los periódicos, que es distinto. Es verdad que en sus inicios había hecho análisis periodísticos, pero poca cosa con relación a la mole de su perenne debate con la sociedad desde las columnas de los periódicos y semanarios. Por lo tanto, un moralista. Para intentar una mejor definición de él, recientemente se ha tomado una dirección equivocada, oponiéndolo claramente a Calvino: este último habría sido ultra controlado, cerebral y estratégicamente volcado a construir sus obras para obtener el favor del público; en cambio Pasolini visceralmente se exponía sin cálculos. Entre paréntesis, el juicio sobre Calvino es equívoco ya que su racionalismo era típico de quien no tiene certeza epistemológica, es decir, de quien sabe que los resultados de la razón presuponen siempre el límite de la razón misma, y que cualquier sistematización racional del caos de las cosas es siempre provisional. Además semejantes contraposiciones son poco fructíferas. A su modo, Pasolini fue un gran estratega que había moldeado su trabajo para desafiar a la colectividad y al mismo tiempo exhibirse (en los dos verbos no existe algún contenido negativo: todo intelectual inventa la forma de su presencia en el mundo). Una lírica conocidísima contenida en sus trabajos, incluida en L’usignolo della Chiesa cattolica nos sugiere cuál es su forma específica de existir, casi una dádiva de sentido al cristo crucificado; cito un extracto: “Es necesario exponerse (¿esto enseña / el pobre cristo clavado?), / la claridad del corazón es digna / de cualquier desdén, de cualquier pecado / de cualquier pasión desnuda… / (¿esto es lo que quiere decir el Crucifijo? / sacrificar cada día la entrega /renunciar cada día al perdón / asomarse ingenuamente sobre el abismo). // Estaremos postrados sobre la cruz, / al escarnio, entre las pupilas / límpidas de feroz alegría, / descubriendo el irónico goteo / de la sangre del pecho a las rodillas, / mitos, ridículos, temblando / el espíritu y la pasión en el juego / del corazón árido en su fuego, / para constatar el escándalo”. Son versos extraordinariamente elocuentes: exponerse, escandalizarse, exhibir la miseria del cuerpo (o sea de sí como individuo) martirizado. Presupuesto absoluto: ser víctima de una injusticia. Pasolini, el “pobre Cristo”, será siempre fiel a esta tarea. Por su parte, en el Vangelo secondo Matteo, la Virgen afligida bajo la cruz es interpretada por la madre de Pier Paolo: la necesidad de ser él, de nueva cuenta, un Cristo piadoso para la madre, y la necesidad de hacer llorar “por sí mismo” a la madre que tanto había llorado por su otro hijo muerto, Guido. Este elemento exhibicionista, visceral, está en el fondo de la tragedia personal de este intelectual, pero también de su escritura por momentos profética, de su apacible crueldad y despiadado agnosticismo. No hay duda de que el Cristo que habla con dureza y sin piedad en el Vangelo tienen la connotación que Pasolini quería atribuir a sí mismo como maestro y guía negando al mismo tiempo ¾por su íntima contradicción como persona que se definía absolutamente excepcional y único pero también pobre y solo¾ el deseo y el poder ser en algún modo maestro de alguien. En efecto, la homosexualidad jugaba como síntoma de su diversidad. Pasolini que desde las columnas del semanario Vie nuove expresa juicios sobre la familia, sobre la escuela y sobre el catolicismo de los conservadores es extraordinariamente inteligente pero también inquietante: hay como un substrato inconfesable detrás de sus juicios en donde se puede atisbar un elemento profundamente subversivo que jamás pudo decir en modo explícito en las columnas de un periódico. Es la misma ambigüedad que se encuentra en las cartas de juventud a Bemporad, de quien, repensando aquello, se entiende que le ha escrito uno que jamás podría amar a una mujer, si no a la madre, pero que no podía declararlo a su interlocutora. A veces, en su hablar de problemas vinculados al sexo, el indicio se vuelve explícita, y ya estamos en los años setenta; como cuando, hablando del aborto, declara que existen otras formas de sexualidad que no implican el riesgo de una maternidad no deseada. En este sentido, es necesario aclarar un aspecto que tradicionalmente ha vuelto a Pasolini un apóstol del anti-aborto. Me refiero al famoso artículo en el Corriere della sera del 19 de enero de 1975 publicado con el título “Sono contro l’aborto”, donde habla de la legalización del aborto como “legalización del homicido”. En efecto, las tonalidades son oscuras, las palabras fuertes, la toma de posición ¾en este primer artículo sobre el tema¾ es clarísima, pero también es necesario reparar la defensa de los “sexualmente diversos” que terminaron en el lager, y aún más: la invitación a luchar contra la sociedad “sobre el plano de la causa del aborto, es decir, sobre el plano del coito”. Como sea, su posición pasó a la historia, ya que percibida como anti-abortista en absoluto por los conservadores y por los católicos reaccionarios interesados, en realidad fue la misma posición del PCI: en el artículo sucesivo (del 30 de junio), en efecto, escribe: “Mi posición sobre este punto […] coincide finalmente con aquella de los comunistas”, y proseguía: “Es necesario evitar primero el aborto y, si se logra, es necesario hacerlo posible en términos legales sólo en algunos casos ‘responsablemente valorados’”. De ahí que fuese a favor del aborto en ciertos casos bien definidos; por qué se volvió en absoluto el gran intelectual anti-abortista forma parte de la mala fe de los conservadores que por razones instrumentales dejaron de lado excepcionalmente su odio en las confrontaciones de un intelectual que siempre han desconocido y maldecido.
            Se puede decir vulgarmente que Pasolini “no se contenía”: frente a sucesos graves y generales era imposible pedirle que no reaccionase diciendo lo que pensaba y hablase de otra cosa, quizá haciendo consideraciones inteligentes pero no sincronizadas sobre cuanto había sucedido. Citemos un solo caso: en 1968 tiene el encargo de redactar la rúbrica “El Caos” sobre el semanario Il Tempo, donde debía ser sobre todo un “bote pronto” con los lectores sobre argumentos de actualidad. Sin embargo, el 20 de enero de 1970 el director Nicola Cattedra le escribe que la rúbrica sería suspendida momentáneamente porque Pasolini se ocupaba de “temas específicamente políticos, es más diría que técnicamente políticos”, y en marzo se concretaba el término de la colaboración, de hecho interrumpida desde enero, dado que los lectores manifestaron su disenso en las confrontaciones de sus escritos; y aducía problemas no políticos pero de lenguaje (una disculpa absurda, obviamente, en noviembre de 1972 Pasolini retomaba su colaboración con el semanario con una columna de crítica literaria, por consiguiente, “más difícil”). Y no es que Pasolini acertará siempre: de un texto mecanografiado que encontré hace años y que luego no fue publicado parece que él, en una reacción apurada, estaba convencido en el involucramiento de Valpreda en la matanza de Milán de diciembre de 1969.[2] Pero este es otro discurso.
            Pasolini fue el primero en acuñar algunas metáforas que permanecen en el lenguaje común: la distinción entre historia italiana “antes de las luciérnagas” y aquella posterior identificada como un pasaje de época, conjuntamente de naturaleza ética y antropológica, sacando a luz las dos formas contrastantes de nuestro estar en el mundo: la de la armonía con la naturaleza y la de la devastación urbana. Lo que pensaba Pasolini de un país que ha construido en los últimos cincuenta años más que en los diez siglos precedentes está contenido en esta fórmula. Además, el “palacio” como metáfora de la lejanía del poder frente a los ciudadanos. Era necesario ser agudos para sacar a la luz hace cuarenta años lo que se ha vuelto el gran problema de Italia en su época contemporánea. Asimismo para algunos parece una profecía el hecho de pronosticar la matanza de Boloña que tuvo lugar cinco años después de su muerte: en cambio era la huella de su gran inteligencia, ya que anticipó los movimientos de quien habría actuado efectivamente: para debilitar a la izquierda era necesario demostrar la vulnerabilidad de su fortaleza simbólica. Así pues, incluso la insistencia anafórica de su famoso artículo “Yo sé. / Yo sé los nombres de los responsables de aquello que es llamado golpe”, que es una obra maestra de retórica en la cual la serie de los enunciados cognitivos se concluye con el famoso pasaje: “Yo sé. / Pero no tengo las pruebas. No tengo ni siquiera indicios. / Yo sé porque soy un intelectual, un escritor, que intenta seguir todo aquello que está pasando”. Obra maestra de retórica pero también de inteligencia y de aquello que una vez se llamaba “compromiso civil”. El único, el más agudo que se quedaba en los intersticios para decir en modo directo y claro ¾directo como el lenguaje duro e inconfundible del Cristo del Vangelo secondo Matteo¾ su verdad. El último contra todos, y por lo tanto una víctima potencial. Pasolini decía aquello que todos nosotros podríamos suscribir: incluso nosotros sabíamos que de jóvenes gritábamos en la plazas todos los nombres, pero no teníamos las pruebas. Esta condición típicamente intelectual de percibir la verdad sin poderla demostrar en detalle era la condición más difícil, incluso la más peligrosa. Pasolini escribe para todos, y lo pagó. A casi cuarenta años de distancia nos deja como herencia el coraje de la impotencia, aquella agresividad de una persona que se sentía sola, culpable e indefensa y por lo tanto potencialmente una víctima sacrificial. Amado y no amado al mismo tiempo por todas las personas burguesamente “rectas” se demuestra aún una vez por lo que siempre fue: un iluminado y trágico agitador, uno que logra despertar los sentidos de culpa en aquel que sabe que cedió el espacio a las fuerzas negativas subversivas a cambio de un vivir sosegado, por renuncia psicológica, por falta de coraje, y por lo tanto, de inteligencia. Cuántas ocasiones en estas décadas nos hemos dicho “nos falta”, con la certeza de que su diagnóstico inteligente y audaz de los graves hechos sucedidos en Italia, y que aún suceden, nos habría iluminado. Y esta es la única pero feliz certeza: no podremos liberarnos jamás de él.



* Publicado originalmente en la revista italiana Cosmopolis, año V, núm.1, 2010. Traducción de Israel Covarrubias.
** Profesor titular de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Perugia, Italia

[1] La ENI italiana era el acrónimo del Ente Nazionale Idrocarburi privatizado en 1995 y que a pesar de la transformación de sus productos, conserva las iniciales (nota del traductor).
[2] El autor hace referencia a la matanza de Piazza Fontana en 1969, atribuida a grupos anarquistas, donde militaba precisamente Piero Valpreda y que funge como inicio de los llamados “años de plomo” en Italia, que corren a lo largo de la década de los setenta y se “clausuran” en 1978 con el asesinato del entonces líder de la democracia cristiana, Aldo Moro (nota del traductor).

[Publicado en Metapolítica, año 17, núm. 80, enero-marzo de 2013, pp.63-68]

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