Mario Perniola, Cuando el arte se vuelve política


CUANDO EL ARTE SE VUELVE POLÍTICA*
Mario Perniola**

Al lado de la revuelta social que se ha expresado desde la Edad Media en alborotos, rebeliones, movimientos de sublevación, motivados en general por razones económicas, siempre ha existido una disidencia cultural y artística que está precedida en modo paralelo generalmente sin alguna relación directa con la primera. La obra del poeta francés François Villon (1431-1463?) ofrece un cuadro del carácter tumultuoso de la vida de los estudiantes de las universidades. Por siglos la existencia de una zona gris entre el mundo del saber y la mala vida ha constituido un aspecto singular de la cultural de París, que se ha prolongado casi hasta el día de hoy, transformando a Villon en el arquetipo de todos los poetas y escritores malditos sucesivos. 
Quizá un auténtico encuentro entre la revuelta social y cultural sucedió por vez primera en las tendencias más radicales de la Reforma protestante del siglo XVI, cuyas directrices iconoclastas crearon en muchos artistas alemanes un profundo malestar en las confrontaciones de su actividad, empujándolos a la introducción de elementos de auto-contestación en sus obras, como en las numerosas Lucrecias de Cranach, de Dürer, de Baldung Grien donde la punta del cuchillo dirigida hacia el cuerpo parece incluso querer lacerar la tela. La figura emblemática de este malestar es aquella del pintor Jörg Ratgeb (circa 1480-1526), que en la Guerra de los Campesinos de 1525 se unió a los revoltosos ocupando cargos directivos y participando militarmente en la lucha. 
       Repensando en los sucesos de las grandes revoluciones del siglo XVIII hasta el siglo XX la conexión entre el aspecto político-económico y el cultural-simbólico se presenta variado y complejo. En muchas ocasiones la cultura artístico-literaria ha sido una simple actividad de acompañamiento emocional de los hechos y la caja de resonancia de acciones externas. La historia política y cultural siguieron lógicas y caminos autónomos que raramente se encontraron. Por consiguiente, por un lado se corre el riesgo de menospreciar la autonomía de las producciones simbólicas interpretándolas según esquemas extraños a los códigos de pertenencia; por el otro, se está tentado a otorgarles una capacidad de influencia bajo el desarrollo de los acontecimientos históricos que es completamente ilusorio, atribuyendo a los pensadores y a los artistas responsabilidades que no tienen. La rebelión es el lugar por excelencia del equívoco, sobre todo cuando sale victoriosa. Georg Büchner, en el drama La muerte de Danton (1835), ha escrito una frase destinada a volverse célebre: “La revolución es como Saturno, devora a sus propios hijos”. Además, acciones intencionales tienen consecuencias imprevisibles y con frecuencia opuestas a los deseos de quien las ha llevado a cabo. Los años sesenta del siglo XX señalan el ingreso de un nuevo régimen de historicidad, en el cual la protesta económico-política y la disidencia artístico-cultural se cruzan mucho más que en el pasado: el Mayo francés de 1968 es considerado como el epicentro de este matrimonio, ya que una revuelta de estudiantes puso en movimiento una huelga salvaje de diez millones de trabajadores. Sin embargo, en ese entonces el encuentro fue efímero y fuertemente condicionado por los instrumentos de comunicación de masas. Hoy una nueva generación de rebeldes busca sustraerse en todos los modos posibles a la espectacularización y a los medios de comunicación: rechazando las lógicas del consumismo y del crecimiento cuantitativo, se orientan hacia el pauperismo voluntario y el regreso a estilos de vida pre-modernos. La filosofía que los incita es una especie de neo-existencialismo inconsciente, en el cual lo esencial es la necesidad de relaciones sinceras y auténticas. 

* Traducción de Israel Covarrubias.
** Director del Centro de Estudios y Documentación “Lenguaje y pensamiento” de la Universidad de Roma “Tor Vergata”, Italia. 

[Publicado en Metapolítica, vol. 17, núm. 81, abril-junio de 2013, p. 17].

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