El dolor del tiempo: los síntomas



Foto: Arturo Talavera, de la serie Figuras del ocaso.





EL DOLOR DEL TIEMPO: LOS SÍNTOMAS
Paola Martínez Hernández

CUERPOS TEXTUADOS
Con cada época se asiste al nacimiento de una fantasía de dominación sobre el otro y el entorno, es así que cobran vida dispositivos, instituciones, nociones e ideas encargadas de controlar y originar productos que sostengan la fantasía sobre la que se ha posado esa visión del mundo. Construir y hacer una época, un tiempo, implica echar a andar una maquinaria cuya misión consistirá en ejecutar dispositivos de control y poder, múltiples formas de disciplinar y moldear a quienes viven en ese espacio y tiempo para producir los seres humanos “capacitados” para vivir el presente y “construir un futuro”.
Estas nociones temporales (presente, pasado y futuro) y los dispositivos de poder se justifican mediante múltiples promesas como las de estar haciendo historia, estar haciendo el bien, estar haciendo lo mejor para el otro –aunque este ni lo pida ni lo quiera–; promesas que no hacen más que llevar al nivel del lenguaje, del discurso lo conveniente para instituir la ideología que pretende dominar ese contexto:

La ideología dominante se transforma en técnica, con el programa esencial de hacer un lenguaje y ya no de leerlo. El lenguaje mismo debe ser fabricado, ‘escrito’ […] Esto implica un distanciamiento de lo que concierne a la vida del cuerpo (el de las tradiciones así como el de los individuos) y pues también de todo lo que, en el pueblo, queda ligado a la tierra, al lugar, a la oralidad o a las tareas no verbales. El dominio del lenguaje garantiza y aísla un poder nuevo, ‘burgués’, el de hacer la historia al fabricar lenguajes. Este poder, esencialmente escriturario, no se opone solamente al privilegio del ‘nacimiento’, es decir de los nobles: define el código de la promoción socioeconómica y domina, controla o selecciona según sus normas a todos los que no poseen este dominio del lenguaje. La escritura se vuelve un principio de jerarquización social que ayer privilegiaba al burgués, hoy al tecnócrata (de Certeau, 2007: 152).

De acuerdo con Michel de Certeau, a los cuerpos se les hace decir mediante operaciones de corrección que tendrían como finalidad sacar de los cuerpos aquello que se considera un exceso o añadir ahí donde hay un déficit “[…] esta actividad extractora o aditiva remite a un código. Mantiene los cuerpos dentro de una norma. A este respecto las vestimentas mismas pueden pasar como los instrumentos gracias a los cuales una ley social se apropia de los cuerpos y de sus miembros los ordena y los ejerce mediante modificaciones de moda como si se tratara de maniobras militares” (2007: 160).
Numerosas son las instituciones que han sido creadas en nombre de la ley y para justificar este afán de control, la escuela, el hospital, el psiquiátrico, las prisiones, etcétera, son lugares establecidos en el intento por producir la norma o bien para colocar en algún lugar aquello que escapa o se desvía de ésta, es el caso de las prisiones y el hospital psiquiátrico, es un ejercicio de sometimiento como lo enuncia Dufour (2009: 48) “[…] en todas partes hubo que armar minuciosamente textos, dogmas, gramáticas y todo un campo de saberes para someter al sujeto, vale decir, para producirlo como tal, para regir sus maneras –eminentemente diferentes aquí y allá– de trabajar, hablar, creer, pensar, habitar, comer, cantar, amar, morir, etc. Parece así que lo que llamamos ‘educación’ nunca es otra cosa que lo que fue institucionalmente establecido con respecto al tipo de sumisión que había que inculcar para producir sujetos”. Pensar al cuerpo humano es imposible sin tener en cuenta que se encuentra atravesado por múltiples discursos cuyas inscripciones pretenden organizar y controlar las maneras en las cuales un cuerpo debe dar respuesta, comportarse, expresarse, decir, vestir, para finalmente encarnar estos discursos, darles cuerpo, como escribe de Certeau (2007: 153):

Sea como sea, la ley se escribe sin cesar sobre el cuerpo. Se graba en los pergaminos hechos con la piel de los sujetos. Los articula en un corpus jurídico. Los hace su libro. Estas escrituras efectúan dos operaciones complementarias: para estas escrituras, los seres vivos son, por un lado, “puestos en texto”, transformados en significantes de reglas (se trata de una intextuación) y, por otro, la razón o el Logos de una sociedad “se hace carne” (se trata de una encarnación).

Esta ley que se inscribe en el cuerpo, lo regula e inserta en el universo de lo humano donde: “Fabricar el vínculo institucional es obra de la genealogía, que hace sostener el hilo de la vida, recuerda al sujeto su asignación en la especie y procura a la sociedad su material vivo. El estudio de este vínculo hoy conduce a poner en relación lo biológico, lo social y lo inconsciente, a retomar sobre esta base la observación de la función jurídica, que en lo esencial consiste en producir artificialmente el anudamiento de estos tres índices de lo humano” (Legendre, 1996: 10). El cuerpo reglado donde la ley se hizo carne es ya un cuerpo social, marcado por la palabra, mediante la habitación de un sujeto de derecho, un sujeto a la ley, un sujeto del lenguaje.
Una vez escrita ésta, la ley encarna la escritura de lo social y de la historia de su tiempo que otorga una palabra, “un nombre” para designar ese cuerpo, que deviene signo y que en su relación con los otros cuerpos articulan un discurso. “De esta carne opaca y dispersa, de esta vida exorbitante y alterada, pasar en fin a la limpidez de una palabra, volverse un fragmento del lenguaje, un solo nombre, legible para los demás, citable” (de Certeau, 2007: 162). Sin embargo a la vez que se responde a un nombre, se es ya un signo que se trenza en un discurso, en ese cuerpo habita una subjetividad cuya historia será singular, desde la que es posible insertar una diferencia, marcar un límite y resistir a los discursos impuestos, hay también algo de la carnalidad de ese cuerpo que logra evadir esta imposición de la ley, del discurso. Desde ese nombre se responde al Otro figura donde se hallan concentradas todas las instancias que se han ocupado del orden y dominio: Dios, la religión, el soberano, la ley, etcétera.
El cuerpo deviene así territorio donde convergen múltiples textos con algo originalmente corpóreo que escapa. Estos actos de incorporación han dejado resquicios al atravesar, espacios de fuga desde los cuales producir algo único es la obra a realizar. Es necesario que algo escape, trasgreda para que la ley inserta tenga razón de ser: “tal vez la ley no tendría poder alguno si no se apoyara sobre el oscuro deseo de intercambiar algo de la carne por un cuerpo glorioso, de ser escrito, así fuera mortalmente, y de ser transformado en una palabra reconocida. Aquí todavía, en esta pasión de ser signo, sólo se opone el grito, extravío o éxtasis, revuelta o fuga de lo que del cuerpo escapa a la ley de lo nombrado” (de Certeau, 2007: 162).

LA ESCRITURA DE ESTE TIEMPO
Discursos como el de la democracia, la globalización y el capitalismo signan los cuerpos del mundo contemporáneo. La lógica de producción, del mercado ha transformado la forma de instituirlos. Ante la urgencia de la producción resulta innecesario que los sujetos se pregunten sobre sí, o sobre cualquier cosa, que duden, no hay tiempo que perder en esta economía donde los cuerpos son considerados meras máquinas de producción.
Esta lógica capitalista ha engendrado una ciencia y un Estado adecuados para el crecimiento del mercado, el Estado fue perdiendo fuerza (ahora es esclavo de las bolsas de valores del mundo), la ciencia es hoy un agente neutralizador de la subjetividad que se pretende omnipotente, infalible, ciencia que no concibe que algo se le escape, todo es ubicable, explicable, contable. Estos discursos contemporáneos han apostado por restarle al sujeto su capacidad de responder, responder en cuanto a hacerse cargo, dar respuesta a algo, de ser responsable de él, del otro, de usar su voz, se pretende minar su resistencia. Se ha vuelto cotidiano el escuchar que los científicos han localizado: ora el gen de la homosexualidad, ora el de la anorexia, ora el circuito neuronal que tiene que ver con la depresión, etcétera, investigaciones en las que el discurso adquiere un tono contundente, preciso, que pretende eliminar toda posibilidad de duda, de falta, de que algo se escape, lo que pone en marcha el imperativo categórico del capitalismo: Consume! Éste echa a andar su discurso y se apresta a consumir a los sujetos, a los cuerpos, al deseo.
Discurso en el que encontramos frases como la de have a condition que son impuestas a quien con su cuerpo, con sus afectos intenta hacerse oír. Tener una condición es una nueva forma de excluir aquello que resulta intolerable, es un no querer escuchar que ese que tiene “una condición” puede también hacerse cargo de ella. En esa “condición”, que puede ser cualquier cosa que altere el sistema de producción, lo que hay es un afán por desresponsabilizar al sujeto para volverlo un ser para el consumo.
Sin embargo como sabemos siempre hay algo que escapa, algo del orden de lo inaprensible que ante toda acción de una maquinaria opone una resistencia, desde la cual, esa falta, eso no dicho, ese no todo, habla y hace posible conocer la singularidad exiliada de quienes habitan en una época, hacen caer a ese lenguaje que se muestra como completo, es ahí donde en un momento para censurar lo desviado, la locura; falló la camisa de fuerza y ahora falla la camisa química, ahí donde el cuerpo se resiste y expulsa su discurso, sus palabras, se pone en acto.
En este tiempo donde atiborrados de comida, los cuerpos se niegan a consumirla, donde ante la voracidad del mercado por capitalizar todo -incluso eso que habita en los márgenes- las prácticas de resistencia se vuelven extremas: cutting, adicciones, ataques de pánico, anorexia, bulimia son síntomas de este tiempo donde pareciera que el sujeto ha sido empujado al límite para poder desde ahí significar eso que pulsa hacia la vida, su deseo: “La idea de la vida fabricada por Occidente terminó por asfixiar lo trágico y divinizar la ciencia. El nuevo pensamiento positivo fabrica ignorancia con ciencia. Pero el enigma de la especie subsiste; para el humano, algo en la vida es más valioso que la vida: la razón de vivir” (Legendre, 2008:65).

REFERENCIAS
De Certeau, M. (2007), La invención de lo cotidiano, 1. Artes de hacer, México, UIA.
Dufour, D-R. (2009), El arte de reducir cabezas. Sobre la nueva servidumbre del hombre liberado en la era del capitalismo total, Buenos Aires, Paidós.
Legendre, P. (1996), Lecciones IV. El inestimable objeto de la transmisión. Estudio sobre el principio genealógico en Occidente, México, Siglo XXI Editores.
Legendre, P. (2008), Dominium mundi. El imperio del Managment, Buenos Aires, Amorrortu.


[Artículo publicado en Metapolítica, vol. 16, núm. 79, octubre-diciembre de 2012, pp. 72-74.]

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