Sobre Charles Bowden


México, Estado doble y soberanía criminal
Israel Covarrubias

[Charles Bowden, Ciudad del crimen. Ciudad Juárez y los nuevos campos de exterminio de la economía global, México, Grijalbo, 2010].

Con frecuencia, los estudios sobre los fenómenos de la democratización se ocupan de unidades espaciales de análisis, dadas las dificultades metodológicas que presuponen las unidades temporales en la indagación sobre el cambio político. Es decir, la espacialidad del análisis significa la posibilidad de indagar y constatar la existencia de los lugares en los cuales las dinámicas del cambio político se desarrollan: por ejemplo, las sedes institucionales del régimen y del sistema político –partidos, congresos, elecciones, gobiernos, clase política– que al precisar su lugar en el espacio permiten un análisis extensivo respecto a un periodo de tiempo específico, lo que sugiere la “invención” de una línea de continuidad por default, ya que la unidad espacial queda “encapsulada” en el paréntesis temporal que casi por fuerza muestra un inicio y un final, de lo contrario, ¿cómo poner en evidencia y diseccionar el desarrollo de un fenómeno político si aún sigue en curso? Sin embargo, no es fortuito que en todo análisis espacial de los momentos característicos de los fenómenos de democratización, quienes los estudian en algún punto tienen que dar cuenta del proceso –no del fenómeno– temporal de quiebra y desgajamiento de la política. Es decir, con la quiebra diversos momentos de las estructuras políticas se rompen y pierden, y con el desgajamiento algo se despedaza y abandona, por lo cual son cuatro dimensiones estrechamente conectadas las que aparecen y merecen nuestra atención.
Si bien es cierto que la quiebra del tiempo supone un cambio agudo de las perspectivas espaciales con relación a las modalidades de organización y administración del poder público y político, así como de los acuerdos tácitos/explícitos en las formas de producción de las relaciones de mando-obediencia que están en su base y que permiten sus desarrollos (Pozas Horcasitas, 1997: 136 y ss.), también resulta fundamental interrogarnos sobre el peso que determinados momentos o perturbaciones históricas tienen –en términos intensivos– para un conjunto de eventos políticos que lo seguirán (pero que también lo han acompañado y/o antecedido), ya que llegarán a cambiar la dirección y desenlace de los acontecimientos. Más aún, cuando las perturbaciones/discontinuidades (quiebras y desgajamientos) no corresponden espacialmente a la lógica de la política, sino que su orilla de inicio es de otra índole, como puede ser el caso del proceso de estructuración del régimen económico de una nación, o aquel de la visibilidad de la participación (que no es sinónimo de participación política, mucho menos indicativo de sus cuotas en un momento histórico determinado por el proceso político) bajo las formas de la protesta (violenta o no), de la migración y/o hartazgo en términos ideológicos y performativos, o del rechazo/aceptación de las nociones históricas predominantes en torno a la autoridad y el orden (Covarrubias, 2012).
En este sentido, Ciudad del crimen. Ciudad Juárez y los nuevos campos de exterminio de la economía global del escritor norteamericano Charles Bowden es una obra que expresa algunos de los procesos de quiebra y desgajamiento temporal más recientes en la frontera norte de nuestro país, sobre todo cuando ha sido claro el incremento de la visibilidad de un particular tipo de participación que ha encontrado su impronta en el crimen y asesinato. Esto nos obliga a expandir el campo intelectual desde el cual es posible entender las maneras de participación en una sociedad determinada históricamente por formas de expresión que, en primera instancia, aparecen como poco convencionales o adheribles a las formas típicas de la participación. Más aún, cuando observamos el problema en una ciudad donde el asesinato (homicidio) no manifiesta constantes claras en términos históricos. A principios de los años noventa, Juárez tenía una tasa de homicidio menor a 10 por cada 100 mil habitantes, para alcanzar un pico de 35 homicidios por cada 100 mil habitantes en 1995, descender hasta 15 homicidios en 1999, para posteriormente “estabilizarse” entre los años 2000-2002 y luego manifestar una tendencia decreciente hasta 2007, pero que no deja de estar por arriba de la tasa nacional de 8 homicidios (Escalante Gonzalbo, 2010: 317). A pesar de lo inaprensible del número y su capacidad censuradora, en Ciudad Juárez los patrones del homicidio cambiaron radicalmente a partir de 2008 cuando la tasa de homicidios se disparó hasta alcanzar 1 607 en ese año. Los años posteriores fueron en ascenso: 2643 homicidios en 2009, 3117 en 2010, 1910 en 2011 (El Universal, 28/12/2011). En gran medida, el repunte coincide con los esfuerzos de una serie de estrategias estatales, municipales (que en el caso de Juárez no cuentan mucho) y federales contra la delincuencia organizada que, en el intento de evitar el asesinato, termina por reproducirlo.
La obra de Bowden se encuentra lejos de los lugares comunes que asume el periodismo mexicano acerca de los fenómenos contrarios al orden que le subyacen a la cornisa semántica del crimen (des)organizado, y lejos también de la pretensión de actualidad de los medios de comunicación, de las instituciones políticas y de la industria editorial que está rebasada por la velocidad con la cual cambian los vectores de relación de los procesos contiguos a la criminalidad y desorganización social y ante los cuales sucumbe. Al respecto, Bowden señala: “Hay demasiados autores escribiendo demasiados cuentos sobre los cadáveres, hay demasiados estilos de escritura, y demasiados especialistas forenses obnubilados por las formas criminales de la prosa. No importa qué tan inteligente sea el que examina, siempre hay una puerta detrás de cualquier explicación que se ofrece” (pp. 199-200). Es decir, una puerta detrás que produce una paradoja constitutiva en las formas causales de explicación de los fenómenos vinculables a lo criminal, donde lo evidente es que cada respuesta a una interrogante determinada produce nuevos problemas y nuevas vías interpretativas.
En este sentido, el autor nos presenta una reflexión no superficial en el sentido de que no “mira” exclusivamente la superficie del crimen presente en los últimos años en Ciudad Juárez, sino que se interroga sobre lo que oculta precisamente la pretensión de actualidad de la violencia como fenómeno cultural y político, pero además como síntoma de las estrategias de conjunción de la vida en sociedad. Publicado hace dos años, este libro no deja de mostrarnos con claridad que es una reflexión para el tiempo presente, y que lejos de ser un trabajo de actualidad política merecedor de una serie de comentarios inmediatamente después de su publicación y puesta en circulación, propone un lenguaje distinto y valioso para presentar a la violencia que cambió de ritmo y variabilidad en Ciudad Juárez entre los años 2008 y 2009, lo que lleva al autor a interrogarse y quebrar mínimamente las formas sistemáticas de “ignorar a los muertos en la tierra del asesinato” (p. 42).
Sin embargo, esta forma de ignorancia se puede ubicar en medio de aquel proceso que tentativamente definiré como el momento de la aparición del sujeto criminal al tiempo que desaparece del acto criminal y el producto de éste último (víctima). No pueden reunirse en el mismo campo de experiencia, mucho menos en el mismo nivel semántico. Es decir, aquel que es y que además resulta identificado como el autor de la violencia tropieza irremediablemente con el anonimato institucional inherente (por ejemplo, expresado en los pasamontañas usados de manera sistemática por el ejército y la policía federal en funciones de orden público) que permite a la autorización territorial del orden político estatal el ejercicio arbitrario de la violencia, con lo cual se abre un espacio de disputa, sobre todo con relación a la ficción histórica de la legitimación en su uso. Por ello, el autor de la violencia no puede ser definido si no se inscribe en el espacio de disputa/lucha donde potencialmente podrá comenzar un conflicto y que por su parte no tendrá en la violencia forzosamente el motor de su acción. En realidad, la violencia es un efecto de la presión que le subyace a la producción de las diferencias en el interior de la existencia en común, es una quiebra en la transmisión o comunicabilidad de un régimen de existencia, pero conflicto y violencia no son universos que correspondan a una misma lógica de evolución (Cfr. Covarrubias, 2011).
Este es el caso del estatuto de la desaparición, donde nos enfrentamos con la evidencia de una futilidad que engrandece la sordera institucional, en este sentido el autor nos dice: “Desaparecer aquí es siempre una posibilidad, y esto le da a la ciudad un aura especial. Los secuestros son frecuentes, pero al menos significa que alguien quiere devolver a los desaparecidos y que alguien está actuando de una manera racional, donde el hombre tiene algún valor en dinero y es viable una transacción. Desaparecer quiere decir una página medio escrita, una historia que nunca terminó de contarse. Es más definitivo que la ejecución final, porque significa no nada más ser asesinados, sino también borrados de la memoria colectiva” (p. 65).
Entonces, al forzar la aparición de la palabra –no como antídoto ya que jamás lo habrá– sino como forma de escribir una historia que contribuya a disolver el acto criminal, el libro de Bowden marca su sentido profundo –y por ello destempla el lenguaje de la política– alrededor de los efectos no esperados de la reproducción de los mercados subyacentes al llamado capitalismo posmoderno. Al respecto, es elocuente el subtítulo de la obra. Y no es fortuito que Ciudad Juárez fue precisamente uno de los principales laboratorios globales en torno a las direcciones y sus efectos disgregadores que estaba observando el capitalismo con el cambio de siglo. En un polémico trabajo precedente sobre los efectos sociales no esperados del cambio en la estructuración económica de esta frontera, Bowden (1998) de la mano de un conjunto de fotoperiodistas (particularmente del fotógrafo Julián Cardona) radicados en Ciudad Juárez documentó el impacto social más visible que tuvo lugar en términos de transformaciones materiales y simbólicas importadas  por la desaceleración del mercado nacional y la apuesta por el modelo de maquila, que no dejaba de ser parte del sueño modernizador que venía de lustros atrás con el proyecto salinista (1988-1994) y la puesta en marcha del Tratado de Libre Comercio (TLC). Una de las paradojas más evidentes en ese entonces era que Ciudad Juárez se constituyó como un campo económico abierto que producía a ritmos acelerados mercancías en un contexto de completa ausencia de niveles organizacionales de las mismas (planeación, negociación y transacción). Esto es, una ciudad fábrica que se alineaba a un proceso creciente de asimetría de intercambios políticos y económicos con su contraparte estadounidense, ya que en la ciudad de El Paso, Texas, estaba contenida casi la totalidad de la estructura organizativa de la industria maquiladora. De aquí, pues, que el autor afirme: “[…] hacer caso omiso de los muertos permite a Estados Unidos obviar el fracaso de los esquemas de libre comercio que, en Juárez, están produciendo pobres y muertos con más rapidez que cualquier otro producto” (p. 31). Se puede sugerir entonces que la racionalidad el asesinato es impuesta por el mercado y su circulación, al ser el homicidio la forma social y política que operativiza determinados niveles de socialización en medio de la impunidad casi completa de la dinámica criminal fronteriza (Cfr. Covarrubias, 2005: 47-62). Por ejemplo, la tasa de desempleo en Juárez hacia finales del siglo XX era de 0.6 por ciento, frente al 8 por ciento de El Paso. La primera generaba 28 mil empleos por año y la segunda únicamente 2 500. El contraste brutal era el promedio de ingreso anual per cápita: en Ciudad Juárez era de 4 mil dólares y en El Paso de 14 mil. Este dato se invertía completamente con relación a la violencia. El Paso era la segunda ciudad menos violenta del estado de Texas y Ciudad Juárez la más violenta del estado de Chihuahua (Encuesta especial sobre incidencia delictiva en la ciudad de Juárez, Chihuahua, 1998 y 1999; El paso. The New Old West. El Paso Profile & Economic Summary, 1998).
Como sea, más que seguir la reproducción del campo semántico y político del Estado fallido, lo que pone en evidencia el caso de Ciudad Juárez a través de Ciudad del crimen es la creación y agudización de lo que Tunander (2009: 64) define como la acción de la forma dual en las estructuras de seguridad, donde al uso ofensivo de los aparatos de seguridad del Estado (ejércitos y policías) aparece también un uso defensivo de los aparatos de seguridad de determinados grupos sociales frente a otros grupos sociales y también contra el Estado. Pero además aparece su reversibilidad: el ejército y las policías pueden actuar ofensivamente contra un determinado grupo social para producir una defensiva que asegure intereses que no necesariamente corresponden con los del Estado. Y sucede exactamente algo análogo con los grupos sociales que el Estado refiere como delincuencia organizada: actúan ofensivamente para detener la violencia legítima del Estado a través de la defensa de su campo de acción con manifestaciones claras de una política semejante a la lógica suicida del terrorismo, usadas como respuesta a la exigibilidad por parte de los cuerpo armados del Estado (que también están en posición de usar la política del terrorismo) respecto a determinados intereses discrepantes e irreconciliables. En medio de todo esto, aparecen los ciudadanos que no se identifican y que no participan con alguna de las partes en conflicto, pero que padecen los efectos que generan las disputas, sobre todo con relación a las expresiones de violencia y sobre las cuales está soportada la reacción estatal contra la delincuencia organizada (Astorga, 2008).
¿Qué situación señala el desarrollo de estos fenómenos en Ciudad Juárez? Primero, el alejamiento de la suposición de que lo que ahí ocurre, sobre todo después del incremento acelerado de la violencia a partir de 2008, es la realización de una suerte de estado de excepción, ya que como bien indica Bowden, “Esto no es una ruptura del orden social. Este es el nuevo orden” (p. 212). Segundo, una querella en torno a la soberanía y las posibilidades de su emergencia (que indican las potencialidades de su desarrollo) a partir de un ámbito que podría ser definible como infra-estatal –Tunander usa la noción de stay-behind–, donde es necesaria la lógica clandestina de los diferentes ángulos de la criminalidad (deep State) para mantener en pie la vigencia del Estado democrático y sus sistemas de referencia. De aquí, pues, que sea evidente pensar el orden estatal mexicano en función de los campos de disputa de diversos grupos sociales, políticos y económicos que han establecido una lógica de soberanía criminal, que no sólo incluye y reproduce las distorsiones del Estado endeble desde el punto de vista legal en nuestro país. Incorporada al orden estatal, controla y desarrolla la tensión y la torsión de muchos de sus contenidos primarios. Quizá a partir de una indagación temporal sobre las zonas y fracturas, incluso fútiles, que permiten la dilatación de ciertos ámbitos del cambio político será posible desentrañar las articulaciones que mantienen la situación presente.
En realidad lo que sucede en Ciudad Juárez no es una novedad, por lo cual su lectura escapa a la actualidad en el sentido de sustraerse de otorgar/imponer una respuesta circunstancial: Yo, en este tema, pertenezco a una pequeña minoría. No veo ningún nuevo orden emergente, pero sí una nueva forma de vida, una más allá de nuestra imaginación y de las palabras claves que usamos para protegernos de la violencia. En esta nueva forma de vida jugamos todos y nadie está realmente al mando. El Estado aún existe, hay policías, un presidente, Congreso, organismos con sus grandes nombres grabados en las paredes de los edificios. Sin embargo algo ha cambiado […]” (p. 41).
Este panorama terminó por constituir un oxímoron. En el inicio del siglo XXI Ciudad Juárez se presenta como una realidad contra-fáctica que sólo en años más recientes, en concordancia con las semánticas declaradas en contra del crimen organizado en el actual sexenio, se vuelve un motivo de un experimento alejado de la experiencia social que tiene sus puntos de inflexión más altos en el particular y patético caso de la política del asesinato institucionalizado llevada a cabo por el anonimato de los pasamontañas militares y policiacos (la mimesis por parte de algunos grupos criminales de los uniformes confirman este hecho), incluida la industria de la crueldad extrema, ya que el ejército y la policía federal terminan por producir e inventar no sólo a la víctima, sino a los traficantes y asesinos, que son juzgados como asesinos después de ser asesinados: “Hay aquí un sistema de consuelo. Nadie sabe realmente quienes son los malos en Juárez. Hasta que son asesinados, y una vez que son asesinados, todo el mundo sabe que son malos porque la gente buena no tiene nada que temer” (p. 25).
Fue asesinado porque era asesino. La trampa tautología y la repetición ensañan el universo de inteligibilidad de la cuestión. Pero también cubren el espectro político al observar un desplazamiento de los criterios públicos de la responsabilidad, que terminan fugándose cada vez que aparece la pregunta sobre si realmente era un asesino (recuérdese la ejecución colectiva en un centro social para adictos en 2008). Esto nos lleva a sugerir que si toda ética se emparenta con una política y un campo específico de lo político, entonces toda denuncia que se instala en el campo de la escenificación pública de la violencia y el delito producen sus víctimas: no existe violencia que no las produzca. Sin embargo, es necesario decir que en el caso de Ciudad Juárez eso tampoco ya es suficiente: si la víctima es un atisbo, un resto que queda en forma de denuncia o clamor, igualmente puede dinamitar la producción de una auténtica política de la memoria. Pero el problema radica en que la memoria se desvanece con cada asesinato, ya que con cada muerte perece no solo un sujeto sino una coordenada de acción en ese campo de lo político que no deja de ser casi exclusivamente un testigo que perdió la capacidad para testificar sobre y contra la violencia y que pudiera ser el inicio de un principio de la política del testimonio en las ciudades de nuestro país. Esto es de particular relevancia en el caso de la constatación de una formación doliente que se sustrae por completo de las políticas de elaboración del duelo. Primero hay que producir el asesinato, y para ello hay que dejarlo que asesine, para después forzar la aparición de la víctima, y así volverlo sujeto punible; por extensión, sujeto institucional, con lo cual el resarcimiento del daño termina siendo imposible. Tal parece que ésta es la justificación de liberar determinadas zonas sociales de la tutela común del derecho y la ley en México. Más aún, cuando por mucho tiempo se habló de la frontera norte como un espejismo cultural, como forma posmoderna de la hibridación y la simetría casi perfecta de cualquier cosa con lo que fuera. No obstante, la escenificación de la sangre (por ello, la violencia está íntimamente ligada con la teatralidad) en la frontera norte, en particular, esta zona de frontera, no sólo presupone un espacio donde todo es posible, sino también es un espacio de disputa que nutre las expectativas de los sujetos/ciudadanos en el tiempo por venir. Quizá la disputa entre ordenes discrepantes sea la validación funcional del aspecto inquietante de aquel que se atreve a mirar el futuro como salida al tiempo presente y su creciente precariedad. Quizá sea el pago que una ciudad como Juárez está obligada a sostener en el tiempo para que no termine en el olvido. Al respecto, Bowden escribe: “Aquí hay que tener en cuenta que no habrá apocalipsis. La idea misma de un ocaso de los dioses adquiere sentido y progresa. No puedes caerte de una montaña a menos que la estés subiendo. Aquí nadie está apuntando hacia Belén para nacer. No nos reuniremos el año que entre en Jerusalén. Durante años pensé que estaba viendo a la ciudad ir de mal en peor, en una especie de terrible desvío de aquel destino idílico de un Estados Unidos con alimentos diferentes. Yo estaba ciego ante aquello que me abofeteaba la cara: el futuro. Un lugar donde la conversación es un arma de fuego y la realidad es una droga, y el tiempo es inmediatamente y mañana; así, mañana es hoy, porque no hay un destino más allá de este mismísimo segundo” (pp. 151-152).
Por otra parte, al comienzo de su libro Bowden advierte irónicamente: “Juárez tiene poco que ver con el mundo real” (p. 13). La ironía es válida, no sólo porque es aquello que nos permite torcer una situación como la contenida en Juárez. Sin embargo, en Ciudad Juárez quizá asistimos a un real invertido, es decir, un real que fue/es sustraído de la metáfora del lenguaje, de los símbolos y las fantasías, para permitir el nacimiento de la cosa real a partir de su tensión máxima. Esto es evidente en la reflexión de Bowden, ya que en otro momento de su obra puntualiza: “Hay muchos muertos y cada uno tiene una historia. Más allá de eso, los esfuerzos por explicar para mí significan esfuerzos para borrar la verdad o negar la verdad o simplemente para decir mentiras. No sé lo que está pasando, ni con los muertos ni con los vivos. Pero hay estas historias de asesinatos, de la carne martirizada, los momentos individuales de horror, y yo me apoyo en esos momentos porque son reales y están fuera de toda duda” (p. 243).
Para terminar, políticamente frente a la exclusión del sujeto (el asesinato es el mecanismo extremo de exclusión), la voz se vuelve un instrumento -no sólo de protesta- para romper el carácter cerrado de la violencia y el homicidio. De hecho es el reverso de la lealtad que muchas ocasiones obligan a callar, al grado de producir por omisión (cláusula del silencio) la complicidad necesaria para la reproducción del mercado político donde tiene lugar el desarrollo de la soberanía criminal. Sin embargo, habría que especificar que romper el carácter cerrado del asesinato a través de la voz, no presupone necesariamente, como lo ha demostrado el economista Albert O. Hirschman, el acompañamiento de la salida, ya que esta última paradójicamente, al fundarse en una estructura binaria (aceptar o no aceptar las ventajas de la exclusión, aceptar las “ventajas” políticas o no del asesinato) puede atrofiar la estructuración de la voz: el reclamo nace cuando el sujeto se encuentra en el interior del circuito de la criminalidad, no cuando está fuera de él. Es decir, los ciudadanos están adentro aunque no sean partícipes directos en el campo de disputa de los intereses generados alrededor de la soberanía criminal. Por ello, Bowden: “El principio vendrá más tarde, cuando los muertos sean tan numerosos que no podamos callarlos” (p. 23). En 2012, hemos llegado a ese punto crítico y desde el cual habrá posibilidades de poner en crisis el régimen de los muertos, pero sobre todo el de los asesinatos en medio de las constelaciones temporales que la democratización abrió a partir de los años ochenta del siglo XX para permitir la derogación del proceso político autoritario que, en efecto, al desgajarse, sus síntomas no han significado únicamente la pérdida de centralidad del poder político, antes bien, una radical dispersión de las sedes del poder que alcanzan a tocar la estructuración, tan añeja como nueva, de la soberanía criminal sobre la cual está depositada nuestra democracia.

Referencias
Astorga, L. (2008), “Seis reflexiones sobre un drama nacional”, Le Monde Diplomatique (México), núm. 1, septiembre.
Bowden, C. (ed.), (1998), Juárez. The Laboratory of Our Future, Hong Kong, Aperture.
Covarrubias, I. (2005), “La memoria y la infamia. La encrucijada de la violencia en contra de la mujer en Ciudad Juárez”, Estudios de Política y Sociedad, año 1, vol. 1, núm. 2, octubre-diciembre.
Covarrubias, I. (2011), “Lenguaje político y mercados criminales. Una problematización semántica”, Doxa, vol. 3, núm. 6, segundo semestre.
Covarrubias, I. (2012), “¿Formas de cambio político o cambios sin forma? Anotaciones sobre la democratización mexicana y sus pendientes, en J. C. Cruz Revueltas y R. Ocampo Alcántar (coords.), México, una centuria. Estudios sobre el siglo XX mexicano, México, Cruz O., S. A. Editores.
El paso. The New Old West. El Paso Profile & Economic Summary (1998), El Paso, Texas, Department of Economic Development.
Encuesta especial sobre incidencia delictiva en la ciudad de Juárez, Chihuahua, durante 1997 (1998), Ciudad Juárez, Gobierno del Estado de Chihuahua/Instituto Nacional de Estadística e Informática/H. Ayuntamiento Constitucional de Juárez.
Encuesta especial sobre incidencia delictiva en la ciudad de Juárez: enero-diciembre de 1998 (1999), Ciudad Juárez, Instituto Municipal de Investigación y Planeación.
Escalante Gonzalbo, F. (2010), “Panorama del homicidio en México. esquema de análisis territorial 1990-2007”, en Arturo Alvarado y Mónica Serrano (eds.), XV. Seguridad nacional y seguridad interior, México, Colmex.
Pozas Horcasitas, R. (1997), “El oficio del poder”, Fractal, año 2, núm. 7.
Tunander, O. (2009), “Democratic State v.s. Deep State: Approaching the Dual State of the West”, en E. Wilson (ed.), Government of the Shadows. Parapolitics and Criminal Sovereignty, Londres, Pluto Press.

 [Reseña publicada en Metapolítica
vol. 16, núm. 78, julio-septiembre, 2012, pp. 109-114]

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