México, una centuria de sueño democrático



[Artículo publicado en Metapolítica, vol. 16, núm. 77, abril-junio, 2012, pp. 108-112]

Adelanto editorial

México, una centuria de sueño democrático*
Juan Cristóbal Cruz Revueltas y Rigoberto Ocampo Alcántar**

A la llegada del tercer milenio los mexicanos vivimos la ilusión de ser los afortunados espectadores del fin de un ciclo histórico. En aquel momento –de optimismo– se podía pensar que tras noventa largos años finalmente se hacía valer la vieja aspiración democrática pregonada por Francisco Madero y era dable conceder que el avance de la democracia había sido lento pero a grandes rasgos lineal: si la inspiración inicial había sufrido una metamorfosis para petrificarse durante largas décadas en un régimen revolucionario e institucional, todo concluía felizmente con la “transición votada” y el ingreso a la normalidad democrática. Después de todo, la ola democratizadora provocada por la caída del Muro de Berlín de noviembre de 1989 había terminado por alcanzar nuestro país. Hoy en día, a dos sexenios de distancia de la alternancia, ¿qué ha sido de nuestro entusiasmo democrático de principios de milenio? A simple vista es fácil constatar que el fervor inicial se agrió y tornó al desencanto. Cualquier observador puede notar que en la actualidad dos géneros de literatura abarrotan nuestras librerías: uno que busca desmitificar la historia de México y otro que proclama la desilusión y el desencanto democrático.[1] El ánimo general en nuestros días, el zeitgeist, pregona regresión, cuestiona las instituciones y rumia su descontento respecto a los actores de la vida política.
Los datos duros confirman este malestar: el latinobarometro indica que, en 1996, 53 por ciento de los mexicanos creían en la superioridad de la democracia sobre cualquier otra forma de gobierno, pero en 2010 esta misma opinión baja a 49 por ciento (www.economist.com/node/17627929). A pesar de haber experimentado por primera vez la alternancia en la presidencia de la república en casi un siglo, a pesar de la transición y la consolidación democrática, para la mayoría de los mexicanos la democracia ya no “es el peor de los régimen, con excepción de todos los demás”. De manera consecuente, este desencanto por la democracia va de la mano con un rechazo a los políticos como categoría social. La mayoría de los mexicanos los desaprueba, si no es que francamente los desprecia (en particular a los miembros del Congreso) (www.gaussc.mx/publicaciones/ago/2011_GAUSSC_Destino_2012.pdf). Justo cuando la noción de confianza se ha vuelto un tema en boga en la teoría de la democracia, junto con la idea que los ciudadanos deben tener una expectativa razonable que el gobierno haga una traducción efectiva de su voluntad colectiva, en México el alejamiento entre ciudadanía y representantes es cada día más palpable.[2]
El desencanto es comprensible también por otras causas a primera vista no políticas. En el renglón económico, en la última década no sólo hemos padecido un pobre crecimiento –de 2004 a 2011 un promedio de 2.43 por ciento– sino que, entre 2008 y 2009, sufrimos una de las peores crisis económica de los últimos 70 años: una caída aproximada del 6.5 del PIB. A pesar de ello y como si fuera poco, la crisis económica, el desempleo y el muy alto grado de desigualdad de ingresos (el segundo mayor grado de desigualdad entre los miembros de la OCDE, sólo por debajo de Chile) (www.oecd.org/dataoecd/51/34/49177732.pdf), han dejado de ser las mayores preocupaciones de los mexicanos. El auge de la inseguridad los ha desplazado. Ahora bien, aunque a primera vista no lo parezca, es posible encontrar una causa política a estos problemas. Visto desde el ángulo de la capacidad del Estado, no sólo se han dejado sectores enteros fuera de toda fiscalización permitiéndoles ejercer una competencia desleal y convertirse en otra fuente de ingresos para el crimen organizado (entre 1990 y 2008 el sector informal de la economía se duplicó), también el Estado mexicano ha sido incapaz de limitar los monopolios y de favorecer una economía más competitiva: “Este es un país de dos, exclama Santiago Creel, de dos televisoras, dos telefónicas […]” (Aristegui y Trabulsi, 2009: 84).
En el renglón de la seguridad, al menos en la percepción de la ciudadanía, el Estado ha dejado de ejercer en las regiones más violentas del país el primero de sus atributos, el del monopolio de la violencia. No extraña que ante la constatación de pérdida de control sobre áreas significativas del país y el debilitamiento general del Estado mexicano, entrara en el debate la hipótesis del Estado mexicano como Estado fallido, Estado débil (F. Fukuyama) o se le incluyera como otro ejemplo de Estado posmoderno que ha perdido las capacidades clásicas del Estado moderno tales y como lo son: el asegurar los derechos básicos del individuo, el garantizar la cohesión social, mantener el monopolio de la violencia y la unidad territorial. Que el debilitamiento de la capacidad del Estado para negociar, traducir y satisfacer las demandas de la sociedad civil, aunado a la aparición de centros de poderes autónomos y a veces coercitivos (monopolios empresariales, sindicatos y crimen organizado) sean factores de des-democratización,[3] supone, también y a fin de cuentas, un déficit de representación y de legitimidad. Ante este escenario, efecto de la ausencia de una verdadera reforma de Estado, la alternancia electoral del 2000 podría estar, para algunos, bajo la sospecha de haber sido a grandes rasgos una simple renovación de cuadros en la cúpula o una mera ampliación de la antigua clase política; un fenómeno de continuidad más que de ruptura con el antiguo régimen, un gatopardismo que cambia de formas pero no de fondo. Visto desde esta óptica, si antaño Madero retomó inocuamente la exigencia de “sufragio efectivo”, el otrora lema de Porfirio Díaz contra Lerdo de Tejada, hoy corremos el riesgo que la misma vieja historia –la de cambiar todo para que todo siga igual– se repita.
En realidad se puede conceder que no todo fue un cambio de apariencias. En el 2000 sí hubo un cambio notable en el equilibrio entre poderes. Nos referimos en particular al nuevo papel que han jugado desde entonces los gobernadores y los grupos de interés regionales (Ocampo Alcántar, 2006: 155). Como es bien conocido, la crítica al viejo régimen priista se acompañaba comúnmente con la crítica al centralismo. Era necesario, se decía, distribuir el poder, por lo que se le federalizó. Hoy sabemos –al grado que la frase ya es letanía– que lo que sucedió finalmente fue una verdadera “feudalización”. En efecto, una vez debilitado el presidencialismo mexicano, los estados de la federación se han convertido en verdaderos cotos de poder cada vez más opacos, cada días más endeudados y con crecientes rasgos patrimonialistas y autoritarios.
Bajo esta mirada retrospectiva, ¿qué decir entonces del 2 de julio de 2000? Es difícil negar que el sistema político mexicano sufrió ese día un cambio muy importante y significativo, pero sería una exageración afirmar que la transformación democrática haya iniciado con la alternancia en la presidencia de la república. Para ser honestos, las instituciones políticas y sociales del país no brotaron espontáneamente el día siguiente de la elección y debemos confesar que la construcción de muchos aspectos del México moderno –en particular de un Estado laico– venía de tiempo atrás. Quizá podríamos consolarnos con la idea que en los últimos diez años aprendimos dos lecciones: en primer lugar que la alternancia electoral es posible sin costos demasiado altos y, en segundo lugar, que la historia no es el simple guión de la lucha de la sociedad futura contra los lastres del pasado, la marcha victoriosa de la sociedad civil sobre el mal gobierno, ni muchos menos el simple paso triunfante del Bien sobre el Mal. Pero para entender más cabalmente nuestra verdadera situación necesitamos entonces de menos ideología y de más matices.

¿Cómo entender el siglo XX?
Empecemos por preguntarnos cómo podemos entender hoy ese gran evento histórico de la última centuria mexicana, es decir, la Revolución. Sabemos que inició como la invocación de una tesis reformista y liberal (la de Madero) pero terminó siendo un movimiento revolucionario y social.[4] Tuvo un aliento campesino y rural pero terminó siendo obrerista y urbana. Fue de rostro progresista pero de naturaleza autoritaria. Se consolidó en un partido de aliento revolucionario pero adquirió un carácter institucional. Surgió como una exigencia democrática pero concluyó por dar a luz una monarquía sexenal. En fin, careció como decía Daniel Cosío Villegas (2010: 487), de “programa claro”, fue “un régimen contradictorio por definición” (Escalante Gonzalbo, 2010: 17). Fue, diríamos nosotros, la perfecta encarnación política de la figura literaria del oxímoron. Ya desde 1947, Daniel Cosío Villegas (2010: 492) denunciaba su alto poder destructivo y su poca capacidad creativa: “Madero destruyó el porfirismo, pero no creó la democracia en México; Calles y Cárdenas acabaron con el latifundio, pero no crearon la nueva agricultura mexicana”. 
Hoy en día sabemos mejor que el término revolución es en buena medida un concepto ideológico, una “construcción simbólica” (Schettino, 2008: 23), ideada a partir de 1920 y luego impuesta en el periodo de “la revolución desde arriba” de la presidencia de Lázaro Cárdenas. Es una noción demasiado general que oculta la diversidad de corrientes, de movimientos e incluso de geografías y mentalidades de los revolucionarios. No es necesario insistir demasiado en el hecho que, en su momento, la revolución era para los pequeños agricultores y funcionaros sonorenses algo muy distinto de lo que podía significar para los campesinos de Morelos (Schettino, 2008: 96-97). ¿Cómo interpretar entonces esta fase tan importante para nuestra historia? En primero lugar podemos recurrir a la imagen que sus herederos elaboraron entre 1929 y 1935. En esos días, en los muros del Palacio Nacional, Diego Rivera pinta tres frescos que buscan dar una visión unitaria de la historia de nuestro país. En el último, llamado México de hoy y mañana (1934-35), la Revolución es vista como el último episodio de esa gran gesta heroica que lleva a la progresiva e inevitable emancipación del pasado, al tiempo que anticipa el futuro prometedor. Se trata a todas luces de una visión escatológica en la que la Revolución es vista como la más reciente victoria del Bien en su eterna lucha contra el Mal y en la que los distintos personajes históricos no son sino diferentes encarnaciones de dichos principios.
En las antípodas de este tipo de lectura de la historia mexicana, ya en sus primeros libros Frank Tannebaum señalaba el carácter no ideológico y espontaneo de la Revolución (Hale, 2010: 309). Por otra parte, hoy en día son más frecuentes los trabajos que hacen patentes las expresiones de continuidad con el Porfiriato. En efecto, en ambos casos el objetivo del régimen son la educación y la salud generalizadas y crear, a fin de cuentas, una nación moderna. De hecho en algún momento, esta vez desde una visión crítica, Octavio Paz (1989: 112) parece adherirse a la hipótesis la continuidad cuando escribe en 1976: “México es un país centralista, el poder legislativo y el judicial son apéndices del poder ejecutivo. Porfirio Díaz nombraba a los diputados y a los senadores y después cada Presidente revolucionario ha hecho lo mismo. En este aspecto, la única diferencia con el Porfiriato es la existencia del PRI”.
 Se ha llegado incluso a afirmar que la Revolución fue ante todo una recuperación antimoderna del orden colonial y un verdadero retroceso frente al liberalismo previo (Paz, 1989). Ya en 1933, Andrés Molina afirmaba que el artículo 27 constitucional que dispone que el principio de propiedad corresponde originalmente a la nación antes que un principio innovador es en realidad una sobrevivencia de los derechos (“originarios”) de la corona del antiguo régimen colonial. Por su parte, Octavio Paz (1989: 100) observa que para Cosío Villegas la Revolución había fracasado en sus tres propósitos centrales: la instauración de la democracia, conseguir la prosperidad de los mexicanos y la modernización de nuestra sociedad. Ante esta lectura es común y difícil resistir la tentación de preguntarse qué hubiera sido si Porfirio Díaz hubiera tenido la inteligencia y la audacia de nombrar como su vicepresidente a Madero o a Bernardo Reyes, probablemente México hubiera pasado por un proceso de reformas (a la manera inglesa) y nos hubiéramos evitado un periodo de diez años de destrucción revolucionario (a la francesa).
Valga recordar que, sobre todo luego de la lucha contra Victoriano Huerta, proliferan los caudillos militares detentores de una base territorial y con tropas leales con quienes guardaban relaciones clientelares. Testimonio de esta situación nos lo ofrece el escritor español Vicente Blasco Ibáñez cuando narra que, durante su visita a México a principios de los años veinte, se encuentra con un país dominado por los militares (Revueltas, 1992). Dos décadas más tarde México aún no ha dejado totalmente de ser un país de señores de la guerra. Así lo hace patente esa referencia ineludible que son las memorias de Gonzalo N. Santos (1986: 908), general de división y gobernador del Estado de San Luís Potosí, cuando cuenta que el presidente Ruíz Cortines con abierto cinismo lo impele “haz lo que quieras en tu califato” y, para no quedar atrás y de forma muy esclarecedora para nosotros, el señor gobernador le responde “ya te he dicho que San Luis Potosí no es califato, es prebostazgo”.
De una u otra forma, luego de la fase armada y destructiva que va de 1910 a 1920, se producen cambio profundos en el régimen de propiedad y en la relación con el capital extranjero, se logra la institucionalización de la vida pública mexicana gracias al desarme de los militares, se funda el Banco de México en 1927 y se crea en 1928, también bajo la presidencia de Plutarco Elías Calles, el Partido Nacional Revolucionario (PNR). En 1938, este se transformará a su vez en Partido de la Revolución Mexicana (PRM) gracia al apoyo del movimiento obrero bajo la presidencia de Lázaro Cárdenas. A partir de este momento (no sin influencia del contexto internacional, en particular del ejemplo italiano) se establece la naturaleza corporativa del partido y se le convierte en partido de masas. En 1946, el PRM es convertido en Partido Revolucionario Institucional (PRI) bajo el primer presidente civil, Miguel Alemán Valdés. Para 1951 el PRI ya es una institución consolidada y se encuentra en su época de oro. Es también, como veremos, el momento de esplendor del presidencialismo, creado por Cárdenas (Schettino, 2008: 249). Tres serán entonces los soportes del régimen que dominará la mayor parte del siglo XX mexicano: el presidencialismo, el partido corporativo y el nacionalismo (Schettino, 2008: 249).
         ¿Qué características definieron al presidencialismo que dominará hasta 1997 el escenario político? Su peculiaridad más sobresaliente derivaba del hecho que el poder del presidente, formalmente emanado del voto universal y directo, no está sujeto a ningún verdadero mecanismo de rendición de cuentas y tiene poder discrecional sobre los recursos públicos, al grado que dispone facultativamente de una cuenta secreta. Además, nombra a los miembros de la Suprema Corte y es el jefe del ejercito. Como si ello fuera poco, más allá de sus facultades administrativas como presidente, tiene un poder político indiscutido sobre el partido hegemónico, de manera que decide puestos y candidatos al Congreso y a los poderes locales. En particular tiene la facultad en los hechos de “nombrar” a su propio sucesor. Este facultades fueron denominadas bajo el concepto barroco y sobre todo inocuo de “poderes meta constitucionales” cuando sobre todo se trataba de una excesiva concentración del poder político aunada a la ausencia de Estado de derecho, ya que no había una verdadera separación ni equilibrio entre los poderes. A manera de confirmación de su naturaleza autoritaria, su poder se ejerce también sobre la sociedad civil, especialmente sobre la prensa, al grado que, en 1971, en su retrato del México del PRI, Carlos Fuentes (1971: 104) hace decir al mismo Lázaro Cárdenas: “Es una ironía que la Revolución Mexicana haya conquistado la libertad de prensa y que hoy la llamada “gran prensa” impida la libertad de expresión. Muchos pasquines de la ciudad de México se mantiene con dinero de la nación”.
         Ante esta enorme concentración del poder, no extraña que Cosío Villegas califique al régimen como “monarquía absoluta sexenal” y Enrique Krauze lo llame “presidencia imperial”. Sin embargo, la existencia del PRI y su carácter institucional significa que uno de los pocos límites es el temporal. El poder es de la institución presidencial antes que del hombre que temporalmente lo encarna. En efecto, tras el asesinato de Álvaro Obregón y una vez que con el destierro de Calles se termina el “Maximato” –periodo en que Calles fue considerado el Jefe Máximo de la Revolución–, los presidentes saben que una vez terminado su periodo deben abandonar toda esperanza de ejercicio del poder. De acuerdo a las diversas novelas de Luis Spota, dedicadas a describir este periodo, una vez que ejerce su máximo acto de poder, el de nombrar a su sucesor, su poder empieza inexorablemente a declinar aún ostentando el poder de la presidencia. No extraña que, una vez hecha la designación, el proceso electoral y la trasferencia institucional revistan ante todo un carácter simbólico. Además del límite temporal, la figura del presidente encuentra otros límites fácticos (por ejemplo, los intereses de las potencias en México, la iglesia católica,  empresarios...) y recurrentemente demuestra gran debilidad en momentos de crisis mayor (como fue patente ante las numerosas crisis económicas e incluso las políticas, como la del 68).
         En lo que se refiere al partido, desde Cárdenas, el PRI es un partido corporativo por sectores, cada uno dominado por un líder, que median en la relación vertical entre el Estado y la sociedad. En su aspecto ideológico, se erige en heredero de la Revolución y busca alimentar el mito de la Revolución, tal y como lo describe en su momento de esplendor Carlos Fuentes (1971: 63): “El origen del poder ya no es celestial, pero el PRI es aceptado como la fuente de toda investidura porque míticamente representa la continuidad de la Revolución, la integridad de la Nación y el panteón de los héroes de la historia”.
          Al igual de lo que sucede en aquel entonces en otras latitudes y que constituye un rasgo distintivo de los grandes partidos durante el siglo XX, el PRI se convierte en un partido de masas. Sus miembros se caracterizan por su disciplina ante las decisiones superiores, en particular ante las emanadas del presidente en turno. Esta mancuerna de poder que conformaba el Estado y el PRI es vista con claridad a  principios de los años setenta del siglo pasado por Octavio Paz (1989: 194): “Desde el principio el Partido ha vivido en simbiosis con el Estado, y en verdad, el uno es indistinguible del otro. Sin el gobierno y sus recursos no habría PRI, pero sin el PRI y sus masa no habría gobierno”.
Una característica llamativa es el propio nombre del Partido Revolucionario Institucional. Por una parte, es de observar que la historia moderna ha desacreditado la noción de revolución. Se pueden enumerar rápidamente algunas de los motivos que explican su descrédito, a saber: el uso político de la noción de revolución busca hacer tabla rasa del pasado, lo que le confiere un alto poder destructivo, sobre todo cuando sirve de ideología a un Estado fuerte frente a una sociedad débil; niega la pluralidad constitutiva de toda sociedad; permite la confiscación de la representación de la sociedad por parte de un pequeño grupo organizado que se hace pasar como la verdadera encarnación del movimiento y se favorece así el despotismo; tiende a convertirse en un programa de transformación global de la sociedad y por lo tanto tiene una inclinación totalitaria; se vincula al uso de  la violencia… Estas características explican que la mayor parte de los partidos socialdemócratas en el mundo desarrollado (como el Partido Social demócrata alemán, SPD, en 1959, con la adopción de su programa de BadGodesberg), hayan preferido rechazar el discurso revolucionario y adoptar una vía reformista.
En lo que se refiere específicamente al PRI, es frecuente la asociación de dos ideas contradictorias (“revolución-institucional”) que ha sido motivo de sarcasmo. Pero se puede alegar que dentro del contexto histórico durante el que se decidió constituirlo (aún desde el PNR de Calles) era razonable el querer inducir hacia un cause institucional a quienes aún tenían las armas en la mano e invitarlos a “pasar, como afirma Calles en su último informe de gobierno (del primero de septiembre de 1928), del país de un hombre a la nación de instituciones y leyes”. Y con algo de piedad interpretativa, también se puede alegar que el nombre del partido evoca lo propio de la técnica del poder, a saber, el conciliar el cambio social con la estabilidad institucional. Desde el punto de vista de la política comparada, es de notar que durante el siglo XX, el caso de un partido único o hegemónico estuvo muy lejos de ser privativo de México. Fuera de los países de la esfera comunista, podemos enumerar casos como el Partido Republicano del Pueblo en Turquía, el Partido Liberal Democrático de Japón o el Kuomintang de Taiwán, frecuentemente tan longevos en su permanencia en el poder como el PRI.

Referencias
Aguayo, S. (2010), Vuelta en U, México, Taurus.
Aristegui, C., y R. Trabulsi (2009), Transición. Conversaciones y retratos de lo que se hizo y se dejó de hacer por la democracia en México, México, Grijalbo.
Cosío Villegas, D. (2010), El historiador liberal, México, El Colegio de México.
Escalante Gonzalbo, F. (2010), “Prologo”, en M. A. Casar y G. González (coords.), México 2010. EL juicio del siglo, México, Taurus.
Fuentes, C. (1971), Tiempo Mexicano, México, Joaquín Mortiz.
Hale, C. A. (2010), El pensamiento político en México y Latinoamérica, México, El Colegio de México.
Krauze, E. (2010), De héroes y Mitos, México, Tusquets.
Ocampo Alcántar, R. (2006), Institucionalización de la democracia: legitimidad, racionalidad y competencia electoral, México, UAS/CEE/Publicaciones Cruz.
Paz, O. (1989), El peregrino en su patria, presente fluido, México, FCE.
Revueltas, A. (1992), México: Estado y modernidad, México, UAM-Xochimilco.
Rosas, A., y R. Cayuela (2011), El México que nos duele, crónica de un país sin rumbo, México, Planeta.
Santos, G. N. (1986), Memorias, México, Grijalbo.
Schettino, M. (2008), Cien años de confusión, México en el siglo XX, México, Taurus.
Tilly, C. (2010), Democracy, Madrid, Akal.
Woldenberg, J. (2010), El desencanto, México, Cal y Arena.


* Extracto del capítulo que con el mismo nombre saldrá publicado próximamente en Rigoberto Ocampo Alcántar y Juan Cristóbal Cruz Revueltas (coords.), México, una centuria. Estudios sobre el Siglo XX mexicano (México, Publicaciones Cruz O., 2012).
** Profesor-investigador de tiempo completo en la Universidad Autónoma del estado de Morelos, y profesor-investigador en la Universidad Autónoma de Sinaloa.
[1] Para citar sólo algunos casos del estado de ánimo en la crítica, véase Rosas y Cayuela (2011), Aguayo (2010), y Woldenberg (2010).
[2] Un ejemplo entre otros es el de las elecciones del Estado de México de 2011 que anteceden las elecciones presidenciales de este año, ya que se trata de la entidad más poblada del país; en ellas sólo voto el 46.15 del electorado. (Véase Resultados electorales del Cómputo Final - incluye las resoluciones del Tribunal Electoral del Estado de México [TEEM]).
[3] Respecto a este y otros puntos sobre la evolución de la democracia en nuestros días, véase el valioso texto de Tilly (2010: 251).
[4] Un ejemplo terrorífico de las paradojas de la revolución fue el del levantamiento “maderista” en Torreón mismo que  derivó, ¿por qué?, en el asesinato de 303 chinos entre el 14 y 15 de mayo de 1911. Véase Krauze (2010: 33).

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