Página Cero

Pasajes y desafíos
Israel Covarrubias

Son mis enemigos quienes quieren derribar y no crearse a sí mismos
Nietzsche


La situación actual mexicana está signada por una efervescencia cultural y social que pretende imponer su presencia en los intersticios abiertos por la fatiga que las instituciones expresan frente a los problemas reales de la sociedad. Es decir, si alguna vez se creyó que la política (con mayúsculas o minúsculas da lo mismo) y, sobre todo, la democrática, podría anclar en la vida de todos los días una orientación pertinente para dar sentido a nuestras vivencias, creo que nos hemos equivocado rotundamente.
Lo que sucede es que vivimos en un país desordenado desde el punto de vista estructural; no equilibrado desde el punto de vista psicológico; no gobernable desde el punto de vista de los aires de libertad que la sociedad ha estado exigiendo a sus representantes políticos. Sobre el último punto, vale la pena aguzar la mirada, ya que ante la emergencia de formas democráticas procedimentales, ha surgido una mezcla explosiva y mal asimilada de libertad individual y libertad colectiva. Antiguos y modernos unidos por la confusión y la necesidad frente al cambio —parafraseando a Benjamin Constant—. Y esto, ¿a dónde nos lleva? Al problema de la incapacidad para asimilar culturalmente los diferendos y las fracturas generacionales (ámbito natural desde el punto de vista social para enraizar la libertad de cada grupo y cada generación en el tiempo), al seguir pensando que una generación tiene la obligación de vérselas con la de sus mayores en el terreno que sea. En realidad, ¿es necesario? No lo creo. Las posiciones y los anhelos en un momento como el actual se multiplican y diseminan, lo que significa que las disputas entre generaciones no son el motor para entendernos y mucho menos para debatir y/o polemizar. Por consiguiente, habría que preguntarse seriamente si acaso no estamos en el umbral de una época o por lo menos un período histórico distinto desde los cuales sería posible una comprensión cabal de lo que ha estado pasando en México.
Por ello, Metapolítica ha decidido asumir el desafío de organizar y llevar a la práctica cambios profundos en su perfil y sus contenidos. Estamos convencidos de que necesitamos generar nuevos puntos de encuentro para que cultura y política sean una sola esfera, no dos caras de una moneda. De igual modo, para que tenga lugar una producción intelectual marcada por dos signos inequívocos: pluralismo e intensidad de la palabra escrita; para sugerir que sociedad y política tienen un origen en común: el individuo, el ciudadano, la diferencia. Es decir, la política funciona cuando logra expresar ello, cuando puede romper el cerco propiamente institucional y llega a cobijar las vivencias de las personas. Esa es la apuesta de una sociedad realmente democrática. Y a ello le apostamos con los cambios que a partir de este número construirán la nueva fisonomía de la revista. Solo me resta expresar que será el lector quien tenga la última palabra de esta nueva aventura.

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