Pagina cero

Esta era la columna que habia escrito para el num. 56 de la revista, pero como sucede con frecuencia, ya no entra por cuestiones de espacio.
PÁGINA CERO

De viviencias y despliegues
Israel Covarrubias

Después de la canibalización de las últimas semanas, cuyo origen ha sido la reforma electoral, hoy nos encontramos en una situación apremiante con relación a las formas y las preocupaciones intelectuales que la misma ha dejado en la mesa para discutir en el contexto de la mejora democrática general del país. No son los contenidos específicos los que debieran importarnos, pues desde hace algunos años era evidente la necesidad de reformar uno de los centros neurálgicos de la jovencísima democracia mexicana. Ni siquiera tiene ya caso objetar el protagonismo faccioso de los partidos políticos, mucho menos la tibieza del gobierno federal o la hipocresía de la televisión. La que sí debe preocuparnos es la terquedad de quien piensa que el país mira “hacia arriba”, que nosotros como simples ciudadanos estamos realmente preocupados por los dimes y diretes de todos aquellos que pretenden sumar consensos (por la fuerza o por el engaño) para dirigirlos al mejoramiento sustancial del vacío concepto mexicano de bien común. No nos engañemos. La sociedad no está mirando “hacia arriba”, pero tampoco mira “hacia abajo” (¡la miseria no nos gusta ni siquiera cuando es televisada!): mira en modo horizontal y desjerarquizado.
Cínico y despreocupado, el ciudadano de “a pie” vive en un mundo literalmente paralelo a aquel que los representantes políticos enarbolan. Por su parte, los políticos habitan una fina jaula de cristal que corre en sentido contrario a los intereses de las mayorías. Dicho en otras palabras, ¿qué tiene que ver la reforma con la vida de todos los días de los ciudadanos de nuestro país?, ¿acaso los partidos se lo preguntaron cuando negociaban una parcela de la misma?, ¿debemos seguir obstinados en que el ciudadano realmente está mortificado por el curso que tendrá la reforma, ya que sin ella nuestra existencia no tendrá más sentido? El problema entonces no es únicamente institucional, es social y, en específico, personal. Mayor ridículo no podríamos hacer. Vale la pena recordar que las bases en las cuales está sustentada la cohesión social (o mejor dicho, su desorden) de este país es la ausencia de proximidad entre las personas, conjugada con la claudicación del mecanismo del compromiso con las instituciones y con el personal político que se encuentra en su interior. Es decir, el compromiso no es “hacia arriba”, repito, es horizontal; corre a lo largo de un plano medianamente desértico en donde estamos todos nosotros como grupos, como clases, como personas…
Imaginemos el embrollo en el cual vivimos. Las formas de organización más recientes bajo las cuales nuestra sociedad se ha desplegado, indican un desenrazamiento de los lazos afectivos (basta observar a las nuevas generaciones para darse cuenta de ello) y un individualismo que colectiviza y mantiene “unidas” las distintas experiencias de lo social en una suerte de archipiélagos de soledades. Por ello, la sociedad mira hacia su propio horizonte, reflejándose en una gama de tonalidades que adoptan la forma, sin resignación alguna, de la liberalización. Es decir, paralelamente al proceso de liberalización y democratización institucional vivido en el país en las dos últimas décadas, también hemos estado sumergidos en una liberalización y relajamiento social en el mercado de las vivencias.
De aquí pues, la obligación de cambiar radicalmente y lo más pronto posible las coordenadas analíticas de los discursos sobre el quehacer político en general, y sobre la democracia y la reforma electoral en particular. Por fuera del lugar común, hoy por hoy retumban los ecos de la célebre interrogante de Norbert Lechner al respecto: ¿Qué tiene que ver la democracia con mis vivencias? Quizá no mucho, y quizá también estamos en un momento en el cual la democracia deviene en una auténtica aporía: una entidad híbrida por naturaleza que no soporta la prueba de la multiplicación de las experiencias de lo social. Por lo tanto, ¿cuántas reformas habremos de encontrarnos en los próximos meses y quizá años, y que nada nos dirán de nuestra vida diaria? A los partidos habrá entonces que exigirles que cambien de dirección su mirada para que por lo menos traduzcan institucionalmente un mínimo de la riqueza de lo social.

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