por Sergio Raúl López
El Financiero, 2 de noviembre de 2009.
Los que se quedan: las secuelas de la migración.
Probablemente Los que se quedan (2008) sea la única película sobre la migración en la que no aparece el muro. Tampoco se mira ninguno de los territorios fronterizos, ni de México ni de Estados Unidos. El retrato que se propone, a cambio, es una cara poco conocida del fenómeno: la mirada hacia el interior, tanto territorial como afectivamente.En lugar de agentes de la migra con binoculares infrarrojos veremos enormes residencias vacías, a la espera de que una eventualidad consiga reunir a la familia que debiera habitarla. Tampoco presenciaremos las huidas de indocumentados que cruzan ríos y desiertos, sino mujeres palmeando tortillas con la esperanza de que sus hijos ausentes algún día las mastiquen.A lo largo de un año y ocho meses, Juan Carlos Rulfo y Carlos Hagerman -productores y directores del documental- recorrieron la República para buscar historias, convivir con sus habitantes y, finalmente, grabar esas melancólicas cotidianeidades, retratando diversas historias: partos, viajes de familias enteras, regresos de hijos pródigos, muertes en la lejanía, fiestas tradicionales, vida cotidiana.Tras un largo periplo de proyecciones, iniciadas un año atrás en el Festival de Morelia, el tercer largometraje documental de Rulfo (En el hoyo, 2006, y Del olvido al no me acuerdo, 1999), ahora codirigido con Hagerman, al fin se estrenó -el viernes pasado- en la cartelera mexicana, con 40 copias.En ese recorrido ganó diversos premios al Mejor Documental en Guadalajara, en Documenta Madrid, en el de cine independiente de Los Ángeles y en DocsDF de la Ciudad de México; además de menciones especiales en Docúpolis de Barcelona y en Biarritz, y el Humanitas Prize en Los Ángeles.Con Juan Carlos Rulfo, la siguiente charla.
Se nos inunda con espots gubernamentales en que los migrantes desfallecen de sed en el desierto y se les conmina a permanecer en México. La visión televisiva sobre la migración se reduce a cifras, al tamaño de las remesas, al número de muertos...
En este cuento te sorprendes mucho de que no necesariamente te hablan del desastre y la desolación, sino de una vida llena de mucho sabor, de mucha dignidad, de muchas esperanzas, de muchas ganas por salir adelante y, por supuesto, de extrañar al que se fue. Y en el conjunto se empieza a construir un sentimiento. Buena cantidad de las películas que hablan sobre migración se concretan a crear descripciones muy amarillistas y destructivas en la información. Pero no te permiten conocer qué está pasando. El plan no era hacer algo muy pretencioso, sino presenciar estas nueve historias en tantos otros estados y que el espectador se eche a andar con todos estos elementos. Es una especie de extrañar de dónde vienes, de dónde eres, las raíces. Y es mucho más sabroso comunicarnos a través de sensaciones que de hechos. Por supuesto son historias tremendas, pero el hecho de que una parte de la familia se haya ido y que extrañan algo suyo tiene una veta de comunicación muy particular.
La gente emigra por pobreza, por una situación desesperada en sus propios lugares; pero se encuentran con otra forma de vida, otra cultura y van perdiendo sus raíces.
No necesariamente, pues el asunto es mucho más complejo. Yo creo que es demasiado pedirle a la gente, además, cargar con sus raíces. Lo que pasa es una mezcla muy chistosa entre culturas: si alguien se va manda de regreso sus tenis, sus zapatos, sus discos y empiezan a platicarse, por teléfono, de una forma muy especial que se vuelven factores culturales de lo tuyo. En el rodaje encontramos un fenómeno cultural muy particular que no tiene nada que ver con marginación y con pobreza. Entonces, las raíces tienen que ver con recobrar al que se fue, recobrar ese tiempo, ese espacio de ausencias que hace que la familia viva de otra manera. Y eso es lo que finalmente le pasa al país, hay algo que le falta, que se fue, y estamos tratando de sobrevivir a esa ausencia.
Aunque estemos rodeados de publicidad y noticias que aseguran que vivimos en un país peligroso, tomado por el narco y lleno de criminales, ustedes hallaron hogares con las puertas abiertas, donde persisten las costumbres mexicanas.
Es que eso es México. La película, en repetidas ocasiones, te muestra distintas maneras de vivirlo, como la mujer que vive en sus dos casas vacías, sentada en una cama, esperando que llegue su marido para ver en qué espacio se van a acomodar. O el tiempo de infancia de la quinceañera Yaremi, que su papá no vio, pues se fue cuando tenía siete años para lograr que ella consiga hacer lo que quiere aquí. Es buscar posibilidades para sacar adelante lo tuyo, pero de eso no se habla sino de lo que pasa con el que se fue, de los que van a regresar, si iban en el tren y se caen, si los deportan, pero no hablas de tu país. La migración tiene una consecuencia directa, no solamente en las remesas, sino en el día a día, en la cotidianidad. Estos personajes nos dieron la oportunidad de convivir, de estar ahí y ese tiempo valida la película.
Al inicio hay una escena muy bella e íntima: la madre yucateca despertando a los hijos, desperezándose, que linda mucho con lo que podría ser una escena de película de ficción. ¿Cómo se logró esta intimidad, esta construcción dramática de personajes a través del documental?
Hay un gran desconocimiento de lo que puede hacer el cine. Antes de pensar que estoy haciendo una película, pienso que estoy haciendo una amistad. Te abren la puerta de una casa y ya lo agradeces; te invitan a pasar y estás más que agradecido: tienes mucho más que dar, y a partir de ahí empiezas a recibir mucho de regreso. Por supuesto te haces de tus mañas y hay elementos en el equipo que te ayudan a resolver ciertas cosas. La cámara nunca está enfrente, sino está por allá: lo más importante es el personaje que está enfrente tuyo. Por supuesto que se siente importante y que su historia vale, y entonces te conviertes en un receptor dispuesto: no es un acto egoísta, sino de tremenda comunión con tu personaje.
Un cubo con varias historias.
El matrimonio michoacano discute, de manera encendida. La mujer no acepta que el marido emigre cuando nazca el hijo que esperan. De pronto, desesperado -pues sus argumentos no convencen a Gloria-, Gerardo voltea a ver a los documentalistas y los toma como ejemplo: ellos tampoco llevaron consigo a sus esposas para trabajar.
Que a mí se me hace muy buen chiste, muy pertinente, involuntario, pero buenísimo. O cuando ellos dos se ponen a discutir solitos -dice Juan Carlos Rulfo.
A discutir si el padre se iba o no, cuando ella diera a luz.
Ya lo había advertido, pero ahí se establece un tiempo de rodaje, se sabe que tenemos que estar con ella por lo menos hasta que nazca el bebé y él dice: "Nace y me voy". Tienes que estar ahí hasta que él se vaya o haya fiesta; en fin, eso te da el esquema de trabajo. Creo que sí son personajes seleccionados. Si no funcionaran hubiéramos buscado otros. Pero vas viendo que van cuadrando justo con lo que quieres. Empiezas con uno, digamos con don Pascual en la sierra de Puebla o con la mujer chamula de Chiapas, Raquel, que es un personaje tremendo por su tragedia, y de pronto nos dio miedo que toda la película se recargara hacia allá, pero luego se balancea. Al final quedó una cajita que incluye distintos sentimientos.
Sentí, al mirar el segmento en el que se ensamblan diferentes fiestas populares, que era un canto absolutamente cinematográfico dedicado al corazón festivo mexicano. Hay un ritmo común pese a que se recorre una gran parte de la geografía nacional.
Es como si trazaras un biorritmo del mexicano o de la vida de las familias relacionadas con este estado de la cultura de la migración. Es bien sabido que, llegado cierto momento del año, todos regresan y aquello se vuelve una fiesta. Pero una vez terminada la fiesta todos se van y todo se queda vacío, extrañando al que vino. Y no solamente porque se van a Estados Unidos sino porque se regresaron a la ciudad o se fueron en la migración interna a otro estado, qué se yo. Pero esa explosión ocurre a cada rato en las colonias, en cada casa y es muy particular. Además, fílmicamente te permite hilar todas las historias y es como un cubo: en esta cara hay una historia que se complementa con la que está de este lado y no todo es triste, te diviertes, hay mucha vitalidad en las familias, hay mucha esperanza, no todo es hacia abajo ni todo es un desastre. El país no es así. Al país le falta algo y finalmente esa es la gran injusticia que tiene todo esto. Que, finalmente, teniendo este gran país, algo falta. (SRL)



